Stella Maris Álvarez - Vida cotidiana e historia, Carmen de Patagones y Viedma

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Vida cotidiana e historia, Carmen de Patagones y Viedma: краткое содержание, описание и аннотация

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Este libro propone un viaje al pasado de Carmen de Patagones y Viedma a fines del siglo XIX.
Empieza con un recorrido por el espacio urbano de ambos pueblos (sus calles, veredas, viviendas, plazas, cementerio, etc.) tal como lo veían y vivían sus protagonistas. Luego, identifica a los actores que vivieron en él. Los trabajos que realizaban tanto hombres como mujeres. Las formas que adoptaron las alianzas matrimoniales, las casas en las moraron y los roles de cada miembro de la familia, en especial mujeres y niños.
Por último, la salud y la enfermedad trasladan al lector a un problema común a todos de los actores. La medicina «empírica» y la «científica», los seres que la ejecutaron para concluir con las enfermedades más comunes y su interrelación con la Higiene. Sobre todo es un libro de historia que interpela al pasado desde la vida cotidiana de todos los actores sociales.

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La plaza fue objeto de atención de la Corporación Municipal en 1876, cuando se resolvió limpiarla, nivelarla, construir caminos y cercos de mampostería y barandas perimetrales de madera. En 1877, se colocaron en ella varias escultura y en el centro una pirámide de ladrillo, revocada y blanqueada. En 1879 se plantaron árboles, (aunque en la descripción que ha quedado de Albarracín diga que no tenía jardines y que estaba abandonada) y se instalaron un farol en cada esquina y cuatro en la pirámide central.

A pesar de todo ello en una edición del periódico “Rio Negro” de 1880 se denuncia que la plaza presenta un estado “inmundo”, situación que no ha mejorado en 1886 ya que “El Pueblo” en su edición del 28 de febrero del mencionado año dice ”…injustificable es la decidía de [la] municipalidad… [con] nuestra plaza… se halla en el más avanzado estado de abandono.”

En el sur, cuando aún era Mercedes, “los edificios más notables eran: en primer lugar la nueva iglesia Nuestra Señora de la Merced en la plaza…después la estación misionera inglesa, importante edificio que ocupaba dos lados de la plaza, una de cuyas alas contenía el local destinado a capilla, y la otra la residencia y el dispensario del misionero, el reverendo doctor Humble” (Musters; 1871: 380)

En 1870 se planteó la necesidad de demarcar la plaza que se transformaría en el centro desde el cual se partiría para la entrega de los solares. Los primeros en ser entregados frente a la plaza fueron a Balda hermanos y a Iribarne (dos comerciantes y hacendados) y se decidió trazar dos calles que desembocaban en el río. En 1875 se registran quejas porque la mayor parte de los terrenos no tenían medidas ni mojones lo que provocaba una verdadera confusión hasta el punto de no saber los dueños cuales eran el límite de sus propiedades.

La plaza delimitada como tal fue rodeada de alambre sostenido por postes y en su interior se pusieron plantas ornamentales, acción que se realizó varias veces a lo largo del período estudiado. En 1882, el periódico El Pueblo, denuncia que el estado de la plaza es deplorable y está desmantelada. Expresa que daba lástima de verla con la mayoría de los postes caídos, sin alumbrado y, ocupada por vacas, caballos y ovejas. Las pocas plantas que habían no eran cuidadas.

Poco tiempo después se informaba que “se destinaran 25.000$ para el arreglo de la plaza pública por ahora no se levantan ni los alambres caídos, por la noche los faroles brillan por su ausencia” ( El Pueblo; 18 de mayo de 1883). Dos meses después la municipalidad resolvió llamar “General Alvear” a la plaza nueva, donde se encontraban los edificios públicos, y, a la vieja, “Plaza Vinter”.

E. Entre la luz y las tiniebla

A partir de 1860, en Patagones comienza la instalación del servicio de alumbrado público, aunque la iluminación es un tema de reclamo permanente.

En la fecha mencionada se instalaron 20 faroles que funcionaron primero con velas y aceite y luego sólo con velas. En 1879 se colocaron farolas de alumbrado en algunos sectores del pueblo y, en los años siguientes, se completó la iluminación con lámparas de hasta dos mecheros, y se incrementó, a lo largo de los años, el número de faroles y el espacio cubierto. El combustible usado era el kerosene y el encargado de encenderlos era el farolero.

