Luisa Valenzuela - Diario de máscaras

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Este libro puede leerse como un libro de viajes donde los paisajes. Y en el momento en que el lector curioso pide más, justo allí, Valenzuela ya lo está subiendo a otro avión para contarle otra historia de otra gerografía.

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Pero nunca tanto como con el anuncio que me llegó días atrás por mail.

Cheap Flights to Valenzuela

Así, en cuerpo catástrofe. Lo entendí como un truco publicitario, me pareció divertido, hice clic para volar a mi fuero interno desde la comodidad de mi escritorio, y ¡oh sorpresa! encontré que Valenzuela es una ciudad en la Gran Filipina. Tendré que volar a visitarla. A visitarme, como sucede en todo viaje, pero esta vez con etiqueta personalizada. Y para mejor, barata.

Será para otro momento. Por ahora, solo consignar un incidente que quizá abrió la puerta del secreto:

Casi en las antípodas de la manzana en la que estaba nuestra casa de esquina, existía una vieja casona abandonada, siempre en venta. Se decía que había sido refugio de nazis durante la guerra; al respecto se hacían muchas conjeturas, alentadoras para la imaginación de una niña. Allí arrastraba yo a mis amiguitas, y el viejo guardián nos permitía pasar para explorar las habitaciones. Hasta que una buena mañana nos recibió con el pantalón desabrochado y todas esas cosas, entonces extrañas para nosotras, colgándole a la intemperie. Intuimos un abismo y con mi amiguita de turno escapamos corriendo. Nunca más volví a esa casa, pero muchísimos años más tarde me puse a pensar si no habría sido aquel el tesoro tan buscado: la máscara de Tengu, el rojo diablejo de nariz fálica que trae buena suerte, infaltable en las casas japonesas. Volveremos a Tengu cuando le llegue el turno.

Ahora que lo pienso, ahora que me pongo a escribir sobre el probable nacimiento de una seducción… por las máscaras, aclaro, quizá la raíz haya sido más íntima y muy anterior. Me veo ante una tristísima ventana que da al patio de aire y luz de un departamento interno. Tengo dos añitos apenas y la cabeza vendada como una pelota (¿habrá sido esa mi primera máscara?) porque me habían operado de mastoiditis. Entonces contemplaba por horas la ventana ciega de la pared de enfrente hasta que se producía el milagro. De golpe la ventana se abría y la vecina del departamento A (Florida 930, quinto piso) se descolgaba por esa ventana y haciendo equilibrio por una amplia cornisa llegaba hasta mí trayéndome los dones. Ella era Lina Wille Bille, la austera pero ágil y generosa mujer del dueño de Gong, una boîte de moda en aquel entonces, y traía hasta mi ventana la magia del cotillón: matracas, cornetas, globos, antifaces. Quizá aquellos antifaces decorados con lentejuelas y purpurina fueron los detonadores de algo que hasta el día de hoy me arranca del sufrimiento y la tristeza, me deslumbra y me despierta un incondicional fervor.

Porque, ¿cuándo nace una pasión?

Es probable que crezca de a poco; en mi caso la puedo rastrear en mi fascinación por todo lo lejano, en las lecturas, sobre todo, y en las distintas colecciones que fui juntando de chica, hasta banderines y etiquetas de hoteles de esas muy antiguas que se pegaban en las valijas y en los arcaicos baúles ropero. Oh, los baúles ropero del llamado “cuarto de plancha”, en la terraza de casa, un verdadero desván. Cerrados con llaves inhallables, tan llenos de inaccesibles secretos. Una manera de estar en todo el mundo sin moverme de casa, eso era el desván. Lo mismo vengo armando ahora en mi estudio, pero aquellos baúles-ropero representaban la inversa: una manera de llevarse la casa por el mundo.

Palabras portmanteau llamaba Joyce a esas que combinan significados. Baulropero . Así las máscaras. Y así las pasiones, porque nada es tan unívoco como parece.

