Enrique Semo - Los orígenes
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Y, sin embargo, los mexicanos tenemos dificultades para reconciliarnos con la idea de esa continuidad. Llamamos a veces prehispánica a la historia antigua, como si hubiera habido 20 000 años de preparación para algo que sucedió en 1519. O bien, al referirnos a la "herencia indígena" pensamos sólo en el esplendor de las culturas antiguas, tal como las conocieron los españoles al llegar, y dejamos que el resto de su historia se hunda en un pasado ajeno e irrecuperable. La instantánea así obtenida es llamada "México en vísperas de la llegada de los españoles".
México fue integrado al mercado internacional a mediados del siglo XVI, pero en la mayor parte del país su población siguió siendo preponderantemente india durante tres siglos más. Los españoles no fundaron una colonia de poblamiento como los ingleses y holandeses en Norteamérica, quienes marginaron y eventualmente exterminaron a los pueblos indios. Forjaron un dominio sobre una sociedad formada por una amplia base indígena, coronada por una restringida cúpula española. En los siglos siguientes no se produjeron inmigraciones europeas o africanas masivas como en Estados Unidos, Argentina o Brasil. Pero —se dirá— admitiendo incluso que exista una deformación ideológica en nuestra visión de la relación entre historia antigua y moderna, entre lo indio y lo europeo, ¿cuál es el peso real de la Antigüedad en la historia moderna y contemporánea de México?
Comencemos con una suposición que nos coloca en la perspectiva adecuada. Si los españoles hubieran llegado montados sólo en el caballo de la guerra y su superioridad hubiera sido exclusivamente técnica y económica, México sería hoy, como dijo J. Klor de Alva (Thomas, 1992: 46), similar a la India o China. Después del contacto, millones de aborígenes hubieran continuado evolucionando, como lo habían hecho en el pasado, sin romper con sus tradiciones lingüísticas, religiosas y culturales. Como sucedió en China o en la India, habrían absorbido o aislado la limitada emigración del Viejo Continente y en algún momento se habrían sacudido la tutela colonial. Igual tendríamos, como los tenemos hoy, banqueros, tecnócratas, físicos, obreros metalúrgicos y "mil usos" mexicanos, sólo que hablarían náhuatl y otros idiomas indios a la vez que español y su manera de ser sería aun menos "occidental" de lo que es hoy. El continente americano y el mundo serían diferentes. Pero no fue así. Cortés y sus hombres llegaron cabalgando no en uno sino en los cuatro caballos del Apocalipsis, incluyendo el de la plaga. Y uno de los elementos que separaba a los habitantes de América de los europeos tuvo consecuencias fatales: la diferencia en el sistema inmunológico. Los aborígenes habían estado aislados durante milenios, mientras que los europeos adquirieron inmunidad a enfermedades infecciosas como el sarampión y la viruela que trajeron a México. El contagio, agravado por la explotación, la guerra y el hambre, ayudó a exterminar 80% de la población indígena. Los efectos de la plaga en América fueron mucho peores que los de la peste negra en Europa, siglo y medio antes, y destruyó toda posibilidad de conservación mayoritaria de las grandes poblaciones antiguas. Los aborígenes tampoco lograron salvar los aspectos más avanzados de su cultura, ligados en buena parte a sus elites, y como consecuencia cambió también la actitud de los españoles. La admiración y el respeto mostrados por Cortés y sus acompañantes ante la grandeza y originalidad de los logros indígenas se convirtieron en lástima o desprecio hacia una cultura que cedía en todo, aparentemente sin combatir. Descendiente de un pueblo que luchó durante siete siglos contra los moros por su independencia, la siguiente generación de emigrantes españoles sólo vio miseria y sumisión allí donde los conquistadores habían visto grandeza y dignidad (Keen, 1972: caps. 3-5).
Pero de ello no puede deducirse que los indios hayan representado un sector marginal en la población del México colonial e independiente. Según datos presentados por Elsa Malvido en su ensayo sobre la composición de la población, una década después de concluida la conquista había en Nueva España 2127 indios por cada ibérico. Medio siglo más tarde la relación era aún de 425 a 1.
Todavía a principios del siglo XIX los censos reconocen que más de 50% de los mexicanos eran indios, frente a 25% de españoles (incluyendo a los criollos) y otro tanto de mestizos. Además, como la distribución de los habitantes de origen ibérico era muy desigual, en muchas regiones la relación les era aún más desfavorable (véase el texto de Elsa Malvido de esta misma serie). Todavía para el primer tercio del siglo XX la presencia del indio es sustancial. El censo de 1930 registra 17% de población que habla lenguas indígenas. En dos estados, Oaxaca y Yucatán, representaban más de 50%, y en ocho más oscilaba entre 20 y 50%. 1 Si a esto agregamos los sectores que habiendo perdido su lengua de origen seguían viviendo en comunidades, o bien aquellos que habiéndose integrado a la vida urbana mantenían lazos indígenas, alcanzamos fácilmente cifras que nos acercan a un tercio de población indígena o más. No es, entonces, sino en los últimos 60 años cuando el mestizo biológico se impone en casi todo el país y el mestizaje cultural se generaliza. La presencia significativa y contundente de los descendientes de la población aborigen que preservan girones de su cultura sería razón suficiente para considerar a la Antigüedad en toda su extensión como elemento activo en la formación de la nación mexicana. Es además la época en la cual la población autóctona despliega su creatividad distintiva sin contacto duradero alguno con Europa o Asia; la época en que la sociedad se desarrolla sin la interferencia decisiva de la expansión mundial capitalista. Si la historia posterior al siglo XVI es la historia del choque entre una sociedad autóctona compleja y la expansión europea, sólo el estudio detallado de la Antigüedad mexicana nos permite comprender plenamente el polo autóctono de esa unidad dialéctica, su resistencia empecinada y sus victorias esporádicas.
Pero no es la única razón. A ésta se debe agregar el impacto de lo indio en la cultura mexicana en su conjunto. Su herencia se plasma en costumbres, actitudes y prácticas cotidianas comunes no sólo a los sectores indígenas de la población que han marcado profundamente la trayectoria económica de los últimos cinco siglos. A lo largo de nuestra historia moderna y contemporánea siempre han existido segmentos importantes de la sociedad que resisten con éxito las presiones al cambio, preservando sus modos de vida originales. Si en sus formas puras la Antigüedad ha desaparecido totalmente del escenario, sus restos espirituales, y a veces también los materiales, viven una vida larvada detectada en más de una ocasión sin ser plenamente reconocida. Para comprenderlos íntegramente, debemos reintegrar al caudal de nuestra historia los milenios de experiencia con la comunidad agraria, el Estado despótico, la actividad mercantil, las diferentes formas de propiedad privada y comunal, la intervención del tlatoani en la economía y la división de la sociedad en clases que precedió a la llegada de los españoles. Podemos decir, sin exagerar, que hasta hace tres generaciones, en la mente y el corazón de muchos mexicanos la continuidad pesaba tanto o más que las rupturas. No es casual que la Revolución mexicana produjera una reforma agraria cuyo núcleo haya sido la restauración del ejido y la comunidad. Sin duda, en algunas regiones importantes del país, esto sigue siendo cierto. Y al hablar de continuidad no hablamos sólo de "restos del pasado", sino también de estrategias de adaptación al cambio y la innovación que colocan a lo indio en el centro mismo de aquello que se ha dado en llamar Modernidad. 2
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