Javier Traité - Cuando Colón llegó a Japón

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Embárcate en esta desternillante crónica del descubrimiento de América.¿Quién no conoce a Colón? El gran descubridor de América es un personaje popular en todo el mundo, pero ¿de verdad sabemos cómo era? ¿Nos hacemos realmente a la idea de lo loco que estaba? Esta es la historia torcida del mayor caso de chamba que han conocido los siglos: el de un hombre que convenció a una reina de que le diera tres barcos para ir a Japón y se salvó de palmarla en el mar por el simple hecho de que, si uno navega hacia el poniente desde España y se empecina en no dar media vuelta, que es lo que habríamos hecho todos, es prácticamente imposible NO descubrir América. Únete a Bartolomé y Giacomo Colón, Juan de la Cosa, Martín Alonso Pinzón, Luis de Torres y muchos otros marineros que acompañaron a Cristóbal Colón en su búsqueda de Japón y descubre que la Historia no es como te la han contado, sino mucho más torcida.

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En resumen: un humanista típico, que remató su enérgica vida como papa fundando la universidad de Basilea, convocando (sin éxito) una cruzada contra los turcos, escribiendo una autobiografía en trece volúmenes y urbanizando su pueblo natal, Corsignano, hasta el punto de cambiarle el nombre; lo bautizó Pienza en su propio honor.

Cristóbal frecuentó mucho la obra de Piccolomini, y es posible que cayera alguna pajilla tras algunos pasajes de su Historia de dos amantes. Pero lo que más manoseó y subrayó fue el tratado geopolítico sobre Europa y Asia llamado Historia Rerum ubique Gestarum, generoso en imprecisiones y datos sacados de la manga, pues los humanistas eran fantásticos, pero partían de donde partían.

Sobre geografías imaginarias encontramos otro autor de cabecera de Cristóbal Colón: Pierre d’Ailly (1351-1420). Este teólogo y geógrafo francés era conocidísimo por una obra llamada Imago Mundi, donde afirmaba que el mundo era simétrico. ¿Por qué? ¡Pues porque le daba la gana! No se basaba en nada, simplemente decía que, si había un continente en el norte de occidente (Europa), otro en el sur de occidente (África) y en el norte de Oriente había otro (Asia), por narices tenía que haber otro continente en el sur de Oriente. De esta manera, el mundo era bellísimamente simétrico, con dos continentes al norte y dos al sur y, a la vez, dos en Oriente y dos en occidente.

¿A que ya empieza el lector a entender que la bibliografía de Colón era de todo menos útil?

Pero esperen, que queda más. Si hay una obra de la biblioteca de Cristóbal subrayada, toqueteada y con migas de pan petrificadas entre las páginas, de cuando se comía el bocata mientras la releía, esa es Il Milione, más conocida como Los viajes de Marco Polo. Ese texto se gestó en 1295, durante una de las innumerables guerras entre ciudades y repúblicas italianas, cuando los genoveses tenían presos, en el mismo lugar, a un escritor llamado Rustichello de Pisa y al comerciante veneciano Marco Polo. Aburrido en el calabozo, Marco Polo contaba a Rustichello sus largos viajes por Asia, soltándole un montón de trolas y exageraciones, y cagándola en la mayoría de las medidas que le daba. Rustichello decidió convertir aquellos cuentos en un libro que adornaría cuanto fuera preciso para crear una de las ficciones de viaje más famosas de la historia.

Claro que, para libro de viajes famoso, otra de las obras de cabecera del joven Cristóbal: el Libro de las maravillas del mundo, de Juan de Mandeville. Este fue un caballero inglés que un día se largó a Egipto, se le complicó la cosa y acabó de mercenario para el sultán. Visitó Palestina y otras tierras bíblicas, y luego se incorporó a la Ruta de la Seda; llegó hasta el Extremo Oriente, donde sirvió quince años como militar en el ejército del Gran Khan. A su regreso, escribió sobre sus experiencias y su percepción del terreno con la ayuda de un médico de Lieja, y las dio a conocer al mundo. Aquella sí debía ser una fuente valiosa, ¿no?

No.