No son solo las máscaras. Son también los libros que las mentan, las muestran, las reconocen. Los busco y atesoro; en las ciudades que visito entro en las librerías y dejo que el olfato me guíe hasta algún hallazgo. Al igual que mi antropóloga en La travesía :

Hay algo en una librería cualquiera que ella busca denodadamente sin preguntar a vendedor alguno. Libros sobre máscaras, ya se sabe, pero nada de los secos tratados de su especialidad, no, quiere libros con muchas fotos, en colores si posible, de máscaras en uso, de esos instantes cuando el ser humano se hace dios y diablo, y baila. Máscaras como escudo ante lo desconocido, arma mágica para enfrentar fantasmas volviéndose un fantasma.

Investí de antropóloga a la protagonista de La travesía , esa novela que defino como una “autobiografía apócrifa”, quizá porque mi vocación errada haya sido precisamente esa, la antropología. Desde mi preadolescencia leía libros sobre los mundos desconocidos, los pueblos que ahora llamamos originarios, las civilizaciones perdidas, las variadas religiones. Recuerdo haber leído a Joseph Campbell, quien dijo que “la metáfora es la máscara de dios”. Quizá invertí los términos y entendí que también puede decirse que la máscara es la metáfora de dios, y quedé capturada para siempre en su hechizo.

Bruce Chatwin, en su recopilación de textos sobre el nomadismo, cita a Verlaine cuando dice que Rimbaud tenía “suelas de viento”. Temo que, haciendo medio honor a mi apellido, ese también es mi caso. Tras las máscaras y sus rituales sagrados y sus carnavales profanos (sagrados a su modo) he recorrido miles de kilómetros y con esfuerzo he acopiado especímenes, no necesariamente valiosos pero siempre de uso y por lo tanto significativos. Me he metido en algunos de los más insólitos andurriales del mundo y he armado una muy nutrida biblioteca sobre el tema.

En este libro me propongo revivir retazos de esa travesía.

Las cuatro direcciones

¿Por dónde empiezo para mentar las máscaras?

Me rodean, aun estáticas están vivas. Yo también estoy viva y así andamos, comunicándonos. En mi estudio saludo a las cuatro direcciones como corresponde al ritual y me asombra la distribución que el azar ordenó atendiendo a la disponibilidad de espacio. El estudio es en realidad un gran galpón; mi casa supo ser una pequeña fábrica de ductos para aire acondicionado, abandonada y astrosa cuando la conocí. Amé a primera vista el galpón de chapas, atiborrado de escombros. Los demás no importaba; horrible como era sabía que tenía potencial sin excesivo gasto. No en vano viví en Nueva York y asistí a las transformaciones de los espacios industriales en el Soho. No podía aspirar a tanto, claro que no, pero este galpón...

Hoy las paredes están semicubiertas por bibliotecas; hay cuatro ventanas que llegan hasta el piso, dos puertas de vidrio. A lo largo de los años las máscaras fueron encontrando sus variados lugares y acabaron colonizando el territorio. Reinan por sobre libros, ventanas, piano y muebles varios. En lo alto. El azar ha ido colocándolas atendiendo a los puntos cardinales –grosso modo, porque hay mezclas y ellas siempre están dispuestas al cambio–. Hoy los diablos están al sur, la mayoría de las máscaras mexicanas al norte, al este las de África y las de Oriente al Occidente. El mundo dado vuelta.

Es así como ofician las máscaras.

Cada una de mis máscaras es para mí como un libro. Me cuenta muchas cosas, algunas más interesantes, fascinantes, novedosas que otras. Hay coleccionistas de libros que buscan incunables, primeras ediciones, libros de artistas. Yo busco historias en las máscaras, y no me importa si lo que consigo es algo así como una edición de tapa blanda.

Por menos valiosas que sean las máscaras de mi colección, nunca me las he endosado ni siquiera para probármelas. Como suele decirse hablando de otro tema, les tengo tanto respeto que no las toco.

Una amiga en Nueva York tiene una máscara “Cara falsa” de los indios iroqueses. Dice la leyenda que esos seres anduvieron recorriendo nuestras tierras hasta que se toparon con la pared del fin del mundo, por eso siempre tienen la gran boca y la nariz torcidas. El certificado de autenticidad que acompaña a la máscara, curiosamente enternecedora, dice lo siguiente:

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