Meyling Soza - Danzando con el diablo

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Danzando con el diablo: краткое содержание, описание и аннотация

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¿Cuántas veces has escuchado la frase «todo pasa por algo»? Luciana Stevenson creció creyendo en esa frase, con una poderosa fe que la convencía de que cualquier situación, buena o mala, tenía un objetivo, bien sea como recompensa o como lección. A sus dieciocho años Luciana tiene todo y quizás un poco más: talento, una familia pequeña pero amorosa y un futuro prometedor en el mundo de la danza. Aunque no lo admite se siente plena y feliz. ¿Podrá salir adelante después de que un accidente destruya las bases de esa plenitud? ¿Tendrá la fe para seguir creyendo que todo pasa por algo? ¿Estará preparada para dar el mayor espectáculo de su vida? Desde niña le dijeron que el diablo era un ser tétrico con cuernos, pezuñas y piel rojiza; pero ella ha descubierto que tiene ojos negros, piel canela y lleva traje y corbata. «Todo pasa por algo», decía mi madre… y aún no entiendo porque tuvo que pasarme a mí.

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Avanzamos hacia el armario, los zapatos negros de tacón cuadrado estaban ordenados por tallas.

Mis compañeras parecían no muy convencidas de utilizarlos y algunas ya hacían comentarios sobre la profesora, tomé un par de la talla siete y Erín uno dos tallas más grande.

—Saqué los pies de mi padre. —Lucía algo resignada y graciosa al decirlo.

Formamos un círculo en el centro del salón, la profesora giraba en torno a nosotras y luego se puso en medio. Desde cualquier ángulo, todas éramos capaces de apreciar los movimientos que ella hiciera. La música empezó a sonar, el sonido de las castañas acompañado de un instrumento de percusión era abrumador y enigmático. La maestra empezó a moverse en su posición, primero sus caderas y luego sus brazos que se movían con delicadeza como una tela de seda al viento, el tacón resonó en el piso de madera y la falda parecía más amplia cada vez que la estiraba y movía con fuerza.

Algunas de las chicas lucían maravilladas como yo, otras un poco aburridas o quizá no se impresionaban con facilidad. Después de unos minutos, la música concluyó y con ella el baile de la profesora. El resto de la hora fue muy monótona pero cansada, y comprendió en hacer sonar nuestro tacón y la punta del zapato.

—Talón, punta, talón, punta— repetía la maestra al girar aún dentro del círculo.

A pesar de ser un sencillo ejercicio, algunas se confundían mucho y otras sudaban más, coordinar el talón y la punta no era tan fácil como parecía y rápidamente las piernas se cansaban.

Cuando por fin terminó la hora, todas nos encontrábamos cansadas, pero ya teníamos de memoria el paso básico de talón-punta. Cuando me quité el zapato, empecé a caminar de esa misma manera y a decir verdad era muy cómodo.

La profesora conversaba animada con Erín que pronto empezó a bailar muy tal cual ella lo había hecho, movía con celeridad sus pies y el tacón resonaba con armonía en el piso, parecía que el mismo sonido creaba una melodía. Algunos chicos se detuvieron a verla.

Tenía ese rostro solemne de la primera vez que la vi bailar hasta que una de las notas no combinaba con el resto de la melodía y ella misma se echó a reír a carcajadas, solo ella podía reírse de sus errores.

La profesora le dio unas palmaditas en la espalda y luego salió del salón sin dejar de contonear sus caderas, los chicos parecían tomarles fotos mentales al curvilíneo cuerpo que pasaba frente a ellos. Me ruboricé por pensar en qué usarían esos recuerdos.

Cuando Erín se me acercó, recordé que en realidad ella estaba en segundo año. No entendía por qué llevaba clases de primero y lucía muy cómoda en ellas y a los profesores parecía no importarle su presencia, incluso algunos lucían felices.

—¿Por qué aún recibes clases de primer año? ¿A qué hora son tus clases? Las que te corresponden.

Me miró con cierta duda y luego sonrió.

—Mis clases son los miércoles y viernes en la noche, sábados y domingos de ocho a doce. No tengo nada más por hacer los otros días, por lo que hablé con los profesores y todos me autorizaron asistir a sus clases, me sirven de refuerzo y mejoro mis técnicas. Me sorprende que hasta ahora me hayas hecho esa pregunta.

Tenía suficiente lógica su argumento, así que solo sonreí.

—Es que te has comportado como una alumna más en estas clases, sigues las instrucciones, no alardeas de lo que ya sabes… Es seguro que muchos ni saben que eres de segundo.

—Mejor, ¿no lo crees? Tal vez tenga oportunidad con alguno de los chicos, son muy lindos.

