Pablo Pérez - Querido Nicolás

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En primera persona, el narrador viajero asume un doble trabajo: vivir sus aventuras y contarlas al mismo tiempo. En
Querido Nicolás, Pablo Pérez retoma su personaje de
Un año sin amor (que escribe un diario en Buenos Aires) y lo pone justo antes: más joven, espléndido, modestamente pobre, en un viaje picaresco por Madrid y París, entre fines de los años ochenta y comienzos de los noventa. Las cartas son el mecanismo perfecto, por suerte ya inventado, para la doble tarea que se le impone al narrador aventurero; envío tras envío, las noches, los trabajos, los amantes, los patrones, los traslados, el dinero, la falta de dinero…
Et voilà: la novela, que logra la alquimia de convertirnos en el amigo a la espera de las noticias.

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Ya salí varias veces. Estuve en un lugar que se llama Cruising. Un tanto sórdido para tu gusto. No se ve nada en algunos rincones y en otros apenas se ve. Me metí en un cuarto oscuro bastante orgiástico y me orienté con el tacto para descartar viejos, pelados y fofos. Resultó. Gané un bellísimo chongo italiano de veinticinco años, Carmelo. Fuimos a su casa. Cogimos y escuchamos canciones de amor italianas. Resultó bueno para coger. Solamente eso. No quedamos en volver a vernos.

Hay otro lugar que se llama Dúplex, que es un poco más luminoso y al que van mayoría de jovencitos, eso me lo dijo Jordi pero no lo pude comprobar. Hay tiempo. Lo que sí comprobé es que pasan buena música y el lugar es una mezcla de bar y minidisco, en general en Madrid los bares son así: una barra, unos sillones y una pequeña pista de baile. Sólo se paga una consumición de 300 pesetas para entrar. No es mucho, son como cinco tickets de metro. Está también el café Figueroa, que es una especie de Trolinera . En todos estos lugares hay, ya sea máquinas de videojuegos, o tragaperras, o metegoles, o flippers, si no hay uno, hay otro, o dos, o tres, o todos. Todavía no fui a ninguna disco, ya incursionaré y te contaré de qué se trata. También anduve por algunos bares modernitos. Son divertidos y la asistencia no es tan previsible como en el Bolivia, al menos para mí que acá no conozco a nadie, el elenco siempre cambia, hay modernos, gays, visitantes, yuppies. Una amplia gama de colores para elegir. Insisto, mi carta puede parecer contradictoria, digo que Madrid no me gusta y hablo de lugares que sí me gustan. Lo que va y viene es mi cabeza. Madrid está siempre en el mismo lugar. Te dejo por hoy con un fuerte abrazo.

30 de noviembre

Querido amigo, pienso en cómo pueden resultarte estas cartas en las que poco acontece. Imaginate: llueve desde que llegué, casi sin interrupción, este es uno de los motivos que hacen más atractivo quedarse en casa mirando tele, comiendo, tomando café o cerveza, mucho mejor que salir para inevitablemente mojarse (no tengo piloto, ni botas de lluvia). Realmente vibro de ganas de hacer cosas, pero no sé qué cosas. Creo que estoy incubando algún ser extraño que en cualquier momento me sale de las tripas. Pienso esto porque no puedo creer que mi vida siga así, tan nada. Algo debo estar haciendo y no me entero. Lo siento, por ejemplo, cuando veo algún chico lindo en la tele, o cuando me emociono por alguna amistad heroica de película, o cuando me asoma una lágrima cuando un viejito gana un auto en un concurso. A veces llego a sentir ecos de una furia que, de salir, tendría que gritarla como si fuera el cantante de una banda. ¿Si no qué sentido tendría gritar solo en el medio de la calle para que te miren raro? Me atormenta pensar que ahora no soy nada y que esa no es una situación sostenible. No sé qué será de mí. No es exactamente no ser nada, ni ningún rollo filosófico que tenga que ver con la nada . Sino que… no sé qué. Intento ser más explícito pero no puedo. Tal vez ya lo hayas entendido. También estoy pensando esto de Europa. Debería obtener una ciudadanía pero sin tener que hacer nada. Ahora pienso que no tengo ganas de estudiar y que me horroriza la idea de trabajar, aunque creo que no me queda otro remedio. A veces me arrebata la idea, el sueño, uno de esos grandes sueños que parecen imposibles pero que tienen una mínima posibilidad de concretarse: ganar 10.000.000 ó 20.000.000 ó 100.000.000 de pesetas a la BONOLOTO. Estoy tentado de jugar una boleta en cuanto reciba mi dinero de la semana. Es que cada vez me parece más lejano conseguir un trabajo o que alguien pueda enamorarse de mí, claro, alguien de quien yo también esté enamorado. ¿Quién podría enamorarse de alguien que no tiene nada que hacer ni sobre qué conversar? Es más fácil, creo, ganarse la lotería. Con dinero compraría la nacionalidad que quisiera para estar tranquilo en cualquier país que me guste. Tampoco sé para qué. Habiendo leído sobre tu resignación a la soltería y empezando a comprender la mía, creo que, para los dos, la alternativa es la misma: ganar plata. Bueno, vos al menos podés trabajar. Yo creo que no. Me siento totalmente inútil. Tal vez sea una racha y nada más. Al menos tengo con qué divertirme: esta incógnita me mantiene bastante ocupado.

