Enrique Semo - Los orígenes
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El libro que el lector tiene en sus manos no es una historia general. Es una historia económica de los pueblos que habitaron lo que hoy es México y, por lo tanto, se ocupa de los procesos de producción, consumo y distribución mediante los cuales esas poblaciones produjeron y reprodujeron las condiciones biológicas y culturales de su existencia. Sus temas fundamentales son el trabajo humano y los recursos tecnológicos que determinan la relación con el medio físico así como la producción de bienes y su asignación. Sin embargo, ese proceso no puede ser separado de otras relaciones sociales ajenas al proceso de producción como son la estratificación de la sociedad en clases sociales, las funciones económicas del estado y los valores ideológicos y religiosos que sirven para conservar o transformar los sistemas económicos. Pero en esta obra abordamos a éstos sólo en la medida en que su examen se hace necesario para la comprensión del funcionamiento y la evolución de la economía.
No es casual que se haya producido una enorme cantidad de estudios económicos sobre la época posclásica de nuestra antigüedad. La historia antigua de México ofrece un campo riquísimo para la aplicación de los métodos de la antropología y la historia económica, porque ofrece fuentes relativamente recientes de inestimable valor para el estudio de la evolución humana desde la comunidad primitiva hasta las formaciones despótico-tributarias complejas sin contacto significativo con el Viejo Mundo.
1Sobre el proceso que redujo la presencia del indio en las estadísticas contemporáneas de México, véase Carlos Basauri, La población indígena de México, t. 1, CNCA/INI, México, 1990, pp. 87-95. [regresar]
2Sobre las estrategias de adaptación y lucha de los indígenas se han escrito innumerables libros. Como ejemplos destacados pueden citarse los de Antonio García de León (1985) y Evelyn Hu-de Hart (1984). [regresar]
Antropología económica e historia
LA MAYOR PARTE de la Antigüedad mexicana es prehistórica, es decir, no cuenta con registros escritos. Se vuelve protohistoria unos mil años antes de la llegada de los conquistadores y las verdaderas fuentes escritas no se multiplican sino en los últimos quinientos años, para luego ser destruidas casi por completo. La prehistoria, por su parte, depende sobre todo de la arqueología y aleja a los historiadores que se nutren de documentos escritos, y el estudio de las grandes civilizaciones del periodo clásico y posclásico tampoco podría prescindir de ella. Pero la arqueología sólo proporciona restos materiales que poco pueden decir sobre sistemas económicos, estructuras sociales y mundos espirituales. Cuando los arqueólogos no desean ir más allá de los hechos comprobados, sólo nos hablan de colecciones cuidadosamente catalogadas y clasificadas de huesos, raspadores y puntas de flechas, y, más tarde, de restos arquitectónicos, templos, cerámicas, tumbas, estelas y esculturas. Sin ellas, es verdad, no existe historia antigua. Los muertos neolíticos no pueden revivir para responder a nuestras preguntas apremiantes y es necesario contentarnos con lo que revelan sus obras materiales.
Para que todo aquello que han dejado tras de sí, imperecedero o de lenta desintegración, nos deje oír sus voces en medio del silencio que envuelve a su mundo ya desaparecido, es necesario recurrir a otras ciencias y cruzar sus datos con imaginación creativa. En el último medio siglo ha habido progresos sorprendentes y las piezas conocidas del inmenso rompecabezas —cada vez más numerosas— permiten tejer teorías y aventurar explicaciones. En el periodo de posguerra los arqueólogos descubrieron que otras ciencias podían aportar mucho a la arqueología prehistórica. La colaboración con geólogos, biólogos, matemáticos, botánicos y geógrafos permite estudiar la evolución de las culturas antiguas sobre el trasfondo de los cambios climatológicos y su influencia en el hábitat en los últimos 15 000 años. Los restos de polen permitieron conocer la flora y el clima de cada época y los huesos de animales crearon una posibilidad de inferir las actividades de subsistencia. Más recientemente, los enfoques cuantitativos en el análisis de artefactos, el mayor y mejor uso de las computadoras y la fotografía aérea o espacial han tenido un nuevo impacto en la arqueología. 1
Pero más que ninguna otra ciencia, los avances en la etnografía (estudio de casos de pueblos primitivos aún existentes) y la etnología (estudio de esos pueblos en su conjunto) contribuyeron a desarrollar el método histórico que parte del presente para investigar el pasado. Fue Lewis H. Morgan (1818- 1881) quien por primera vez usó la etnografía para explicar la prehistoria (Morgan, 1969). Recurriendo a la analogía sostuvo que el estudio de las instituciones sociales de los indios sobrevivientes de América permitía comprender la larga historia que precedió en la Antigüedad clásica el surgimiento de ciudades, Estados y grandes civilizaciones. Aun cuando muchas de sus conclusiones se apoyaban en información empírica hoy superada, y su evolucionismo lineal está en desuso, fundó un método que hasta hoy sigue inspirando adhesiones, desarrollos y rechazos a títulos distintos y a menudo contrapuestos.
