La historia personal favorecerá u obstaculizará el encuentro con otro. Los rasgos de personalidad influenciarán en una mayor o menor apertura y entrega. La búsqueda personal específica, esto es, lo que uno necesita hallar en el otro, posibilitará u obstaculizará esa necesidad.
Desde la teoría de la comunicación, sabemos que existen un emisor y un receptor, así como, en referencia al mensaje, que éste no siempre suele llegar del mismo modo, intensidad e intencionalidad, como fue deseado y transmitido.
Podría decirse que entre emisor y receptor habría una suerte de “filtro” que a veces posibilita la fidelidad del mensaje, que llega a recibirse tal como se lo ha deseado transmitir, y otras muchas lo distorsiona, lo trastoca o lo impide sobremanera.
Dentro de la teoría proyectivista, Leopold Bellak (1996) planteaba que más que hablar de “percepción” deberíamos hablar de un concepto más específico que él ha denominado “apercepción”. Este término proviene del latín y refiere a ad-percipere; indica un proceso mediante el cual “la nueva experiencia es asimilada y transformada por el residuo de la experiencia pasada de cualquier individuo, para formar un todo nuevo”.
En otras palabras, aquí se plantea que nuestra percepción de la realidad está siendo influenciada por experiencias y que, de acuerdo con esas primeras experiencias en nuestra historia de vida, uno selecciona, recorta y dirige sus percepciones. Esto daría cuenta de, por ejemplo, por qué dos personas que ven determinado film pueden llegar a ver dos películas diferentes o, al menos, seguramente sienten cosas diferentes.
¿Por qué incluir aquí este concepto? Pues porque esta “distorsión” de la realidad que cada uno percibe es promotora de un sinfín de diferencias y obstáculos en materia de la consolidación de los vínculos interpersonales.
Cada uno suele tener diferencias perceptivas de una misma realidad compartida. Las grandes discusiones muchas veces suelen arrancar por diferencias de sensaciones o lecturas de una misma realidad compartida, comúnmente errónea y subjetiva.
En verdad la realidad es una, sólo que los sentimientos y los pensamientos difieren en cada sujeto en particular, “distorsionando” esa particular realidad percibida.
Uno puede haberse sentido ofendido por el modo en el cual el otro ha solicitado una tarea o ha expresado determinada idea. La manera como uno la ha sentido es definitivamente indiscutible. Lo que sí puede llegar a replantearse es el concepto mismo, la tarea a realizar, la idea expresada, etc., pero de ningún modo lo que cada uno ha percibido y sentido de y ante esa determinada situación.
Entonces, además de los conceptos de empatía y de los objetivos que reúnen a dos o más personas, ahora podemos sumar la existencia de una particular “barrera” –por así decirlo–; barrera que está estrechamente vinculada con el concepto de “apercepción” de esa realidad concomitante.
3. El individuo y sus contextos
El individuo está inserto y es afectado por diversos contextos, algunos que lo trascienden como sujeto, otros que lo van constituyendo como sujeto, y al mismo tiempo son conformados por su propio recorrido de vida.
La influencia de esos contextos hace a que cada sujeto vaya adoptando y ubicándose en una particular manera, tanto para sí mismo como para con su medio. La escala de valores que irá construyendo, consolidando y ordenando será influenciada por ellos.
Los valores, en definitiva, lo conducirán a una determinada manera de posicionarse ante los otros y ante su propia vida.
Para graficarlo de una manera esquemática, podríamos decir que, de acuerdo con el marco sociocultural en que se encuentre inmerso, su particular posición ideológica, su marco familiar y el cúmulo de experiencias y crisis vitales que vayan siendo atravesadas, cada individuo tendrá su particular construcción con sus prevalencias, rechazos y modos conductuales adquiridos.
Evidentemente no tendrán los mismos procedimientos y construcciones psíquicas un niño que ha nacido en un medio sociocultural que lo ha estimulado al estudio y lo ha habilitado a la exploración de la naturaleza viva, de aquel otro que a muy temprana edad ha ido acompañando a sus padres en la recolección de cartones, o que en su temprana infancia ha tenido que salir a pedir monedas o a vender algún producto en los medios de transporte público.
De igual manera, lo ideológico y lo religioso se pondrán en juego a la hora de favorecer u obstaculizar e inhibir diferentes elecciones conductuales acerca de su fortalecimiento como persona.
En este apartado haremos hincapié en una de las variables antes mencionadas: la que se refiere a la incidencia del marco familiar.
Veremos cómo el marco familiar incide e influye sobremanera en la consolidación de la estructura de su personalidad así como en su modalidad conductual e interaccional para con los otros.
Desde el contexto familiar. La familia como unidad o sistema conforma un campo privilegiado de observación e investigación para estudiar, comprender y analizar la interacción humana para con su entorno.
Allí se entretejen los lazos afectivos primarios, los modos de expresar emociones y afectos, el aprendizaje del lenguaje, la reconstrucción de los eslabones históricos que enmarcan un sentimiento de pertenencia y continuidad, entre otros tantos factores intervinientes. La familia constituye los cimientos del sujeto humano.
Cada uno lleva consigo un modelo de familia internalizado que trasciende muchas veces a la propia generación (Laing, 1971).
Al adentrarnos en la conceptualización del contexto familiar, visualizamos la amplitud que posee y la influencia que sostiene en materia de la elección de vida.
En verdad, requeriría un mayor y extenso análisis sobre las variables que son puestas en juego en la consolidación de una familia, así como los diferentes modos que, con el correr de estas décadas, se fueron sucediendo (separaciones, madres solteras, ausencia de un progenitor, familias ensambladas, etcétera).
El modelo familiar es, en sí mismo, un modelo afectado por las variables contextuales.
Cada familia responderá a una determinada dinámica que estará siendo influenciada tanto por las pautas socioculturales y económicas, como por la propia experiencia de vida. A partir de ese modelo, cada familia elabora su particular modo de funcionamiento y de distribución de roles de acuerdo con sus necesidades, lo que heredaron como modelo parental, la escala de valores y creencias, y con sus propias prioridades.
Tal conformación responderá a modelos conductuales adquiridos que, a modo de repetición, serán puestos en escena en su reproducción de vínculos interpersonales. Como bien señala Silvia Baeza (2000):
Representamos papeles en un drama que nunca hemos visto ni leído, cuyo argumento no conocemos, cuya existencia podemos entrever, pero del que el comienzo y el fin están más allá de nuestras posibilidades actuales de imaginación y concepción.
Dentro de cada marco familiar existe lo que se denomina un “mito familiar”. Ello refiere, como señala Gregory Bateson (1980), a una serie de creencias sistematizadas y compartidas respecto de sus roles y vínculos, los cuales se actúan sin discusión alguna.
Para responder a las situaciones nuevas y desconocidas, la familia requiere de la capacidad de una adaptación activa, el tener reconocimiento de las necesidades propias y del otro, generar condiciones nuevas y modificar la realidad inmediata.
Cuando no se cuenta con estos recursos, por lo general suelen aparecer las crisis familiares que se corresponden frecuentemente con la incapacidad del sistema de integrar el cambio y tener reglas muy rígidas. Como toda crisis, puede promover desestructuraciones así como oportunidades para alcanza un cambio. Ahora bien, para alcanzar una óptica más clara sobre la implicancia de la dinámica familiar, algunas de las preguntas posibles a formular pueden ser las siguientes:
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