Reímos ante su comentario, recordé que muchos de ellos la habían visto con cierta admiración, obviamente no eran indiferentes a la bailarina color canela.

PRUEBA

Los días pasaron con gran velocidad, entre clases, pequeñas salidas y arduos talleres de danza, estaba cerca de cumplir seis meses en la universidad.

Cada día mí amistad con Erín crecía y Susana retomó su curso, sorprendió a todos, incluyéndome, con sus técnicas y confianza a la hora de bailar, en todo nuestro día solo coincidíamos en una clase.

Después de que Erín me contara lo que habían dicho los profesores de mí, pareció que la presión en mi técnica y movimientos incrementó. Muchas veces me hacían bailar en el centro del salón. Por desgracia, los nervios y mi timidez me vencían y segundos después me equivocaba.

Las chicas decían que debía trabajar más en mi seguridad que en mi técnica, ya que en esa parte me lucía, pero mi inseguridad me mataba.

Durante los seis meses, tuvimos tres talleres de danza moderna y música tropical, una de mis debilidades, los ritmos rápidos y muy sensuales definitivamente no eran los míos, pero la señorita Griffin los supervisaba, así que era exigido asistir.

En agosto, mis padres me dijeron que saldrían de viaje, estarían dos semanas en París y luego irían a Australia, luego terminarían en Hawái que fue donde tuvieron su primera luna de miel.

Erín y Susana fueron conmigo al aeropuerto a despedirlos, no pude contener mis lágrimas y lloré un par de minutos abrazada a mi madre. Lina llegó diez minutos antes que ellos se fueran, aunque no logró congeniar en el momento con mis compañeras, era consciente que lo intentó.

Mientras el avión despegaba, las tres me abrazaron a su manera, aunque luego un apuesto joven abrazó a Lina quien me miró de forma un tanto avergonzada, algo graciosísimo de ver, mi amiga antirromance se había enamorado.

* * *

El pequeño roce del bastón en mis piernas me hizo cambiar de posición, podía sentir la tela de mi vestimenta pegada a mi piel. Hoy la señorita Miller exigía muchísimo a nuestros músculos. Faltaban cuatro meses para la gran obra de Navidad que la universidad celebraba en el majestuoso Teatro de Artes. Durante muchísimos años soñé con bailar en esas tablas y parecía que mi sueño estaba muy cerca de cumplirse.

—Luciana, concéntrese. —La voz de la profesora era suave, pero de mando.

Volví mi vista al frente y cambié a la posición que ya tenían mis compañeros. El ambiente estaba inundado por las notas del piano, pasaban de agudas a graves y viceversa, me encantaba el sonido de este para bailar.

—¡Luciana! —El leve aumento en el tono de la profesora fue atemorizante.

Todos soltaron sus manos de la barra y me miraron como si fuera algún animal de zoológico o quizás esperaban que me desmayara.

—Por favor, colóquese en el centro del salón, necesito que me muestre cómo se debe desarrollar la pieza que Paul tocará.

La orden era clara, ir allá y hacer el ridículo.

Con mis piernas y manos trémulas, avancé hacia al centro del lugar, me retiré el suéter blanco y me quedé solo con el leotardo y las medias. Todos los ojos estaban sobre mí y para mi desgracia, Erín estaba enferma y no había asistido a clases. Me sentí sola.

Observé cómo la profesora ocupó su lugar en el sofá rojo de cuero, algunos chicos se sentaron para apreciar mejor el espectáculo. En el centro del salón pude percibir cómo las paredes se expandieron, el lugar se convirtió en un enorme espacio. Mi corazón bajó hasta mí estómago y sentía que no podía respirar. Paul rozó sus dedos en las teclas de marfil y una nota aguda tocó hasta el techo, cerré mis ojos concentrándome en la balada, era una melodía triste, había confusión, miseria, desesperación en ella.

Mi cuerpo pronto asimiló las emociones de la pieza y se movió con ella, casi podía acariciar en cada nota la tristeza del artista, parecía que sufría por amor, yo lo entendía, yo también sufrí, pero no por amor, sino por una persona que no podía amar. Las notas graves se movieron en el ambiente, atravesaron mis poros. Mis manos en el aire querían borrar la angustia de la pieza, mi pierna subió al cielo y rozó con delicadeza una nota. La tristeza aumentó: tomó una decisión, no volver amar y yo lo acompañé, necesitaba refugio y mis brazos lo entendieron, moría y mi cuerpo lo sintió, lentamente su ritmo disminuía hasta desaparecer con una última nota aguda y agónica, como el eco de un grito de dolor. El silencio fue débil. Separé los párpados con parsimonia y me encontré en el mismo punto de inicio, pero todo mi cuerpo sudaba y estaba cansado.

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