Stella Maris Álvarez - Vida cotidiana e historia, Carmen de Patagones y Viedma

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Vida cotidiana e historia, Carmen de Patagones y Viedma: краткое содержание, описание и аннотация

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Este libro propone un viaje al pasado de Carmen de Patagones y Viedma a fines del siglo XIX.
Empieza con un recorrido por el espacio urbano de ambos pueblos (sus calles, veredas, viviendas, plazas, cementerio, etc.) tal como lo veían y vivían sus protagonistas. Luego, identifica a los actores que vivieron en él. Los trabajos que realizaban tanto hombres como mujeres. Las formas que adoptaron las alianzas matrimoniales, las casas en las moraron y los roles de cada miembro de la familia, en especial mujeres y niños.
Por último, la salud y la enfermedad trasladan al lector a un problema común a todos de los actores. La medicina «empírica» y la «científica», los seres que la ejecutaron para concluir con las enfermedades más comunes y su interrelación con la Higiene. Sobre todo es un libro de historia que interpela al pasado desde la vida cotidiana de todos los actores sociales.

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Por esta razón en 1888 la subprefectura con asiento en Patagones estableció la prohibición de bañarse en la ribera norte, y en especial que se bañen los menores de edad. Prohibición que, según muestran los informes posteriores, fue burlada permanentemente.

Podría creerse que la cercanía del rio facilitaría a los habitantes la provisión de agua para consumo, pero la realidad que se presentaba era diferente. El río era el último depósito de las materias contaminantes. Era común que se encontraran arrastrados por la corriente animales muertos en descomposición, basuras, y por qué no personas ahogadas. Sus orillas se encontraban ocupadas tanto por caballos que a todo galope iban hacia él para tomar agua, como por mujeres que lavaban la ropa en los lugares más bajos y cercanos del río, los mismos de donde los aguateros sacaban el agua que bebía la población.

“[…] el abuso que llevan a cabo las lavanderas de tiempo atrás lavando la ropas en la ribera [rio arriba]. Todos los residuos que se desprenden de la ropa sucia del pueblo que allí se lava son […] arrastrados por la corriente hacia el agua que bebemos […] está saturada de materias nocivas a la salud” 4

Para evitar esto las municipalidades comenzaron a prohibir que, por ejemplo, se lavara la ropa y se arrojara basuras río arriba pues la correntada traía a los centros urbanos las materias contaminantes y a los aguateros, se les prohibió extraer agua media hora antes y media hora después de la marea alta, como así también de pozos de agua estancadas.

Todas estas medidas serán reiteradas, lo que indica que quienes debían cumplirlas no lo hacían. Los aguateros seguirán extrayendo el agua de los lugares más cercanos, sin importar si era potable o no. Los recipientes que usaban para la extracción y distribución eran de dudosa limpieza, a lo que se agregaba que se la vendían, selectivamente, a algunas personas y a otras no, cobrándola al precio que más les conviniese. Esta situación comenzará a revertirse con la instalación del agua corriente.

Esta instalación se realizará primero en Carmen de Patagones. En 1888, el comerciante, transformado en empresario, Francisco Arró, construyó un sistema de aguas corrientes autorizada por la Corporación Municipal, que se extendía por las calles y viviendas donde además del deseo de los vecinos existía la posibilidad de pagarla. Éstos debían afrontar los gastos de instalación e ingreso en la propiedad. Hacia 1890 habían conectadas 125 casas y el depósito de agua filtrada se colocó en la plaza.

A partir de esta innovación, los aguateros fueron obligados a proveerse del agua filtrada, a la vez que se les prohibía la extracción del agua del río para su comercialización. También se estableció un precio máximo en el valor del agua corriente y de la provista por los aguateros. Precios que, en la realidad, eran permanentemente modificados por unos y por otros. Fueron tantos los conflictos que la Municipalidad debió intervenir:

“En vista de los abusos que cometen los aguateros y al no dar cumplimiento la empresa de aguas corrientes al compromiso de abastecer a la población de tan necesario elemento, [se] dispuso ayer suspender la ordenanza que prohíbe la extracción de agua del rio” 5

En Viedma la situación no era diferente. La instalación de agua corriente la hizo el mismo empresario a mediados de la década de 1890, muy cercana a la inundación que en 1899 arrasara el pueblo. Fueron muy pocos los vecinos que alcanzaron a colocar el agua en sus casas, antes de que fueran destruidas poco después. Por lo tanto los aguateros tendrán una presencia más larga, haciendo uso y abuso de ser proveedores del recurso más necesario para la vida humana. Los que la compraban tenían una posición económica que les permitía hacerlo, o sea era la parte más “importante y decente de la población”, para usar definiciones de la época.

