Rubén Dri - La utopía de Jesús

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El proyecto del Reino de Dios es el de una sociedad antimonárquica, antijerárquica, igualitaria, comunitaria, un proyecto revolucionario. Una sociedad comunista que no debe confundirse con el comunismo primitivo de Marx.

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¿Cuál es la matriz de esta concepción monista? Así como el dualismo surge de la dualización de la práctica social, el monismo brota de la unicidad de tal práctica o de su totalización. Queremos decir que surge de una práctica comunitaria. Se trata de la confederación de tribus conformada alrededor del 1200 a. de C.

Los profetas clásicos surgen en el siglo VIII, cuando ya se había impuesto la monarquía sobre la confederación. Pero los profetas siempre hablaban desde el horizonte de la práctica confederada.

2. Dimensión histórica. Si la actitud dualista implica una desvalorización de la historia, todo lo contrario acontece en una actitud monista. Aquí la historia ocupa el primer y único plano. Nada hay fuera de la historia, Dios abandona los espacios sagrados, situados en las alturas inaccesibles, y se coloca en el centro de la historia.

En la concepción religiosa, Dios habita en el cielo, o sea, en el lugar “sobreceleste” de Platón. El cielo de la teología no será otra cosa que el mundo de las ideas platónicas. El lugar de éstas ahora lo ocupan los ángeles, pero con las mismas características. En la concepción profética, en cambio, Yavé está en el centro de la dimensión histórica. La experiencia fundante del pueblo hebreo es el Éxodo. Experiencia al mismo tiempo de la liberación y de Yavé. A Yavé no se lo puede experimentar si no es en el corazón del proceso histórico, es decir, de los procesos político-sociales.

La estructura de la historia según la visión profética contempla tres momentos fundamentales:

1. Se parte de una situación de opresión. Esto constituye propiamente el pecado. Esta situación es la del pueblo hebreo dominado por el imperio egipcio; la del pueblo pobre pisoteado por las clases dominantes –corte, ricos, sacerdotes–; la del pueblo en el exilio babilónico; la de los pobres oprimidos por la Ley.

2. Se transita un camino de liberación. Éste es propiamente el éxodo, la travesía por el desierto; el proceso de conversión al que llama Yavé por boca de los profetas, y al que llama Jesús para construir el Reino.

3. Se culmina en la Tierra Prometida. Ésta es la Palestina en la que no habrá opresores ni oprimidos. Este momento utópico es el que siempre culmina la visión profética. Quedará grabado en la institución levítica del jubileo según el cual “declararás santo el año cincuenta y proclamarás la liberación para todos los habitantes de la tierra... Los que habían tenido que empeñar su propiedad, la recobrarán... Los esclavos regresarán a su familia” (Lev. 25,10).

Así como destacamos la importancia del monismo en la visión profética, también debemos hacerlo con la dimensión histórica. Con los profetas hebreos por primera vez se tiene una visión histórica de la realidad. Los griegos, a pesar de representar un estadio más avanzado de la cultura, no llegaron a ella. Por el contrario, la visión de la filosofía griega fue esencialmente inmovilista. La visión heraclítea, la del perpetuo movimiento de todas las cosas, piensa el movimiento del cosmos de manera semejante al de la naturaleza. Todo se mueve en círculo, todo retorna a su comienzo. Es decir, nada se mueve en el sentido histórico, de una marcha hacia algo nuevo. Para Aristóteles el movimiento en círculo será el menos imperfecto –ni qué dudar que el movimiento es una imperfección– por lo cual los seres que más se acercan a Dios –el Theós– se mueven en círculo. Son los astros.

¿Por qué motivo los profetas hebreos hicieron este importantísimo descubrimiento de la dimensión histórica? Porque la práctica desde la cual se gesta su pensamiento es el Éxodo en toda su dimensión; la lucha en contra del poder opresor del Estado faraónico, la marcha a través del desierto hacia la Tierra Prometida, y el arribo a ésta. La historia está pensada a semejanza de esta marcha. También podría pensarse en los clanes patriarcales nómadas de pastores trashumantes que andaban en busca de pastos.[24]

3. Diaconal. Mientras el pensamiento sacerdotal es jerarquizante, el profético es diaconal o servicial. Es propio del pensamiento jerarquizante el concebir la realidad sobre la base de jerarquías. Todo se mueve desde arriba hacia abajo. El pensamiento diaconal, en cambio, opina que en la realidad –se entiende, en la realidad social– no hay jerarquías sino servicios. No puede haber jerarquías porque todos los seres humanos son iguales. Sí, en cambio, debe haber servicios, porque los hombres necesitan organizarse para vivir, para subvenir a todas sus necesidades y para defenderse de los poderes de la opresión que siempre amenazan.

La base de donde surge este pensamiento diaconal es la confederación hebrea que ya hemos nombrado, y de la que daremos una idea más completa al considerar el tema del Reino de Dios, en la que las distintas tribus, todas con iguales derechos, no reconocían ningún señor, esto es, ningún dominador –el dominador del Estado asiático–, porque sólo había un Señor, Yavé.

Los profetas, a lo largo de su práctica, tendrán siempre como ideal esta primera confederación y lucharán denodadamente contra todos los opresores del pueblo pobre, rey y su corte, maestros de la Ley, jueces venales, ricos. Esta práctica junto al oprimido, en contra del opresor, es la que generó la visión diaconal de la sociedad, visión que habría de culminar con la concepción por parte de Jesús de la autoridad como servicio.

Capítulo V

Práctica y conocimiento

Queremos destacar aquí algunos puntos epistemológicos fundamentales[25] para la comprensión de los análisis que realizaremos:

1. PRÁCTICA Y CONCIENCIA[26]

Para las corrientes idealistas el hombre está dotado de una facultad superior de conocimiento que lo distingue de los demás seres de la creación y lo pone en contacto con la estructura íntima o esencia de las cosas. Para los griegos esta facultad recibía el nombre de nous. Según Parménides, el nous pone al hombre en contacto con el ser, mientras que los sentidos se entretienen en las redes del mundo aparente. Para Platón se trata de realizar de modo adecuado la metánoia o conversión, de modo que el alma, y sobre todo su parte más noble, se vuelva hacia las ideas, dando la espalda a los entes sensibles. Aristóteles sostiene que el nous “entra al embrión desde fuera”.

Frente al idealismo desde un principio se alzaron las corrientes materialistas –Leucipo, Demócrito–, para las que la única fuente de conocimiento reside en los sentidos, los cuales, puestos en contacto con la realidad, nos entregan su pleno conocimiento.

Es notable el hecho de que mientras en el idealismo se combinan las posiciones que sostienen una actitud pasiva, contemplativa, del órgano del conocimiento frente al objeto conocido, con otras que reivindican una actividad de ese órgano, en el materialismo los sentidos se comportan pasivamente, en una actitud de típica contemplación.

Ello le hará decir a Marx que “el defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluido el de Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal” (primera tesis sobre Feuerbach).

Esto significa que Marx, por una parte, valora el aspecto activo del conocimiento que el idealismo fue capaz de ver, pero lo critica en cuanto sólo vio un tipo de actividad abstracta, del espíritu, sin lograr captar la práctica sensorial. Pero, por otra, valora el materialismo en cuanto arraiga en lo concreto, en lo material, que penetra a través de los sentidos. Sin embargo, lo critica en cuanto no supo ver que los sentidos para captar el mundo deben realizar una práctica sobre él, y no mantenerse en una mera actitud receptiva o contemplativa.

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