—Estará de broma… —dije, pero Mellissa negó con la cabeza, así que me lo puse y dejé que me abrochara las cintas por debajo de la barbilla. Tras rebuscar brevemente en los cajones del tocador, encontró una pesada linterna con una funda de goma vulcanizada y la probó, aunque, a plena luz del día, era difícil saber si la vieja bombilla incandescente se encendía o no.
Cuando subí por la escalera, me llegó un ola de calor pegajoso. Esperé un momento y escuché el tamborileo, que sonaba cada vez más alto. No era ningún rugido amenazador ni tampoco pitaba de forma siniestra; sonaba tan uniforme como antes. Entonces, le pregunté a Mellissa a qué se debía.
—Son los zánganos. Tienen dos tareas, básicamente: tirarse a la reina y mantener la temperatura de la colmena. Si no hace movimiento muy bruscos, todo irá bien.
Me adentré en la cálida oscuridad. De vez en cuando, alguna abeja pasaba por delante del halo de luz de mi linterna, pero eso era todo. Alumbré el extremo más alejado del desván y distinguí la colmena por primera vez. Era inmensa; una masa de columnas acanaladas y crestas esculpidas que ocupaban la mitad del espacio. Era una maravilla de la naturaleza… y daba un miedo que te cagas, de manera que me quedé el tiempo suficiente para asegurarme de que no había ningún colono —o niño— emparedado y salí pitando de allí.
Mellissa se arrastró detrás de mí por la escalera de caracol con una mirada de petulancia y me siguió al exterior, más por asegurarse de que me marchaba que por educación. Cuando llegué al coche, advertí que la nube de abejas se había contraído y se había convertido en una masa sólida bajo una de las ramas principales. Para mi sorpresa, era una forma ovoide que parecía colgar del árbol a través de un hilo fino, como las colmenas de los dibujos animados que a menudo caen sobre la cabeza a sus personajes.
Le pregunté a Mellissa si se mantendría en el árbol
—Es la reina —dijo con un resoplido—. Se está pavoneando. Pero si sabe lo que le conviene, volverá.
—¿Sabe algo sobre las niñas desaparecidas? —pregunté.
Me pareció escuchar un ruido rítmico detrás de Mellissa, proveniente de la casa; un sonido grave, como el de unos golpes, que se intensificó y, después, se desvaneció en la distancia.
—No, a no ser que vinieran a comprar miel —comentó.
—¿No la cultivan para consumo propio? —pregunté.
La luz del sol vespertino se posó sobre el aterciopelado vello rubio de sus brazos y hombros.
—No diga tonterías —dijo—. ¿Qué haríamos con tanta miel?
***
No me marché de inmediato. Me recosté sobre el maletero del Asbo, donde daba algo de sombra, y tomé notas en mi cuaderno. Siempre es buena idea hacerlo nada más acabar un interrogatorio porque tus recuerdos están frescos y porque se sabe que los sospechosos asustados dan por hecho, pasado un rato, que la policía se ha ido y salen por la puerta principal con toda clase de pruebas incriminatorias. Entre ellas, partes de un cuerpo, como sucedió en un caso famoso. Antes de ponerme a ello, sin embargo, levanté la vista hacia los canales de West Mercia y encendí mi Airwave para escuchar las comunicaciones sobre la operación mientras terminaba.
Dado que muchos periodistas tienen acceso a una Airwave o conocen a alguien que lo tenga, en los casos verdaderamente importantes la jerga policial puede volverse algo densa. Nadie quiere ver sus bromas «poco apropiadas» en la primera página de un periódico los días que no hay noticias relevantes; ese tipo de cosas suelen acabar con tu carrera. La operación se volvía cada vez más crítica a medida que terminaba de tomar notas. La Asociación de Jefes de Policía no suele utilizar la Airwave, pero estaba claro que las solicitudes de asistencia ahora se realizaban a través del Centro de Coordinación de la Información de la Policía Nacional (PNICC), conocido comúnmente como «Pánico» (sobre todo si has llegado al punto de tener que acudir a él).
No era mi caso y, si seguía alejándome de mi jurisdicción, la gente empezaría a hablar en otra lengua, probablemente galés. Además, si la policía de West Mercia quería mi asistencia, habría que coordinarlo a través del PNICC, y ni siquiera tenía claro qué clase de ayuda les prestaría.
Pero no puedes desentenderte de algo así. Sobre todo si hay niños involucrados.
Llamé a Nightingale y le expliqué lo que quería hacer. Le pareció una «idea magistral» y se ofreció a hacer los arreglos necesarios.
A continuación, me monté en el coche, que estaba a punto de ebullición, y busqué en el navegador la comisaría de Leominster.
Durante un instante me pareció escuchar un grito de enfado que sobrevolaba las colinas hasta donde me encontraba, pero debía de ser algún animal del campo, alguna clase de pájaro.
«Sí, probablemente será un pájaro», me dije a mí mismo.
Las grandes ciudades se expanden desde sus límites hacia dentro. Los chalés independientes dan paso a los adosados, que después forman hileras y, más tarde, aumentan un par de pisos antes de que llegues al casco histórico o, lo que es más habitual, a lo que ha quedado de él tras los bombardeos aéreos y la planificación de la posguerra. En el campo, las poblaciones empiezan tan de repente que un segundo estás en plena naturaleza y, al siguiente, contemplas un conjunto de casas adosadas renovadas con un estilo modernista. Y entonces, antes de que tengas la oportunidad de descubrir si aquel edificio que has visto era realmente de la época Tudor con entramado de madera o una extravagancia tardovictoriana, estás saliendo por el otro extremo con un horrible supermercado de ladrillo rojo en tu espejo retrovisor.
Leominster, pronunciado «Lemster» en caso de que os lo hayáis preguntado, era un poco más interesante que eso. Y habría dedicado un rato a visitar su plaza principal si el navegador no me hubiera conducido directamente a la circunvalación cuyo trazado era igual al que aparecía en el cacharro. El pueblo quedó a mi espalda en cuanto crucé el puente sobre el ferrocarril y me desvié en una glorieta hacia el parque industrial de aspecto aletargado en el que se situaba la comisaría local.
Las comisarías a las afueras de los pueblos se construyen en los terrenos no urbanizados por la misma razón que los supermercados: por el espacio y el aparcamiento. La primera a la que me asignaron estaba en Charing Cross, en pleno centro de una de las unidades de mando operativo más ocupadas de Scotland Yard. En el garaje, como apenas cabían todos los vehículos policiales, furgonetas, camionetas y demás coches variados para compartir, cualquiera que estuviera por debajo del superintendente no tenía plaza de aparcamiento.
Pero la comisaría de Leominster contaba con dos aparcamientos, uno público y otro para la policía. Y, tal como me enteré después, también disponía de su propio helipuerto. El edificio en sí era una construcción de tres plantas y ladrillo rojo, con una curva exuberante en un extremo parecida a una proa, de manera que, desde un lado, la comisaría tenía el aspecto de un esquife de un cuento que había encallado a kilómetros de distancia del mar. El aparcamiento de las visitas estaba repleto de coches de gama media, furgonetas con antenas parabólicas y una multitud de personas caucásicas que paseaban sin rumbo fijo. Caí en la cuenta de que aquel era el famoso grupo de la prensa. Les eché una mirada y, después, me dirigí a la entrada del aparcamiento para agentes, al otro lado del edificio. En mi opinión, tenía una valla demasiado baja y cualquier maleante con la intención de cometer alguna travesura con unidades que eran propiedad de la policía podría haberla escalado con facilidad. Tanto si tenían helipuerto como si no, el lugar no me impresionaba.
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