Simone Veil - Una vida

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Sobreviviente del horror de Auschwitz y del nazismo que destruyó a su familia, Simone Veil dedicó su vida a la lucha contra la discriminación y la intolerancia, y a favor de los derechos de la mujer y por la construcción de la unidad europea, para ella una garantía de la paz mundial.
Responsable en Francia de la despenalización del aborto (Ley Veil), en 1979 presidió el primer Parlamento Europeo surgido del voto universal directo y en 2010 se convirtió en la sexta mujer de la historia que ingresa a la Academia Francesa. Después de mucha espera y re exión, Veil aceptó contar su vida en primera persona. Y en este libro, que es el fruto de esa decisión y que ya vendió en Francia cerca de un millón de ejemplares, se muestra como es: valiente, apasionada, librepensadora.
Una vida es el relato conmovedor de una mujer extraordinaria que atraviesa buena parte de un siglo que la humanidad no olvidará.

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El grupo de personas detenidas partía de Niza al final de cada semana, sin duda en función de la cantidad de lugares en los vagones, que eran coches para pasajeros comunes. Subimos al tren sintiendo una opresión en el pecho, pero sin imaginar ni por un solo instante lo que nos esperaba. Todavía todo parecía más o menos civilizado. Los SS no nos trataban con desprecio o violencia, y sólo dos de ellos se encargaban de la vigilancia, cada uno en un extremo del vagón. El 7 de abril viajamos hasta Drancy, donde convergían –nos enteramos después– todos los trenes de Francia. Cuando llegamos entendimos enseguida que descendíamos un escalón más en el camino hacia la miseria y la deshumanización.

Las condiciones de vida en el campo eran terribles en el plano moral y material. Dormíamos y comíamos mal, aunque hay que relativizar porque en esa época se comía mal en toda Francia. En Drancy reinaba ante todo la angustia, si bien algunos se aferraban a la probabilidad de un desembarco próximo. Tenían tanta esperanza en una liberación rápida, que hacían todo lo posible para ganar tiempo y retrasar la partida. Para la mayoría, esta esperanza resultó ilusoria. Sólo algunas personas, muy pocas y en general las que fueron detenidas al principio, habían logrado volverse indispensables: médicos, empleados de los registros, miembros de lo que podríamos llamar la estructura administrativa, aunque son palabras demasiado importantes para una realidad tan pobre. Los responsables del campo eran de mármol. Bastaba cualquier incidente para que alguien que había logrado quedarse un año o más, de pronto disgustase a la Gestapo o a los SS y fuera también trasladado. Por otro lado, algunos individuos aislados, con cónyuges no judíos, lograban quedarse ahí y salvar sus vidas, porque en Drancy en esa época ya no se moría.

Los detenidos podían quedarse postrados y mudos durante días. En cuanto a los responsables judíos, ignoro si sabían lo que nos esperaba. A mi entender, tenían más intuición que conocimiento real. Pero, si sabían algo, obviamente no se filtraba nada: si de verdad hubiesen tenido alguna sospecha o certeza sobre nuestro futuro destino igual no nos habrían dicho nada, porque el campo se habría vuelto insoportable y las represalias, atroces. Por lo tanto, nunca escuché hablar en Drancy de cámaras de gas, hornos crematorios o medidas de exterminio. Todo el mundo repetía que íbamos a ser llevados a Alemania para trabajar “mucho”. ¿Pero adónde? A falta de información, se hablaba de “Pitchipoï”, un término desconocido que designaba un destino imaginario. Las familias esperaban no ser separadas, y eso era todo.

Después de la guerra se habló mucho sobre el conocimiento que los judíos podían haber tenido de la situación. En realidad, la información era mucho más escasa de lo que se cree. Los judíos extranjeros, los primeros en ser perseguidos, supieron antes que el resto qué era lo que se avecinaba. Había más información en la zona ocupada que en la zona libre. Es difícil, sin embargo, creer que François Mitterrand, que tras su evasión se recuperaba en la Costa Azul en casa de unos judíos de origen tunecino, haya podido ignorar las medidas que fueron tomadas contra ellos. Todas las familias de la colectividad eran perseguidas. El número de las que lograron llegar sin problemas hasta las puertas de la Liberación no debe haber sido muy alto.

