¿Cómo se visualizaría todo esto en el ámbito escolar?
El docente transmite a sus alumnos un determinado concepto. La directora coordina una reunión con el plantel docente y señala una serie de aspectos a cumplimentarse. Una maestra se pone a conversar con otra, señalando determinada percepción sobre la conducta y la aplicación de un alumno. La secretaria vuelve a reiterar a la docente la urgencia de completar los registros de sus alumnos.
Ahora bien, ¿cómo uno puede asegurar que dichos mensajes hayan llegado bajo el modo y la intencionalidad propuestos por cada uno de ellos?
Habría aquí algunos primeros interrogantes: ¿cómo es transmitido?, ¿qué es transmitido?, ¿cuándo es transmitido?
La modalidad en la cual se transmite, el tiempo y el espacio en el que ocurre, el contenido y el grado de reiteración que posea el mensaje, sumado a los aspectos referidos a la estructura de la personalidad del propio individuo y su experiencia de recorrido de vida, influyen todos ellos en materia de éxito o fracaso para que la comunicación llegue a ser efectiva.
Se podría hablar de tres estilos de comunicación:
1) Asertividad. Personas abiertas a las opiniones ajenas, a las que dan la misma importancia que a las propias. Parten del respeto hacia los demás y hacia uno mismo, aceptando que la postura de los otros no tiene por qué coincidir con la propia y evitando los conflictos sin por ello dejar de expresar lo que se quiere de forma directa, abierta y honesta.
2) Pasividad o no asertividad. Personas que evitan mostrar sus sentimientos o pensamientos por temor a ser rechazados, incomprendidos o a ofender a otras personas. Infravaloran sus propias opiniones y necesidades, y dan un valor superior a las de los demás.
3) Agresividad. Personas que sobrevaloran sus opiniones y sentimientos personales, obviando o incluso despreciando los de los demás.
De alguna manera, y de acuerdo con el estilo predominante, los canales de comunicación se verán favorecidos u obstaculizados, más allá de la temática en sí que esté en juego.
Una diferencia fundamental estará puesta en la pregunta acerca de si uno desea comunicar para que el otro reciba y comprenda, o simplemente resulta ser un mero hecho de “descarga y catarsis”. Mucha gente necesita hablar más allá de cuánto interés pueda ello generar en el otro.
Si uno observa detenidamente algunos “diálogos”, se podrá visualizar fácilmente cómo el comentario de uno dispara el del otro de manera inmediata, más allá de que el primero haya o no finalizado su exposición.
A simple modo de ejemplo, si un individuo comienza contando una dificultad que tuvo en un trámite bancario y el otro de manera inmediata le comenta haber pasado algo similar o hasta peor en una determinada ocasión, la resultante será que ninguno de los dos ha escuchado al otro, salvo para evocar sus propias experiencias.
Habría en el ser humano una suerte de necesidad de descarga inmediata por medio de la expresión de los propios pensamientos, sentimientos y experiencias, más allá de llegar a escuchar lo que el otro puede tener para decir.
Asimismo, los apresuramientos en responder, así como deducir lo que va a decir el otro, alejan la posibilidad de escucha y, por ende, de interacción legítima.
Otros temas que podríamos sumar aquí, además de la escucha ampliada, están referidos a llegar a tener la actitud y la predisposición de ser flexibles y no adoptar una conducta rígida o reticente, de evitar los preconceptos y prejuicios previos, así como poder tener presente y pensar qué es lo que el otro quiere verdaderamente comunicarnos.
En el ámbito escolar, los obstáculos que suelen generarse en el nivel comunicacional, y que evidentemente afectan directamente el adecuado establecimiento de un vínculo, son los siguientes:
• Entre la Dirección y un docente, por ejemplo, prejuzgando, no dando lugar a que puedan expresar su interés, priorizando intereses institucionales por sobre los personales, etcétera.
• Entre los mismos docentes, estereotipando o marcando franjas de separación entre los “antiguos” y los “nuevos”, realizando críticas de un tercero por los pasillos y siendo hipócritas ante la persona en cuestión, enredándose en aspectos netamente competitivos, fomentando la exclusión y la rivalidad, etcétera.
• Entre el docente y los alumnos, encasillando a determinados personajes dentro del aula, protegiendo a aquellos otros con quienes poseen mayor empatía, menospreciando saberes, efectuando preguntas “desubicadas” o intervenciones fuera de contexto, así como las cotidianas observaciones sobre el mal modo conductual que el alumno denota en la clase.
2.2. ¿Qué se pone en juego en el establecimiento de un vínculo?
Uno de los conceptos más trabajados y que, de alguna manera, resulta pivote en el establecimiento de un vínculo es el término “empatía”, que suele ser definido como una destreza básica de la comunicación interpersonal y de la inteligencia emocional, fundamental para comprender el mensaje del otro.
La esencia de la empatía es percibir lo que los otros sienten sin decirlo. Requiere saber interpretar las emociones ajenas, percibir las preocupaciones y los sentimientos ocultos del otro y responder a ellos.
En palabras simples, podríamos decir que la empatía es aquel sentimiento que facilitaría que dos o más personas puedan establecer un encuentro, sea mediante el diálogo o bien por algún otro medio de interacción.
Es el poder sentirse escuchado y contenido, así como percibir que existe interés y compenetración por ambas partes. En nuestro medio social también lo suelen definir y expresar con las palabras “tener onda” o “piel”.
Aun así, la empatía –a diferencia de las expresiones populares mencionadas– tendría un nivel más elevado que un mero sentimiento de “piel” u “onda”, pues se ponen en juego aspectos referidos a una construcción que se va llevando a cabo, y no solamente en un plano imaginario-fantasioso que se instaura entre dos personas.
Otro de los conceptos que se suman para que un vínculo interpersonal pueda llegar a establecerse es el referido a los “intereses” que ese vínculo promueve.
Podría enunciarse que mayormente debe existir algo que los una y los conduzca a querer interaccionar. Puede estar referido a objetivos precisos, situaciones particulares que se deben compartir, aspectos laborales, lazos afectivos, etcétera.
El ser humano necesita del establecimiento de vínculos interpersonales aunque no por ello siempre lo desea legítimamente. Como se mencionaba antes, es un ser social por naturaleza que requiere de la presencia y la mirada del otro. La evitación, el ensimismamiento y, en consecuencia, el aislamiento, conllevan a estados de desánimo y decaimiento que conducen indefectiblemente a la enfermedad.
Entonces, si este planteo lleva a enunciar que un vínculo interpersonal es trascendente, ¿por qué se suelen observar tantas situaciones de desencuentros, desilusiones y frustraciones, así como una gran variedad de obstáculos que se interponen entre las personas?
En primer lugar, cada uno va descubriendo al otro en el transcurso del tiempo y por medio de las experiencias que se van enlazando con él.
En segundo lugar, los objetivos que cada uno persigue pueden luego bifurcarse y hasta transformarse en antagonistas de aquella motivación originaria. Es decir, aquello que en su origen los unió, con el correr del tiempo puede llegar a conducirlos a búsquedas y expectativas diferentes, promoviendo alejamiento y desinterés.
Y en tercer lugar, tanto los rasgos de la estructura de la personalidad como las diversas “crisis vitales” que uno va atravesando en el decurso de su vida gestan cambios subjetivos, prevalencias y preferencias que seguramente pueden diferir del objetivo originario.
Читать дальше