1 ...6 7 8 10 11 12 ...18 El profesor era un hombre alto y muy pálido, utilizaba la barba cerrada y tenía los ojos azules un poco odiosos o quizá era la forma de vernos en ese momento.
—Llegan quince segundos antes de que inicie mi clase, yo no tolero la impuntualidad. Que no se repita. —Su voz era muchísimo más fuerte que la profesora del día anterior, al parecer era del tipo de profesores que gritaba para ser escuchado.
Asentimos como niñas regañadas, aunque claro, eso éramos, avanzamos y nos ubicamos cada en una en las dos líneas que ya estaban formadas.
Erín se colocó en la primera, sonriéndoles a todos los chicos, quienes parecían sentir cierta atracción hacia ella, yo me coloqué en la segunda, no tenía la misma seguridad y quizá podía guiarme de sus pasos.
En la esquina del salón había dos señores y tres timbales, uno negro un poco pequeño y uno rojo muy grande. Uno de los sujetos tenía lentes y entre sus piernas un hermoso timbal con el tono natural de la madera, el otro estaba al lado del negro. El hombre de lentes empezó a golpear con delicadeza el instrumento, su sonido era constante y profundo, un poco grave. El profesor se colocó enfrente de la primera fila, su cuerpo se convirtió en una perfecta línea recta, así que todos tomamos esa misma posición.
Estiró sus dedos hacia el techo, pude ver cómo se marcaban los músculos en sus brazos. Como buenas marionetas, seguimos su movimiento y sentí cómo mi espalda terminó de estirarse. Bajó sus manos y giró con suavidad su cuello, cada movimiento fue seguido por los doce alumnos que se encontraban en ese salón. El sonido grave del timbal era muy hermoso y ayudaba a no sentir el dolor de algunos músculos cuando eran estirados y reacomodados.
Hicimos un calentamiento de veinte minutos, las gruesas gotas de sudor bajaban constantemente por mi frente y espalda, parecía que no era la única que se sentía agotada con el calentamiento. El profesor ordenó que la segunda fila se colocara al fondo del salón, dejándole el espacio a los de la primera fila, todos se miraban un poco desconcertados. El grupo se dividió en parejas. Por desgracia, un chico quedó solo y tuvo que hacer pareja con el mismo profesor. Se hizo el mismo calentamiento por media hora más, aunque parecía un poco más pesado y rápido por alguna razón.
Todos los pasos eran marcados por el ritmo del timbal; cuando toda la habitación quedó en silencio, los bailarines se detuvieron exhaustos, unas chicas parecían mareadas. Con una señal, me ubiqué con mi grupo en el centro del salón mientras los demás descansaban en el fondo, parecían agradecer esos minutos. Estar en el centro de la estancia era aterrador, los espejos en las cuatro paredes ofrecían un diferente ángulo de cada cuerpo de los bailarines, mis ojos se centraron en mi figura, era delgada y sobresalía por unos centímetros de las chicas, incluso de algunos de los chicos, siempre fui causa de bromas debido a mi estatura y parecía que mis antiguos profesores estaban de acuerdo con ellos.
El profesor me miraba de una forma aniquilante. Pude ver cómo el rostro sudado de Erín se reflejaba en un espejo, tenía una sonrisa y con una señal me indicó que prestara atención. El maestro dio las mismas órdenes que al grupo anterior y formó pareja con una joven de cabello castaño y gruesas cejas.
Me coloqué frente a mi pareja que era un joven de ojos muy azules y el cabello dorado, me recordó muchísimo a Felipe, me puse nerviosa hasta que él sonrió y todo se disipó, sentí como un golpecito en el estómago y mi corazón avanzó a la garganta, era una extraña sensación. Escuchamos la orden y todos empezamos los ejercicios, eran mucho más intensos que el calentamiento. Lentamente sentí cómo mis músculos se calentaban y en pocos minutos hervían, mi cuerpo producía una excesiva cantidad de sudor y mi compañero estaba igual que yo y parecía avergonzarse de su tono rojizo, pero me parecía algo muy tierno, Sentí que el ejercicio duró más que los veinte minutos del grupo anterior, mas fue la misma cantidad.
