Rubén Dri - La utopía de Jesús
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Hemos citado textos de profetas pertenecientes al sur –Isaías y Jeremías– y al norte –Amós y Oseas– para indicar claramente que el enfrentamiento de los profetas con los sacerdotes y las clases unidas a éstos –nobleza real y ricos– pertenece a la esencia de la misión profética. Es sabido que los profetas del norte –Elías, Amós, Oseas– fueron los más radicales y vehementes cuestionando de raíz las monarquías, mientras que los del sur en general sólo pretendían reformarlas. Pero se debe destacar a Miqueas, perteneciente al sur, quien, sin embargo, es el profeta más radical.
Cualquier intento de armonizar la función sacerdotal, tal como la describen los textos proféticos, y la práctica del profetismo debe culminar necesariamente en el fracaso. Ello es perfectamente comprensible si consideramos tanto el sacerdocio como el profetismo en su práctica concreta, en el seno de la sociedad. Ambos pretenden actuar en nombre de Yavé, pero entienden por Yavé algo no sólo distinto sino contrario, en tanto es la expresión de prácticas de clase irreconciliables.
Ahora bien, Jesús opta decididamente por la vía profética y se pronuncia en contra de la vía sacerdotal. Queremos decir que Jesús es antes que nada, prioritariamente, un profeta, lo cual reviste la mayor importancia, porque nos proporciona el criterio definitivo para interpretar su práctica y el sentido completo de su mensaje. En consecuencia, debemos probar que Jesús antes que nada es profeta y no sacerdote. Tres tipos de pruebas se nos ofrecen:
1. Jesús es anunciado por un profeta, Juan el Bautista.[11] A nadie se le puede ocurrir presentar a Juan Bautista como sacerdote. Los evangelios son sumamente explícitos al respecto. En efecto, ponen al Bautista en relación con Elías, el prototipo del profeta del Antiguo Testamento. Sus vestidos –“un vestido hecho de pelos de camello con un cinturón de cuero” (Mc. 1,6)–, recuerdan los de Elías: “Iba vestido con un manto de pelo y con una faja de piel ceñida a su cintura” (2 Re 1, 8). Jesús dijo, por otra parte, que el Bautista era el mismo Elías (Mt. 17, 10-13). (Cf. también Mt. 14, 5; 21, 26; Mc. 11, 32; Lc. 1, 76; 20, 6.)
Es evidente que si la práctica de Jesús hubiese sido primordialmente sacerdotal y no profética, habría sido presentado como siendo anunciado por un sacerdote, pues la calidad del anunciante prenuncia la del anunciado. Elías, el profeta por antonomasia, ha vuelto en la persona del Bautista, para anunciar la venida del máximo profeta, Jesús de Nazareth.[12]
2. Jesús se proclama a sí mismo profeta. Los Evangelios lo atestiguan en varios de sus pasajes. Al no ser aceptado en su pueblo de Nazareth, exclamó: “Un profeta sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa no tiene prestigio” (Mc. 6,4). En el llamado Sermón de la Montaña, Mateo pone en boca de Jesús esta expresión: “No vine a suprimirlos, sino a completarlos” (Mt. 5,17), refiriéndose a la Ley y los profetas. Cuando le anuncian que Herodes lo busca para matarlo, contesta que seguirá realizando su práctica: “Pero hoy, mañana y pasado mañana tengo que seguir mi camino, porque no conviene que un profeta sea muerto fuera de Jerusalén” (Lc. 13, 33).
3. Jesús es conocido por el pueblo como profeta. Narra Marcos que “Jesús salió con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino les preguntó : «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos contestaron: «Algunos dicen que eres Juan Bautista; otros, que Elías; otros que eres alguno de los profetas»” (Mc. 8, 27-28). (Cf. también Mt. 16, 13-14; 21,11; Lc. 7, 16; 9,7-8; 24,19; Mc. 6,15.)
