Unos segundos después, un Nissan con el sello de Avis, se detenía a su lado. El conductor descendió parsimonioso, acercándose al Asesor con una maliciosa sonrisa que lo hacía simpático y seguro de sí mismo.
– Vaya… vaya… vaya… ¡Así que ahora eres el asesor del Presidente!
Avanzaba flemático, balanceando su flexible cuerpo, bailando algún silente ritmo de samba, mientras aplaudía divertido sin hacer ruido al tocarse sus manos. Los hombres se abrazaron sin decir palabras, pero la efusividad no fue pareja. El Dr. Arenales no apreciaba la aparición de su antiguo compañero en Andinia.
– ¿A qué has venido? Preguntó sabiendo de antemano la respuesta.
– No creo que esa sea la forma de saludar a un amigo que no ves en casi quince años… ¡viejo sabandija!
– ¿Qué misión tienes en Andinia? El trato era campechano, sin modulación. Profesional. Casi murmurando.
El hombre se apoyó en el jeep, colocando el taco del zapato enganchado en el paragolpes, en tanto que el asesor lo miraba fijamente a dos metros de distancia, en posición por poco militar, en un estudio circunspecto.
– ¡Más de quince años!
– El visitante encendió un cigarrillo y ofreció otro al Dr. Ezequiel, que lo rechazó con una señal de agradecimiento, mientras le contestaba esbozando un mohín que no llegó a sonrisa: He dejado los vicios secos.
– Mi querido amigo, contestó agarrándolo del brazo, preguntas a qué he venido. Debo estar en algún lado, soy material y ocupo mi lugarcito en el mundo. Ahora estoy aquí… ¡intentando hacer negocios!
– ¿Los negocios de siempre?
Esbozó una sonrisa cínica y, pasando por el hombro del Asesor su brazo derecho, le contestó:
– A lo mejor puedas creerme, compañero… ¡Pero mi misión es no hacer nada!
– Te enviaron a sondear el terreno. Ciertamente esperarán el giro de los acontecimientos para intervenir o retirarte. ¿Piensas tú lo mismo?
El visitante seguía con su sarcástica sonrisa y un balanceo rítmico de cuerpo.
– Compañero, yo no pienso. Me contratan cuando es necesario y uno hace lo que mandan. Tú lo sabes. ¡Somos profesionales!
– ¡Eres profesional! Le contestó el Dr. Ezequiel. Yo hace muchos años dejé esos asuntos. Ahora me parecen un verdadero asco…
– Eso no quita que sigas siendo un profesional. Mira donde estamos y cómo hemos llegado aquí. ¿Acaso hemos precisado discutir para saber lo que debíamos hacer? Si bien creo que estamos en bandos rivales, me alegro sinceramente de volver a verte, “Mangosta”. A propósito, ¿cómo debo llamarte ahora?
– Por mi verdadero nombre. Ezequiel Arenales.
El Dr. miró a su antiguo compañero, dándole unos puñetazos amistosos en el tórax, que repitió hasta adormecer el puño sobre su corazón. El uno y el otro se alegraban de encontrarse. Eran verdaderos amigos, pese a que el recelo los enfrentara casualmente.
– Siempre recuerdo al escurridizo “Visón”, intangible, apuesto y mortal. Te agradaba ese sobrenombre. ¿Con qué alias operas ahora?
– Steve Hoffman.
– Steve… Repitió el Dr. Ezequiel cerrando fuertemente su puño delante de la cara de su amigo. Iba a decir algo y se arrepintió. Se separó unos metros y empezó a golpear la palma izquierda con el puño que mantenía cerrado, como pensando en las palabras que necesitaba decirle a ese hombre especializado en matar.
– ¿Has necesitado la cláusula gatillo para ingresar?
– No.
– Entonces te esperaban. Es un contacto desde afuera con alguien muy alto de Andinia.
– Esas cosas me tienen sin cuidado.
– ¡Pero a mí no! Contestó Ezequiel ensimismado.
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