Cuando el tiempo se terminó, busqué con desesperación el oxígeno que se había escapado de mis pulmones y mi compañero me ofreció de su botella de agua. Aunque suena exagerado, ya se había tomado más de la mitad de un solo trago, pero el gesto fue muy atento, así que no lo rechacé. Erín se acercó con un frasco sellado luego que el muchacho se marchó.
Con dos palmadas, el profesor nos obligó a ubicarnos en las dos filas del inicio, terminamos los últimos diez minutos de la hora con el enfriamiento que no resultó ser tan diferente al calentamiento. Todos aplaudimos mientras el maestro inclinaba su cabeza en una especie de reverencia, luego señaló a los músicos que nos acompañaron en toda la hora con el sonido constante y grave del timbal, ellos también tuvieron su reverencia y un minuto de aplausos.
Todos salimos en silencio del salón, Erín se colocó a mi lado como si fuera un imán atraída por algo metálico, llevaba una sonrisa dibujada en su rostro y pronto me contagié de una. Antes de salir por completo del salón, la voz del profesor detuvo a Erín quien avanzó pensativa hacia él. Terminé de salir, pero aguardé pegada a la pared a que saliera. Después de unos segundos, salió casi brincando del lugar. Como si fuera posible, la sonrisa era mucho más grande y hasta sus ojos tenían un brillo diferente
—Tengo excelentes noticias, estoy muy emocionada, yo sabía que tenías potencial.
No sabía a qué se refería, mas era obvia su emoción. Fue el hecho que hablaba de mí lo que pronto me llamó la atención.
—¿Potencial? ¿De qué hablas?
—El profesor Delong dijo que tienes una figura hermosa y eres perfecta para el papel de la obra de Navidad. Es emocionante, ¿no crees? Tendrías un papel en la obra y apenas en primer año, eso sin duda ayudará muchísimo en tu currículo.
Lo que me decía no tenía sentido. ¿Yo en una obra? Ni siquiera sabía cuál era y ya me sentía nerviosa.
—¿Por qué no dices nada? ¿No te emociona? —Me volteó a ver a la espera de alguna respuesta.
—Claro que sí… solo que no entiendo por qué. Es la primera clase que me da. ¿No debería de ver mi desarrollo o algo así antes de suponer?
Parecía no convencerse mucho con mi respuesta y borró su sonrisa por unos segundos hasta que dio un brinco y quedó frente a mí.
—Creo que si me lo dijo es para que mejores y des lo mejor de ti cada día, de esa manera no solo él te querrá en la obra, sino todos los demás profesores, ¿entiendes?
Aplaudió un poco ante su idea que parecía genial, pero a mí solo me confundía y preocupaba lo que había dicho el profesor.
Traté de poner mi mejor semblante, pero, al parecer, no logré convencerla. Avanzamos en silencio hasta el segundo pabellón donde estaba el salón de la segunda clase.
El tono rojo escarlata era abrumador, la profesora se contoneaba de un extremo a otro, ataviada en un ajustadísimo traje negro que resaltaba a la perfección sus curvas y el escote dejaba ver la piel de sus senos, parecía no tener más de treinta y cinco años. Logré ver cómo mis compañeros se sonreían y codeaban cada vez que uno entraba al salón, las chicas lucían un poco cautelosas e incluso amenazadas ante la maestra que no dejaba de sonreír. Nos pegamos a la pared para formar una perfecta línea.
—Bien, mis jóvenes muchachos, bienvenidos a su clase de flamenco. —La profesora se movía de extremo a extremo sin dejar de contonear sus caderas en forma de ocho—. Mi nombre es Fernanda Alonso, mi país natal es España, nací en Galicia, así que se reserven todos los chistes sobre gallegos. —Los chicos sonrieron un poco, parecía que lo decía muy en serio—. Muy bien, chicas, cambien sus zapatillas de jazz por los zapatos que están en aquel armario, los chicos el día de hoy solo observarán.
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