Este testimonio tiene mucha importancia, pues el pueblo hebreo estaba embebido de la cultura bíblica. En la Biblia estaba su conciencia colectiva. Sabía distinguir perfectamente a un sacerdote de un profeta. Pues bien, no conocemos ningún testimonio que nos haga saber que en alguna oportunidad Jesús haya sido confundido con un sacerdote. El pueblo siempre lo identificó con los profetas. Señal evidente de que toda la práctica de Jesús tenía el sello de lo profético, como puede verse por su estilo de vida laical, sus dichos y acciones proféticas, la manera de anunciar el Reino, el lenguaje empleado.
No sólo Jesús se proclama profeta y su práctica denuncia su calidad de tal, sino que resume en lo profético todo el mensaje bíblico, del cual él se siente portador y consumador. Hemos visto, en efecto, que resume la Biblia en la conocida expresión “La Ley y los profetas”, la Torá y los Nevihim. Pero la Ley está representada por Moisés. En efecto, en la transfiguración, al lado de Jesús aparecen las dos figuras que encarnan la totalidad del mensaje bíblico que Jesús sintetiza y consuma: Moisés como representante de la Ley, y Elías, de los profetas. Pero por otra parte sabemos que Moisés también es profeta.[13] En consecuencia, todo se sintetiza en lo profético. La práctica y el pensamiento de Jesús seguirán la orientación profética.
Lo que se nos impone ahora, en consecuencia, es detectar las características fundamentales que asume la concepción profética de la realidad, en contraposición a la concepción sacerdotal. Será el tema del capítulo siguiente.
Capítulo IV
Las cosmovisiones enfrentadas
La concepción sacerdotal es la concepción religiosa en sentido tradicional. Tomamos, en consecuencia, como sinónimas las expresiones “concepción sacerdotal” y “concepción religiosa”. La expresión filosófica de esta concepción fue elaborada por los filósofos griegos. De manera que hablaremos indistintamente, de acuerdo con el contexto, de concepción sacerdotal, religiosa o griega. Entiéndase, sin embargo, que la concepción griega es la filosofía griega y, en consecuencia, la concepción sacerdotal o religiosa, pero sin la sacralización.
Nos interesa ver las diferencias esenciales entre la visión sacerdotal y la profética. Partiremos de la visión sacerdotal que, gracias a los servicios de la filosofía griega, fue el lente a través del cual se transmitió el mensaje evangélico desde los primeros siglos de la era cristiana, para contraponerla a la visión profética.
Los rasgos distintivos de la concepción sacerdotal están constituidos por el dualismo, el inmovilismo y la jerarquía.
1. DUALISMO
Consiste en la visión del mundo a través de una división entre dos partes que son reales, irreconciliables, adialécticas, atemporales.
Las dos partes son reales. Significa que existen en realidad. Son irreconciliables. Una perpetua enemistad las separa, de modo que la única manera de terminar la guerra es mediante la supresión de uno de los dos enemigos. Son adialécticas. Una contraposición de elementos es dialéctica cuando puede dar lugar a una superación de los términos en cuestión. Así, la adolescencia es enemiga de la infancia. En ésta el ser está sumergido en la familia. La adolescencia significa el comienzo de la autonomía, el desprendimiento de la familia, que se realiza mediante su rechazo. Abundan los conflictos con los padres, los hermanos y las amistades del ambiente familiar. Pero, si se logra la maduración, la anterior contraposición queda superada. Funcionó dialécticamente. En la concepción sacerdotal no se da la dialéctica, lo que significa que la contraposición no da lugar a superaciones.
Finalmente, las partes son atemporales. Ello significa que existen independientemente del tiempo. Éste sólo superficialmente las puede rozar. Desde siempre el mundo se encuentra dividido entre estas dos partes que nunca se encuentran para formar una unidad superior.
Esta concepción tiene su historia. La primera etapa está formada por la división del mundo en caos y cosmos. El mundo es concebido a partir de una parte ordenada –el cosmos– que está constituido por el ámbito que el hombre domina, como el espacio geográfico ocupado por la tribu, la casa habitada por los núcleos familiares. Y otra caótica, desordenada, que rodea al cosmos y lo amenaza con la destrucción. Esta segunda parte está constituida por todo aquello que está más allá de las fronteras que ocupa la tribu y por los demonios que habitan las tinieblas en general y el interior del hombre.
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