En aquellas semanas de navegación caribeña empezó el festival toponímico que le complica la vida a cualquiera que quiera saber más sobre la conquista de América. En primer lugar, los taínos llamaban a las islas con diferentes nombres. O eran los españoles los que no entendían lo que los taínos decían. El mismo Colón llegó a desconfiar en cierto momento, tras algún incomprensible intento de fuga, creyendo que los intérpretes los confundían a propósito.
Luego, claro, como estaban apropiándose formalmente de aquellas tierras en nombre de la Corona, les daban a las islas y sus accidentes más reseñables nombres castellanos según el santo del día, algún evento particular o como peloteo a Sus Majestades. Así, tras partir de Guanahani-San Salvador, Colón fue descubriendo y rebautizando otras islas de las Bahamas. A la siguiente que hallaron, una tal Samaná (según aparece en el mapa que haría Juan de la Cosa), la llamó Santa María de la Concepción, y nadie sabe si era el actual cayo Rum o cayo Samaná. A otra, que llamaban Samaet, la bautizó Isabela en honor a la reina. A otra mayor la llamó Fernandina en honor al rey. Y, en cada parada, nuevos contactos, nuevos gruñidos y gestos, nuevas dudosas mediaciones con los intérpretes, nuevos intercambios de cuentas de vidrio y tacitas por ovillos, tubérculos y loros, nuevas referencias a enemigos armados que, sin duda, era gente del Gran Khan. Y nueva maravilla de los españoles ante tantas cosas nuevas y desconocidas, pues hasta los peces eran raros y de extraños colores, e incluso hallaban y mataban serpientes de siete palmos. Colón se queja constantemente en el diario de no tener más conocimientos botánicos, porque no solo es incapaz de identificar los árboles y arbustos, sino que tampoco puede augurar su potencial económico. Y, visto el poco oro que encontraban, necesitaba hallar un potencial económico en cualquier cosa. Llevaban algunas muestras de canela y pimienta para enseñárselas a los nativos y que les dijeran si había por los alrededores, pero casi siempre ponían cara de estar viendo eso por primera vez. De vez en cuando, saltaba alguna falsa alarma: algún nativo decía que sí, que había un bosque de canela detrás de tal o cual colina, pero luego nada de nada.
Finalmente, en uno de aquellos islotes desubicados de las Bahamas, obtuvieron indicaciones precisas sobre dos islas inmensas que llamaban Colba y Bohío, o Bofío. Decían que en ellas había muchos navegantes con grandes naos que tenían oro y perlas, y Cristóbal asumió que serían de los atacantes que describían los nativos. Colba, por tanto, tenía que ser Cipango, es decir, Japón. Por las noches, en su camarote, acariciaba la carta de los Reyes Católicos al Gran Khan, saboreando con anticipación el momento en que se convertiría en el nuevo Marco Polo. ¿Y Bohío? Pues Dios lo sabría; se acercarían a dar un vistazo y, si había oro o especias, verían el modo de iniciar la explotación.
Partieron de la isla Isabela el 24 de octubre y tardaron cuatro días en llegar a Colba. No encontraron mucha civilización, pero era grande, y se toparon con varios ríos, algunos de bocas anchas y navegables. Las casas, sin embargo, mantenían el estilo tribal que ya iban conociendo, techadas con hojas de palma. Por si acaso no era Japón, Cristóbal llamó a aquella isla Juana en honor al heredero de Sus Majestades, el infante Juan. Las comunicaciones con los nativos seguían con buenas vibraciones.
Escenas del descubrimiento: Pinzón se viene arriba
Martín Alonso sube a La Santa María y llama a Cristóbal a gritos.
—¿Qué pasa, Martín? —pregunta Cristóbal Colón, pensativo, mientras se hurga la nariz.
—Oye, almirante, he estado interrogando a los nativos de las casas de allá y, por los gestos y lo que dicen los taínos, se ve que aquí, en Colba…
—Isla Juana, Martín, habla con propiedad.
—Bueno, pues Juana, cojones, ¡atiende! Me cuentan que en el interior hay una ciudad que se llama Cuba y que su rey está en guerra con el Gran Khan en el norte.
—¡Anda! Pues son excelentes noticias, supongo. ¿Y estás seguro? ¿Cómo has obtenido datos tan concretos?
Martín Alonso Pinzón titubea.
—Bueno… La verdad es que ellos lo único que repiten es «Cubanacán», una y otra vez. Pero, vamos, por los gestos…
—No sé yo si eso es muy preciso, Martín.
—Al menos es más preciso que la mierda de mapas que está garabateando Juan de la Cosa. Dice el tío que como el barco se mueve, le salen mal y no hace más que malgastar…
—Venga, vete, no me molestes, que estoy repasando el discurso que le soltaré al Gran Khan cuando lo encuentre por la gracia de Dios.
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