La tediosa negrura de Drancy era atravesada a veces por un rayo de sol. Recuerdo haberme reencontrado con los Reinach, madre y padre, nuestros amigos de la villa Kerylos. La señora Reinach, siempre enérgica, supervisaba los servicios de cocina del campo. Fui a verla y tuve la alegría de poder decirle: “La semana pasada recibí una carta de su hija Violaine. Toda su familia está muy bien y fuera de peligro.” Por supuesto, una noticia como ésta era un regalo para el señor y la señora Reinach, que habían sido arrestados poco tiempo antes e ignoraban completamente lo que les había ocurrido a sus cinco hijos. En cuanto a los padres, habían sido deportados muy tarde y directamente a Bergen-Belsen, como otras personas conocidas, quizá porque la señora Reinach era de origen italiano.

Día tras día, los cuatro –mamá, mi hermana Milou, mi hermano y yo– esperábamos un traslado a Alemania del que ignorábamos tanto la fecha como el destino, con la única esperanza de que no nos separasen. Nadie había oído hablar de Auschwitz, era un nombre que nunca era pronunciado. ¿Cómo habríamos podido tener alguna idea del futuro que los nazis nos tenían reservado? Hoy en día es difícil entender hasta qué punto la información estaba controlada durante la Ocupación por la acción de la policía y la censura. Ahora nos cuesta entender que nadie, salvo en los barrios implicados, hubiese oído hablar de la redada del Velódromo de Invierno (10) de julio de 1942, que luego haría correr tanta tinta y daría lugar a tantas polémicas. Cuando, mucho más tarde, yo misma me enteré, compartí el estupor colectivo frente a la revelación del comportamiento de la policía parisina. Su complicidad en la operación me pareció una mancha indeleble sobre el honor de los funcionarios franceses. Hoy, aunque la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos comparta este punto de vista, mi juicio se ha vuelto más preciso y considero que hay que diferenciar. Nunca, pero nunca, se podrá lavar la culpa de los dirigentes de Vichy que contribuyeron enérgicamente a la “solución final” con la colaboración de la policía francesa, sobre todo en París. Pero esto no le saca ningún mérito a aquellos policías que, por ejemplo, previnieron y de esta manera salvaron a la mitad de los veinticinco mil judíos registrados en París antes de la redada del Velódromo.

En líneas generales, si tres cuartas partes de la población judía que vivía en Francia pudo escapar a la deportación fue, en primer lugar, gracias la existencia desde noviembre de 1942 de la zona libre y, hasta septiembre de 1943, por la ocupación italiana. Además, muchísimos franceses, mal que les pese a los autores de Le Chagrin et la Pitié (11), tuvieron un comportamiento ejemplar. Los niños fueron, en su mayoría, salvados gracias a toda clase de redes, como la Cimade (12); pienso en particular en los protestantes de Chambon-sur-Lignon y de otros lugares, o incluso en los numerosos conventos que recibieron a familias enteras. Al fin de cuentas, entre todos los países ocupados por los nazis, Francia fue por lejos el que tuvo el menor porcentaje de arrestos. Más del ochenta y cinco por ciento de los judíos holandeses fueron eliminados. En Grecia ocurrió lo mismo. El año pasado, cuando viajé a Atenas, pude constatar que no quedaba nada de la comunidad judía de Salónica. Me contaron que allí la ira de los nazis fue tal, que la detención de dos personas que estaban refugiadas en una pequeña isla griega había movilizado a toda una unidad SS. Ningún evento histórico, ninguna decisión política tomada por dirigentes, sobre todo en períodos tan turbios como éste, puede llevar a conclusiones terminantes. Nadie puede negar que la colaboración, consagrada por las siete estrellas de Pétain, indujo al error a muchos de nuestros conciudadanos. Sin embargo, años más tarde, quedé muy impactada por la respuesta que me dio la reina Beatriz de Holanda un día en el que le hablé de mi admiración por la partida al exilio de la reina Guillermina y de su gobierno a Londres luego de la invasión de su país, en 1940: “No crea que fue algo tan simple. La actitud de Guillermina fue muy criticada; la gente lamentaba que hubiera ‘abandonado a su pueblo’. Y es lo que todavía se sigue diciendo hasta hoy en nuestro país”. En Francia, en general se ignora que, por el vacío político que existía en Holanda, los judíos fueron muy frecuentemente denunciados. Como ocurrió con Ana Frank.

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