Luisa Valenzuela - Diario de máscaras

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Este libro puede leerse como un libro de viajes donde los paisajes. Y en el momento en que el lector curioso pide más, justo allí, Valenzuela ya lo está subiendo a otro avión para contarle otra historia de otra gerografía.

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Por su parte, Roger Caillois en Méduse & Cie alega que la máscara es universal al hombre, mucho más que la rueda o cualquier otro artefacto, pero solo se accede a la civilización abandonando la máscara. Se cree acceder, porque desde las más remotas épocas prehistóricas las máscaras son un reflejo del espíritu humano y de su lento avance civilizatorio. Algo de eso entendió Girard cuando escribió “Transformación de lo real en irreal, [la máscara] es parte del proceso por el cual el hombre se oculta a sí mismo el origen humano de su propia violencia, atribuyéndola a los dioses”.

Los seres humanos conocen las máscaras desde tiempos remotos. Lo atestiguan las pictografías de la cueva de Trois Frères, en Ariège, Francia, y también las de las cavernas a orillas del río Urubamba, en Perú, como tantos otros petroglifos, donde aparecen hechiceros que se investían con cabezas de ciervo o de huemul para atraer a las presas. Es decir, que utilizaban ya los subterfugios del simulacro y también entendían eso que hubo de llamarse “magia simpática”, tanto imitativa como contagiosa, la creencia de que lo similar convoca a lo similar, o bien que las cosas que han estado en contacto siguen ejerciendo influencia mutua una vez separadas.

Dicen los especialistas que las máscaras de Corea, utilizadas hasta hoy en representaciones de teatro danzado, chamánico o no, pueden ser rastreadas hasta unos cinco mil años antes de Cristo. Y en Egipto, gracias a antiguos frescos, sabemos que la mayoría de los sacerdotes portaban máscara. Los oficiantes de Anubis, guardián de los cementerios, llevaban –lo hemos visto mil veces reproducido– cabeza de chacal negro, porque el negro no representaba la muerte sino la fertilidad. Y a la entrada de las tumbas los sacerdotes de Anubis realizaban la ceremonia de apertura de la boca y de los ojos para devolverle al difunto la capacidad de ver, hablar y comer en la otra vida: ojos y boca abiertos, como una máscara. En cambio Thot, dios del poder alado, maestro de sabiduría, de las artes y las ciencias, padre de la doctrina hermética y de las palabras sagradas de la escritura jeroglífica, se identificaba con el ibis y por lo tanto sus sacerdotes usaban esbelta máscara de ave.

Desde su más temprana edad, la de piedra, el ser humano intentó derivar un sentido de este magma que es el universo y buscó personificar sus fuerzas gracias al uso de máscaras en rituales y celebraciones, haciendo así visible lo invisible. Ya sea para despertar a la tierra después de un largo invierno, para asegurarse buena caza y buenas cosechas e incentivar la fertilidad en todos sus aspectos, o para aplacar y homenajear a los dioses, para celebrar a los muertos y a los vivos, la máscara siempre tuvo y tiene un rol preponderante. También para divertirse en los carnavales tan diversos.

Sabido es que la palabra persona , en su acepción más profunda, significa “máscara”. Del latín persōna , es un término que según ciertos filólogos fue tomado por los griegos del etrusco phersu para acuñar prósôpon (delante del rostro), nombre que se le daba a la máscara en las tragedias. De allí derivó “per sonare”, como dicen algunos que decían los romanos refiriéndose precisamente a las enormes máscaras con bocina que se usaban en el teatro griego para proyectar la voz.

Las máscaras son umbrales: entidades liminales entre lo sagrado y lo profano, entre el mundo de los espíritus y el de los mortales, entre el bien y el mal, entre la obra de arte y la espontaneidad del desparpajo, entre la risa y el llanto, la alegría, el ritual, la muerte, el desenfreno. El desenfado también. Son una de las primeras manifestaciones del arte allí donde nunca existió la palabra arte ; ni la palabra máscara , si vamos al caso. Están vivas a la par de quien las porta, han servido para personificar las fuerzas de la naturaleza y para ahuyentar o asimilar los miedos, son instrumentos de enseñanza social y de contención, son el todo en cada pieza individual.