Las quejas sobre su funcionamiento se expresaban en forma continua a través de los periódicos el “Río Negro” primero y “El Pueblo” después. Este último el 14 de diciembre de 1884 dice que “[a la noche] Patagones no tiene una luz que evite con sus rayos que sus habitantes se rompan la crisma en los innumerables precipicios” y al año siguiente, satiriza la situación dedicándole una nota necrológica titulada “LOS FAROLES DE PATAGONES Y SUS LAMPARAS (Q.E.P.D) fallecieron el 10 de diciembre de 1884” (El Pueblo, 11 de enero de1885)

Hacia 1889 la situación no había mejorada y se denuncia que

“Mal, muy mal anda el alumbrado […] las noches que hacen más falta hacen sean los faroles encendidos, es cuando el mayor número de ellos apagados.

El señor farolero es muy delicado; un poco de viento o lluvia que haya ya basta para impedirle cumplir con su deber. Enciende uno que otro farol y […] a descansar de las fatigas.” (El Pueblo, 27 de octubre de 1889)

En 1892 se dice

“¿Es o no es alumbrado el que por las noches vemos en las calles? Débiles lucecitas que con tenue resplandor se divisan de trecho en trecho, sin difundir más claridad que la necesaria para demostrar su existencia, dejando en la oscuridad más completa toda la calle…” (El Pueblo, 3 de abril de1892)

Viedma, comenzó a tener alumbrado público, cuando se lo consideraba un barrio de “El Carmen”. En 1861 se colocaron 6 faroles que funcionaban a vela o aceite. En 1867 se instalaron 12 más. El estado y funcionamiento de esos faroles estaban a cargo de la municipalidad mientras que la población debía proveer las velas y de los encendedores. Por otra parte la ampliación después de 1880 no fue distinta a la descripta en Patagones.

En una y otra banda, y en toda la etapa tratada, la iluminación fue ineficiente cuando no inexistente ya que había una gran resistencia por parte de la población a mantener su parte del trato, y las municipalidades actuaban en forma espasmódica según la fuerza de los reclamos y de quienes fueran los que reclamaban.

F. La higiene: ¿cuestión pública o Privada?

La higiene no era precisamente una cuestión que preocupara a las habitantes de ambas orillas del río (Viedma-Patagones). Las descripciones dejadas en los diarios demuestran que en el espacio público convivían personas con animales (perros, cerdos, vacas, caballos, aves de corral, etc.), alimañas de toda especie, basuras, excrementos, escombros y todo la imaginable e inimaginable. Lo público era una extensión de la vida privada; las calles, las veredas, las plazas, y otros espacios eran tomados como la extensión de las viviendas, espacio privado por excelencia, más específicamente de sus patios.

La mejor manera de reflejar la situación, que era la misma para los dos pueblos, es reproducir las denuncias de los contemporáneos:

“… hay una infinidad de perros que interrumpen el paso á los Transeúntes á toda hora del día y de la noche… Dentro de la población se crían cerdos…” (Viedma en El Pueblo, 27 de agosto de 1882)

“Hay otro foco de infección mayor aun, foco que puede ser causa de epidemia […]. Nos referimos a los mataderos…

Las basuras de todas especie […], se convierten en focos de infección muy capaces de producir periódicos recelos en puntos a la higiene, pues es sabido, que en la primer lluvia exhala sus emanaciones dañiferas y puede infestarse la población…” (Patagones en El Pueblo, 3 de abril de 1892)

[…] restos putrefactos yacen esparcidos por todos lados; aquí grandes pantanos formados por un fango sanguinoliento e infecto, allí residuos de escrementos y formando el todo una atmosfera mefítica mas que suficiente para producir la infección tífica” (Patagones en El Pueblo, 13 de mayo de 1889)

“nuestras plazas… son potreros, nuestras calles permanecen en perenne estado de inmundicia y no tenemos un servicio regular de alumbrado ni ninguna clase de limpieza pública.

Por doquiera que vamos vemos paredes derruidas, veredas intransitables, edificio ruinoso que amenazan a cada instante la vida transeúnte; montones de escombros y basuras en las calle […]

En la vía publica crece el pasto, los fosos y terraplenes que conducen al muelle son depósitos constantes de aguas estancadas que se corrompen y saturan la atmosfera de miasma mefíticas...” (Viedma en El Pueblo 21 de julio de 1887)

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