Nota al margen: Cada vez están más cerca los hombres robot o los hombres biónicos, o lo que sea. En España ya hay tres sordos con captadores de sonido computadorizados que se implantan en el oído y se conectan con el cerebro. También se piensa en cámaras ópticas para los ciegos.

Más tarde:

Perdón por ser tan pesado. Claro, tal vez no lo notes porque estás leyendo una carta, pero es que a cada rato siento ganas de escribirte en cuanto se me ocurre algo. Es sobre esto de estar solo, cuando hace unos días nomás, incluso estando en París, podía conocer gente. La mayoría de mis amistades nacieron del enamoramiento o del romance. Ahora la cuestión es la siguiente: no tengo ganas de conocer gente en situaciones similares, salvo que se trate de un novio. Tampoco tengo un lugar, llámese escuela, facultad, o cualquiera sea el tipo de agrupación o aglomeración de gente donde conocer a alguien si no es en una situación de levante. ¿Cómo hago para conocer gente, entonces? Bueno, era eso. Hasta luego.

2 de diciembre de 1989

Todavía no reacciono, Nico. Ya estamos en los fines de la década. Y se vienen movidos, los noventas. 1990, el año del caballo, me encuentra en Europa. Se viene la aparición en público de la Academia Medrano. Y lo más importante, creo: después de haberte escrito ayer o antes de ayer sobre la cuestión de nuestras edades, estuve pensando que lo que nos pasa en estos días es nada más y nada menos que la crisis de los cuarenta, pero a los veinte. Claro, deduje esto después de haber visto un programa de televisión sobre el tema.

Esta tarde salí a dar un paseo por mi barrio. Ya no estoy en la duda de si Madrid me gusta o no. Mi barrio me encanta. Anduve por lugares hermosos, encontré los añorados puentes y palacios. Me habían cautivado en París y los extrañaba en Madrid, pero también aquí los hay. Es increíble que en un mismo lugar convivan tantos siglos. No sé cómo será el resto de Madrid. Es que estoy en el centro, donde está todo junto. A treinta cuadras de acá está el Museo del Prado; a diez cuadras, la Ópera, el Palacio Real; a veinte cuadras está Chueca, el barrio gay, y muy cerca el Parque del Retiro. En definitiva, siento que no necesito alejarme demasiado del barrio para pasarla bien, están los museos, los paseos, bares, los cines y las discos. Ayer fui por primera vez a una disco, el Ales. Sólo puedo decirte que es linda, nada más. No presté mucha atención porque apenas llegué empezamos a besuquearnos con un andaluz muy simpático: Rafael. Nada que pueda trascender, creo. Quedamos en volver a vernos hoy, pero no vive en Madrid, y eso impediría que nos viéramos con frecuencia. Yo apenas puedo sostener una historia de amor local, mucho menos a distancia.

Jordi está de brote operístico, hablando por teléfono en su despacho, con aires de diva, al son de los cantos de una soprano. Te dejo disfrutando de la preciosa aria , allegro ma non troppo , y de una cerveza, que todo sabe volverlo más ligero.

5 de diciembre de 1989

Como verás, los envíos de correspondencia no son tan frecuentes como desde París, sin embargo lo es la escritura. Ayer me llamaste por teléfono y sentí que ya no es lo mismo que antes. Cuando me hablaste por primera vez a París, después de cortar, lloré una hora seguida y no pude seguir con el almuerzo. Las últimas veces, no. Sí, me siento contento, pero no me alcanza para emocionarme. Necesito más. Por ejemplo, llego al borde de las lágrimas con sólo imaginarme un reencuentro. Igual me gusta que me llamen, pero sentía necesario el comentario.

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