Cuando la máscara no está en uso se dice que duerme. Cuando un oficiante, sacerdote, bailarín o actor se la cala, la máscara despierta. Y despierta a su usuario, transportándolo a otros mundos.

En muchas culturas se entiende que las máscaras son de inspiración divina. Los dogón de Mali opinan, señala Michel Lieris, que “cuando un artista está inspirado ya no es más un simple ser humano. Se dice que no está más solo, que está habitado por un kungo-fe , una cosa de la cabeza , y ya no tiene por qué responder a las reglas sagradas de las interdicciones. Los principios cotidianos se invierten, la creación se impregna de una fuerza sexual, y el artista y su creación se ven insertados en un dominio, el Bamanaya , en realidad una fuerza que reagrupa las formas para entrar en contacto con el secreto, con el más allá”.

Un kungo-fe , “una cosa de la cabeza”, eso también es la máscara que pone fuera lo que sentimos por dentro.

Alrededor de la manzana

A menudo me preguntan cuándo nació mi pasión por las máscaras y por los carnavales. No tengo respuesta. Debe de haber nacido conmigo, con el impulso que me llevó a ser una viajera impenitente. ¿De dónde me saldrá también esta necesidad de ir siempre un poco más allá? La compulsión despuntó en mi primera infancia y escapé de casa a los cinco años; no fui muy lejos, me escondí en un jardín vecino. Allí quizá empezó la aventura, las ansias de aventura, la busca de horizontes ajenos y lejanos que la máscara representa en todo su esplendor.

Al principio debí inventarme los horizontes lejanos porque ni siquiera me dejaban cruzar la calle. Pero la casa de mi infancia tenía una terraza rodeada por los techos de las casas vecinas, todas bajas. Y allá al fondo, en el mismo corazón de la manzana, una casa algo más alta lucía en lo más alto un ángel de mampostería. Un querubín que parecía convocarme. Y como todos me creían a salvo en esa terraza de altos muros, yo me escabullía por los techos en pos de esa figura mágica, pisando suave sobre las chapas de zinc y haciendo equilibrio por las cornisas como un gato. Pero nunca pude alcanzar mi meta; un patio profundo, oscuro y despiadado me impedía llegar. Solo me quedaba el consuelo de buscar nuevos desafíos. Entonces –precoz lectora de Salgari, de Jack London, de Stevenson– me inventaba viajes alrededor de la manzana urbana y cargaba la canastita de mi vieja bici con vituallas para enfilar hacia un terreno baldío de la vuelta que según el caso se convertía en isla del tesoro o en selva de la Malasia. La manzana era doble, suerte para mí, porque en el arbolado y añejo barrio de Belgrano la calle Aguilar corta justo en la calle 11 de Septiembre, donde vivíamos. Y yo zarpaba en busca de tesoros que variaban invariablemente según mis aficiones o colecciones del momento: figuritas con relieve, monedas extranjeras, estampillas, postales. Todos elementos alusivos al secreto del viaje, a los mundos distantes y desconocidos. Todos valiosos para mí. No máscaras en aquel entonces, aunque cada uno de estos elementos las prefiguraban.

Los viajes empezaron siendo un sueño, se convirtieron en pasión, acabaron en vicio. Por momentos se vuelven pesadilla nocturna: tengo que zarpar o alcanzar un vuelo inesperado y no logro juntar todas mis cosas y armar las valijas. También de la vigilia en los engorros de los aeropuertos; pero toda pesadilla, cansancio, hartazgo, se borran en el momento sublime cuando el avión despega y me siento libre de peso, feliz. Entonces tomo la revista de la aerolínea y ya empiezo a solazarme con la posibilidad de un próximo viaje. Siempre más allá, a tierras desconocidas.

Los viajes colmados de aventura que me inventaba de chica fueron tomando cuerpo a partir de mis veinte años. Gracias al periodismo y más tarde a la literatura pude desplazarme por trabajo y llegar a los países más remotos. Cumplo con mis obligaciones, generalmente fascinantes, y aprovecho para avanzar más allá en busca de ritos, de festivales, y de máscaras. Porque si somos verdaderos viajeros, y no simples turistas, todo viaje resulta una forma de exploración. Y de exploración interior. Al viajar nos abrimos al otro y en el otro a alguna zona desconocida de nuestra propia alma.

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