Para empezar, el tal Juan de Mandeville no parece haber existido; hay muchas teorías al respecto. En cualquier caso, es irrelevante, porque, como tantas obras medievales, se trata de un relato verídico en una pequeña parte, maqueado con cientos de plagios de obras contemporáneas o clásicas. Por si no está al tanto el lector, en la Edad Media eso estaba bien visto. Hoy plagias dos párrafos y te meten un puro que te cagas, pero en aquellos años escribía tan poca gente que se daba por hecho que quien escribía era un sabio, una autoridad. Y si se trataba de un doctor de la Iglesia o un clásico tipo Plinio, una Auctoritas de primera. Cuanto más material plagiabas, mejor lo reconocían los lectores y más veracidad otorgaba al conjunto. Si lo piensas, es un sistema de copyleft muy interesante para la época… si las autoridades citadas realmente decían la verdad. Pero, amigos, asumámoslo: el 70 por ciento de los rollos que soltaban los geógrafos y exploradores clásicos y medievales se lo sacaban de la manga; historiadores y filólogos del mundo entero se rompen los cuernos con estudios críticos para intentar descifrar qué cojones quieren decir esos reputados autores. Entre lo que veían y explicaban mal, lo que veían y no entendían, lo que no veían, pero se lo habían contado y lo ponían igual, y lo que se inventaban porque les daba la gana, aquellos libros de viaje se convertían en lo que querían ser: libros de maravillas. Porque lo extranjero y oriental era exótico, desconocido, oculto, aterrador y fascinante; nada que ver con el careto de Agapito el Labrador o el gordo culo de Mosén Fonseca, que eso lo veías cada domingo en misa.

Así, en el Libro de las maravillas del mundo encontramos todos los monstruos de los bestiarios clásicos y algunos nuevos. Tienes a las blemias, por ejemplo, humanoides sin cabeza que tienen la cara en medio del pecho, con una triste boca en forma de herradura a la altura del ombligo. Estos, por ejemplo, parecen ser una confusión con los blemios históricos, un pueblo seminómada que ocupó la Baja y la Alta Nubia hasta su desaparición en el siglo vii. La arqueología ha sacado a la luz las armaduras de los guerreros blemios y resulta que iban a la guerra con una máscara de mimbre y un pedazo de escudo oval decorado que les cubría desde debajo de las rodillas hasta la nariz. Vistos de lejos, con la calenturienta imaginación de aquellos años (y algo de miopía), podían parecer perfectamente guerreros sin cabeza y con la cara en el pecho.

Este tipo de criaturas inventadas o malinterpretadas abundan en la descripción de Oriente de Juan de Mandeville:

Hay en las Indias una isla en la cual viven hombres de gran forma como gigantes y no tienen sino un ojo en la frente, los cuales no comen más que carne y pescado, sin pan.

En la provincia de Sitia hay unas grandes y altas montañas […] y sobre dichas montañas viven una manera de gentes que se llaman panocios, los cuales tienen todos los miembros así, como nosotros, salvo las orejas, que las tienen tan grandes que parecen mangas de tabardo y con ellas se cubren todo el cuerpo; tienen la boca redonda así, como una escudilla. Y todavía hay otra isla donde viven hombres que andan en cuatro pies y son todos vellosos y súbense por los árboles así, como si fuesen simios, y andan desnudos.

En otras islas hay gentes que tienen los pies como cabras y tienen cuernos; son muy poderosas gentes y grandes corredores, que toman las bestias salvajes muy rápido y se las comen.

Otros hombres monstruosos tienen la cara muy deformada, con el labio inferior tan enorme que, cuando quieren dormirse al sol, llegan a taparse toda la cara con sus mismos labios.

Hay en otra isla una clase de gentes muy maravillosas que son a la vez hombres y mujeres, porque juntos y pegados están sus cuerpos, y no tienen más que una teta por un lado, pues del otro no tienen nada, y cada uno de ellos lleva órganos de hombre y mujer.

Podríamos seguir: hombres y mujeres con cuello de grulla, o los cinocéfalos, esos humanos con cabeza de perro… Más allá de lo plagiado, el tipo se inventaba un montón de mandangas; llegó a decir que, al pasar por el monte Ararat, el Arca de Noé todavía encallada arriba. Como para fiarse de sus descripciones y medidas geográficas. Pero, claro, el libro es entretenidísimo, fue un best seller del siglo xiv, y el genovés lo tenía en su mesilla de noche.

El problema era que Cristóbal se tomaba en serio aquellos libros.

Como el 98 por ciento de Occidente por aquel entonces.

Porque, verán, Alfonso V de Portugal (al que Isabel la Católica había dado calabazas) estaba tan interesado en encontrar una ruta alternativa a Asia como cualquiera en la época. De ahí que apoyara a su tío, el infante Enrique el Navegante, en sus exploraciones africanas. Y de ahí que preguntara sobre la cuestión a sus cosmógrafos e intelectuales portugueses. Por ejemplo, a Fernando Martins de Roriz, clérigo y médico con muchos contactos en Italia, que consultó a un amigo suyo, un geógrafo florentino llamado Paolo dal Pozzo Toscanelli.

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