Ben Aaronovitch - Verano venenoso

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La vida en el campo no es tan idílica como parece… El agente de policía y aprendiz de mago Peter Grant decide tomarse un descanso del trabajo en la ajetreada ciudad de Londres para ayudar en la investigación de la desaparición de dos niñas en Rushpool, un pueblecito cerca de Gales donde se siente como un pez fuera del agua. Aunque en un primer momento parece que no se trata de un caso relacionado con la magia, pronto Peter descubrirá que los campos y bosques idílicos de la campiña inglesa esconden una historia muy oscura y que los seres de los cuentos de hadas no solo habitan en los cuentos infantiles…"Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro." The Independent

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—Entonces será mejor que continúe mi camino —dije.

—No dudes en pasar a vernos cuando termines —añadió—. No suele venir mucha gente de visita hasta aquí arriba.

Sonreí, asentí y me marché. Había incluso un mirador cercado con barandillas en lo alto de la cúpula. Era la típica casa de un profesor excéntrico salido de un libro infantil de la época eduardiana… A C. S. Lewis le habría encantado.

Una marquesina de cobre, sobre lo que supuse que era la puerta principal, daba una buena sombra, y me encontraba a punto de llamar al decepcionante y corriente timbre eléctrico rematado con un hueco en blanco para poner el nombre, cuando oí un revoloteo. Miré hacia atrás a lo largo del sendero y lo vi: era una nube de abejas amarillas bajo las ramas de uno de los árboles que recorrían el camino. Su zumbido era insistente, pero me di cuenta de que se mantenían en un espacio muy concreto, como si lo marcaran.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó una voz a mis espaldas.

Me volví para ver que una mujer blanca, de unos treinta y pocos, había abierto la puerta; debía de haberme visto a través de la ventana. Era bajita, llevaba unas mallas cortas de ciclista negras y una camiseta sin mangas de licra a juego, en negro y amarillo. Su pelo era una pelusa teñida de amarillo, sus ojos oscuros, casi negros, y tenía una boca de piñón extraordinariamente pequeña. Sonrió y mostró unos dientes diminutos y blancos.

Me identifiqué y le enseñé la placa.

—Busco a Hugh Oswald —dije.

—No eres de la policía municipal —respondí—. Vienes de Londres.

Me impresionó. La mayoría de gente ni siquiera se fija en si la foto de tu placa coincide con tu cara, así que no hablamos de diferenciar los escudos.

—¿Y usted quién es? —pregunté.

—Soy su nieta —respondió, y se puso firme en el umbral de la puerta.

—¿Cómo se llama?

Si eres un delincuente profesional, un momento como este mientes con fluidez y das un nombre falso. Si solo eres amateur, titubeas antes de mentir o respondes que no tengo derecho a preguntarlo. Y si eres un ciudadano normal y corriente, entonces probablemente me darás tu nombre, a no ser que te sientas culpable, seas un insolente o extremadamente pijo. Vi que pensaba seriamente en decirme que me fuera a tomar por culo, pero, al final, se impuso el sentido común.

—Mellissa —respondió—. Mellissa Oswald.

—¿Está el señor Oswald en casa? —pregunté.

—Está descansando —contestó, y no hizo ningún movimiento para dejarme entrar.

—Me gustaría entrar a verlo.

—¿Tiene una orden?

—No me hace falta —respondí—. Su abuelo hizo un juramento.

Me miró asombrada y, después, una amplia sonrisa apareció en su boquita de piñón.

—Madre mía. Es uno de ellos, ¿verdad?

—¿Puedo pasar?

—Claro, claro —respondió—. No me jodas… La Locura.

Aún negaba con la cabeza mientras me conducía a un vestíbulo con suelo de piedra —que resultaba tenue y frío a pesar del sol de verano— y hacia una sala de estar medio ovalada que olía a popurrí y a polvo cálido. Entonces, regresamos al exterior por la puerta francesa de en medio de las tres que había.