En lo que hace al agua para consumo no hay que dejar de lado el propio abastecimiento que hacían los habitantes de ambas orillas. Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que en todas las casas se recogía el agua de lluvia (escasa por cierto) que no era apta para el consumo humano, y que para ello se sacaba del río. En las viviendas de quienes tenían mejor posición económica eran los sirvientes quienes se ocupaban del acarreo del agua desde el río mientras que, en los hogares en lo que les sobraba sólo pobreza, las mujeres y los niños estaban encargados de realizar la tarea de recogerla y trasladarla hasta sus domicilios, trabajo que les llevaba gran parte del día.

Esta actividad que pareciera no tener mayores connotaciones, en realidad era muy peligrosa (la posibilidad de caer en el río sin saber nadar era alta) y pesada. Para transportar el líquido se usaban recipientes lo más grande posible que se colocaban en ambas puntas de un palo que se ubicaba detrás de la cabeza por encima de los hombros. Se podría dejar jugar a la imaginación para ver la lenta marcha de quienes lo hacían y, en el caso de Patagones, además, tenían que subir una pesada cuesta.

C. Las calles y veredas: un constante reclamo

La llegada del General Roca, 1879, significó el inicio concreto de la separación de las dos bandas del río. Carmen de Patagones con un asentamiento poblacional más antiguo fue desplazado como centro institucional de toda la Patagonia por su hermana menor Mercedes, que en ese momento pasó a llamarse Viedma.

Los guiños, hechos en Patagones, para demostrar modernidad y beneplácito por la llegada del general victorioso fue entre otras cosas, ponerle nombres a las calles, que según Pita:

“Ninguna de las calles de nuestra Aldea Colonial tenia nombre hasta 1879 y la verdad es que no lo precisaban pues era tan reducida, que podían contarse de memoria y sin menor esfuerzo […] La campaña civilizadora del Ejercito Nacional […] trajo también ese adelanto [colocarle el nombre de las calles] (Pita; s/f:151)

Este adelanto estaba lejos de las necesidades de los pobladores que en forma permanente se encontraban con que el estado de las calles era muy malo

“…especialmente de las que bajaban la colina en dirección a la ribera; en algunas partes los peatones se hunden hasta los tobillos en la arena y en otras tropiezan con rugosas masas de arenisca” (El Pueblo, 7 de febrero de 1892).

Fueron los periódicos locales, “El Río Negro” primero y “El Pueblo”, después quienes se encargaron de denunciar el estado de las calles y veredas de los dos pueblos.

Según “El Río Negro” las calles públicas estaban en total estado de abandono, alfombradas por huesos y basuras de todo tipo que, expuestas a los casi constante vientos en todas direcciones, sólo se detenían cuando encontraban algunos obstáculos que las contuvieran y eran un foco de infección.

Viedma no brindaba una imagen diferente. Hay que recordar que era sede del gobierno local (Municipio) y de la Gobernación de la Patagonia, por lo tanto el reclamo por parte de los pobladores, se hará por doble vía a uno u otra, o ambas a la vez, lo que podía generar una acción adversa y recibir una doble imposición de medidas disciplinarias. Esta doble vía era usada también por las autoridades municipales que recibían, pedían e incluso exigían una ayuda extra por parte de la gobernación y viceversa.

Artículos periodísticos reclamaban, en 1882, por el estado de las calles que describían como “deplorables”, verdaderos “muladares” o, inmensos “fangales”. Criticaban a las autoridades locales por no ocuparse de limpiarlas para lo cual contaban con el dinero necesario y la posibilidad de tener mano de obra gratuita, ya que se podían usar a los presos para hacerlo.

En 1884, la Corporación Municipal decidió abrir nuevas calles pero algunos habitantes se opusieron y criticaron la medida porque consideraban que había que poner en condiciones las que ya existían “…cuanta falta nos hace [que] uno de los callejones que van al r í o estuviese transitable para la carga y descarga de los buques… los carros que están para el tráfico en lugar de cargar 100 arrobas por ejemplo, tienen que conformarse con 20 arrobas, y estar expuestos á que se rompan las ruedas y todo cuanto hay para romper” 6

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