Rubén Dri - La utopía de Jesús
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Capítulo VI
La sociedad de Jesús
Ya hemos visto que la totalidad se estructura a partir de la producción que es su momento trascendente. Para los efectos de nuestro análisis distinguiremos entre modo de producción y formación social.[34] Entendemos por modo de producción la manera de organizar la producción. Un modo de producción es distinguible de otro por factores como la extracción de plusvalía – sea por vía extraeconómica,[35] como en los modos de producción precapitalistas, o económica, como en el capitalista–, la propiedad de los medios de producción, la división del trabajo, el nivel de las fuerzas productivas.
Pero en la realidad no se dan los modos de producción puros. No existe la totalidad ya hecha ni un proceso de totalización única, como pensaba Augusto Comte, sino una serie de totalizaciones parciales, en camino hacia la totalización completa. Estas totalizaciones parciales son las formaciones sociales. Una formación social consiste en el modo concreto como se realiza un modo de producción. Éste siempre se encuentra mezclado con otros modos de producción que se le subordinan sin desaparecer por completo. La historia de los modos de producción es, en realidad, la historia de las formaciones sociales en las que se realizan.
Para nuestro propósito, pues, debemos en primer lugar caracterizar el modo de producción al que correspondía la Palestina de la época de Jesús –siglo I– y la formación social palestina.
El modo de producción correspondiente era el asiático,[36] que en ese momento era dependiente del modo de producción esclavista propio del Imperio Romano. Con la conquista de Alejandro Magno (siglo IV a. de C.) Palestina ya había sido sometida al modo de producción esclavista griego, y, luego, con la conquista realizada por Pompeyo (63 a. de C.) había pasado a depender de Roma.
Corresponde, en primer lugar, caracterizar el modo de producción asiático.[37] Se basa en la apropiación colectiva del suelo por parte de la “entidad comunitaria tribal”. “La tierra es el gran laboratorio, el gran arsenal que proporciona tanto el medio de trabajo como el material de trabajo como también la sede, la base de la entidad comunitaria.”[38] El elemento fundamental es la tierra, la posesión de la tierra. Tengamos presente este elemento para cuando consideremos los momentos fundamentales del Reino de Dios.
En realidad, en cuanto a la posesión de la tierra, se produce una mediación que es necesario tener en cuenta. Por una parte, el dueño de la tierra es la comunidad, y el individuo que la posee la puede trabajar, en cuanto miembro de ésta. Pero la comunidad, a su vez, sólo es dueña de la tierra en cuanto recibe una delegación de una unidad superior, el Estado, “unidad omnicomprensiva”, que está por encima de todas estas pequeñas entidades comunitarias.[39]
La unidad superior o Estado no aparece caprichosamente. Es la necesidad de determinadas obras que tienen las comunidades la que hace posible y necesaria su aparición. Se trata de las obras de riego y canalización que sólo las puede realizar una entidad que disponga de los medios necesarios para ello. Por lo tanto, el Estado cumple una función para las comunidades. Pero tal función es al mismo tiempo opresión, porque los sectores sociales –nobleza real, sacerdotes, escribas, militares– que se apoderan del Estado lo aprovechan para llevarse abundantemente el excedente del trabajo de las comunidades.
La necesidad que tienen éstas de defenderse de peligros comunes–como las inundaciones, la sequía o las invasiones de tribus enemigas– o de obtener el preciado beneficio común del agua crea las condiciones propicias para el establecimiento de un gobierno central estable y autoritario. Nace así el despotismo oriental, tan odiado por los profetas, propio de las monarquías asiáticas.
Las comunidades son autosuficientes. Producen todo lo necesario para vivir, intercambian por trueque sus productos y combinan la agricultura con la manufactura, de modo que todo lo necesario se produce allí. La aldea no es sede de comercio. Pero allí donde el modo de producción entra en contacto con otro más avanzado, como el esclavista, o donde las clases dominantes intercambian los productos que, como excedentes, han obtenido de las comunidades, se forman las ciudades. Allí residen los nobles, las clases dominantes que son grandes propietarios. Siempre la tierra es la fuente de la riqueza.
El modo de producción asiático, en lo que se refiere a la propiedad de la tierra, puede representarse de la siguiente manera:[40]

En lo que se refiere a la manera de emplear el excedente, el esquema anterior puede ser complementado con el siguiente:

P Producto del sector artesanal y comercial.
E Excedente.
E1 Gastos de guerra.
E2 Gastos de producción artesanal y comercial.
E3 Gastos para obras públicas.
E4 Gastos para otros funcionarios.
C Producción agraria que revierte a la comunidad.
I Producción agraria total.
T Sector en que trabaja la comunidad fundamentalmente al margen de que ocupe su trabajo realizando sus necesidades en otros sectores.
En el modo de producción esclavista “la tierra de cultivo aparece como territorio de la ciudad, no ya la aldea como mero accesorio de la tierra”.[41] Si en el modo de producción asiático la unidad natural es la tierra, apareciendo la aldea como su prolongación natural, en el modo de producción esclavista la unidad natural es la ciudad con sus tierras colindantes. La ciudad es su producto. Si en el primero los miembros de las comunidades padecen una verdadera “esclavitud generalizada”, en el segundo hace su aparición la esclavitud propiamente dicha.
En cuanto al Estado, el modo de producción esclavista ha conocido distintas formas, desde las más despóticas, pasando por los distintos matices de las aristocráticas, hasta las más democráticas, como en ciertas épocas de la vida de Atenas.
En cuanto a la formación social,[42] no podemos tratar en forma unitaria la Palestina del siglo I en nuestra era, porque tanto geográfica como políticamente estaba claramente dividida en cuatro zonas: tres entre el Jordán y el mar Mediterráneo, de norte a sur –Galilea, Samaria y Judea–, y dos al este del Jordán, de norte a sur –Decápolis y la Perea.
De todas ellas nos interesan particularmente Galilea y Judea, por ser la primera el teatro principal de la actividad de Jesús de Nazareth, y la segunda, por ser el lugar de su muerte. Geográficamente, Galilea es una región mucho más fértil y rica que Judea, que es árida y pedregosa.
Galilea estaba dotada de dos grandes rutas comerciales que la ponían en comunicación con el mundo helénico y con el romano. Una ligaba el mar con Damasco, y la otra desde Damasco llegaba hasta Jerusalén, siguiendo el valle del Jordán. Además, se había realizado en forma bastante abundante el entrecruzamiento de los judíos con los no judíos. Los primeros eran sobre todo campesinos. Es por ello que el movimiento de los zelotes, que expresaban los intereses de los campesinos y de otros sectores oprimidos, tuvo allí profundo arraigo.
Judea, por el contrario, estaba más aislada del resto del mundo siendo, en consecuencia, un lugar más propicio para mantener la pureza de la tradición judía. La vida se concentraba en torno de Jerusalén y fundamentalmente en el templo, que de hecho era el centro no sólo para los habitantes de Judea y de la Palestina toda, sino de toda la diáspora judía, que abarcaba los lugares más remotos del Imperio Romano.
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