La confrontación de las evidencias y conceptos analíticos de la arqueología y la etnografía presenta aún problemas serios. Los arqueólogos se ocupan sólo de una parte de los restos materiales de sociedades extintas. Los etnólogos trabajan con información no material derivada de sociedades existentes, contaminadas por la Modernidad y el colonialismo. Es imposible, por tanto, evitar cierta incongruencia crónica entre los conceptos organizadores empleados por ambos. Y, sin embargo, con ayuda de métodos comparativos cada vez más modernos, los trabajos multidisciplinarios han prosperado considerablemente en las últimas tres décadas (Godelier, 1976: 279-335).
La antropología, nacida del encuentro del mundo capitalista con las sociedades primitivas, se transformó con rapidez en puente fructífero entre las ciencias sociales y el pasado prehistórico. Sus métodos y modelos ayudaron a organizar los datos dispersos del pasado así como los descubrimientos sobre el hombre primitivo, y su evolución marcó profundamente la formación y desarrollo de algunas teorías importantes de la antropología sobre la sociedad contemporánea. Todas las corrientes vigentes: funcionalismo, estructuralismo, marxismo, ecología cultural y evolucionismo materialista, se han alimentado y han contribuido en algún momento al estudio de la prehistoria y la historia antigua. Del contrapunteo del pasado más remoto y el presente más inmediato han nacido enfoques teóricos sobre la evolución de la sociedad, que si bien difieren profundamente entre sí, comparten una búsqueda renovada de una teoría general para explicar la evolución y el cambio social. 2
Como este ensayo trata de la historia económica de la Antigüedad, no podemos empezar nuestra exposición sin antes debatir brevemente las posibilidades y limitaciones de tal empresa. Existen dos preguntas que debemos contestar: ¿es posible hablar de economía en las sociedades antiguas? y, de ser así, ¿tenemos suficiente información acerca del tema para intentar explicaciones e interpretaciones, aun cuando sean iniciales? (Plattner, 1989: 30-32).
La respuesta a la primera es afirmativa, siempre y cuando se fijen con claridad las diferencias con la sociedad contemporánea. En las sociedades antiguas la economía está inserta en la estructura social y política. El derecho del individuo a la subsistencia se deriva de su pertenencia a la familia o la comunidad. En tiempos normales es un derecho a recibir tierra, trabajo y productos, y en momentos de apuros, ayuda de familiares, amigos, miembros de la comunidad, líderes y gobernantes. Por otro lado, la obligación de aportar a la producción de bienes para otros miembros de la sociedad o para ésta en conjunto es resultado de imperativos que se originan en el parentesco o las redes religiosas y políticas de la sociedad y no en las relaciones estrictamente económicas. A diferencia de lo que sucede en las sociedades capitalistas, la amenaza del hambre y el incentivo de la riqueza no son los móviles en la actividad económica del individuo. Ésta, por el contrario, es regida por criterios de deber y estatus social, y no por los del contrato económico. La organización familiar, social y política influye en la producción y norma la distribución y consumo de bienes, en lugar de las leyes de la oferta y la demanda, la utilidad y la acumulación de capital que pertenecen estrictamente al mundo económico. Si se quiere, la actividad económica no se ha separado lo suficiente de los lazos familiares y políticos como para constituirse en esfera autónoma de la vida. La familia, nuclear o ampliada, es la célula de producción y consumo principal. Sus funciones económicas no son sino una cara distinta de sus funciones psicológicas y sociales. Pero esto no significa que en esas sociedades los problemas económicos estén menos presentes que en las actuales. Todas las sociedades, incluso las más primitivas, deben decidir sobre la distribución de los recursos productivos entre las diferentes actividades, institucionalizar la división del trabajo, el intercambio de productos y el consumo, y tomar medidas para asegurar la reproducción periódica de esas actividades. Pero mientras en la sociedad moderna éstas son regidas por las leyes del mercado, en las sociedades antiguas, la influencia del grado de desarrollo de las fuerzas productivas se impone mediante los lazos familiares, tribales, religiosos y políticos. Al principio incluso las relaciones de producción se confunden con las relaciones de parentesco en la práctica, y sobre todo en la conciencia. Sin embargo, no son reductibles a estas últimas que son también el mecanismo social que rige la reproducción biológica. En la sociedad capitalista la familia no es ya una unidad de producción, aun cuando sigue siendo unidad de consumo. La producción sale al mercado y su meta es la acumulación de riqueza. En la sociedad primitiva, como diría Marx, el objetivo de la producción es el hombre, y en la capitalista, el objetivo del hombre es la producción. En eso reside la diferencia en la relación sociedad-economía, que separa al mundo antiguo del contemporáneo.
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