La puerta daba a una serie de terraplenes ajardinados que descendían hacia terrenos boscosos. El jardín estaba tan descuidado que era un caos: no había ningún parterre decente. En su lugar, una mata de flores y arbustos en flor se desperdigaban por varias parcelas moradas y amarillas a lo largo de bancales.

Mellissa y yo descendimos un tramo de escaleras hacia una terraza inferior, donde había una mesa de jardín de hierro forjada, esmaltada en blanco, cubierta por una sombrilla andrajosa de color menta que daba sombra a unas sillas blancas a juego, una de las cuales estaba ocupada por un hombre delgado y cano. Estaba sentado con las manos cruzadas sobre el regazo y miraba más allá del jardín.

Al igual que cualquiera puede tocar el violín, todo el mundo puede hacer magia. Lo único que se necesita es paciencia, trabajo duro y alguien que te enseñe. La razón por la que la gente estos días no practica las formas y sapiencias, como las llama Nightingale, es porque quedan cada vez menos puñeteros profesores en el país. El motivo por el que necesitas un profesor, más allá de para que te ayude a identificar los vestigia —que es una cosa completamente distinta—, es porque, si no te enseñan bien, es bastante fácil que te provoques a ti mismo un derrame cerebral o un aneurisma mortal. El doctor Walid, nuestro criptopatólogo y jefe médico extraoficial, tiene un par de cerebros metidos en tarros de los que puede echar mano rápidamente para enseñarlos si alguien se muestra escéptico.

Así pues, como ocurre con el violín, es posible aprender magia con un método de prueba y error. Pero, a diferencia de los violinistas en potencia —que solo se arriesgan a enemistarse con sus vecinos—, los magos en ciernes tienden a morir antes de llegar muy lejos. Conocer tus límites no es algo a lo que aspirar cuando haces magia: es una estrategia de supervivencia.

Mientras Mellissa llamaba a su abuelo, caí en la cuenta de que aquel era el primer mago oficialmente autorizado que conocía, con la excepción de Nightingale.

—La policía ha venido a verte —le dijo Mellissa.

—¿La policía? —preguntó Hugh Oswald sin apartar la vista del paisaje—. ¿Para qué?

—Viene de Londres expresamente para verte. —Puso énfasis en la palabra «expresamente».

—¿De Londres? —dijo Hugh, que le dio la vuelta a la silla para mirarnos—. ¿De La Locura?

—Así es, señor —respondí.

Se puso en pie. Supuse que nunca había sido un hombre corpulento, pero la edad había hecho estragos en él, hasta el punto de que incluso su moderna camisa de cuadros y sus pantalones no ocultaban lo delgados que tenía los brazos y las piernas. Su rostro era alargado y estaba demacrado alrededor de la boca, y sus ojos, de un azul oscuro, estaban hundidos.

—Hugh Oswald. —Me tendió la mano.

—Agente Peter Grant.

Se la estreché. Aunque su apretón fue firme, la mano le temblaba. Cuando me senté, se dejó caer agradecido sobre su propia silla porque le faltaba el aire. Mellissa se quedó rondando por allí cerca, visiblemente preocupada.

—El estornino de Nightingale ha venido volando directamente de Londres —dijo.

—¿Estornino? —pregunté.

—¿Eres su nuevo aprendiz? —inquirió él—. El primero en… —Deslizó la mirada por el jardín como si buscara alguna pista—. Cuarenta, cincuenta años.

—Más de setenta años —repuse, y además era el primer aprendiz oficial desde la Segunda Guerra Mundial. Había habido otros aprendices extraoficiales desde entonces…, uno de los cuales había intentado matarme hacía no mucho tiempo.

—Bueno, pues entonces que Dios te ayude —contestó, y se volvió hacia su nieta—. Tomemos el té y alguno de esos… —se detuvo y frunció el ceño—, panecillos esponjosos, ya sabes a qué me refiero. —Se despidió de ella con la mano.

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