Ben Aaronovitch - Verano venenoso

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La vida en el campo no es tan idílica como parece… El agente de policía y aprendiz de mago Peter Grant decide tomarse un descanso del trabajo en la ajetreada ciudad de Londres para ayudar en la investigación de la desaparición de dos niñas en Rushpool, un pueblecito cerca de Gales donde se siente como un pez fuera del agua. Aunque en un primer momento parece que no se trata de un caso relacionado con la magia, pronto Peter descubrirá que los campos y bosques idílicos de la campiña inglesa esconden una historia muy oscura y que los seres de los cuentos de hadas no solo habitan en los cuentos infantiles…"Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro." The Independent

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—¿Qué querría yo de unas niñas? —pregunté.

—¿Cómo voy a saberlo? —dije—. A lo mejor quiere sacrificarlas en la próxima luna llena.

Mellissa inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Se está haciendo el gracioso? —preguntó.

«Cualquiera puede hacer magia —pensé—, pero no todo el mundo es un ser mágico». La magia, llamémosla así en aras de este argumento, ha acariciado a algunas personas hasta el punto de que ya no lo son por completo, incluso con arreglo a la legislación de los derechos humanos. Nightingale los llama seres feéricos, pero eso es un término general, como cuando los griegos utilizaban la palabra «bárbaro» o el Daily Mail emplea el vocablo «Europa». Yo, por mi parte, había encontrado al menos tres sistemas distintos de clasificación en la biblioteca de La Locura, todos con elaboradas etiquetas en latín y, supuse, con todo el rigor científico de la frenología. Hay que ser cuidadoso a la hora de aplicar conceptos como la especiación a los seres humanos, de lo contrario terminas con esterilizaciones obligatorias, 4campos de concentración a lo Bergen-Belsen y el Pasaje del Medio 5antes de darte cuenta.

—Para nada —respondí—. He dejado de hacerme el gracioso.

—Entonces, ¿por qué no registra nuestra casa y sale de dudas? —dijo.

—Ah, pues muchas gracias, eso haré —respondí para demostrar una vez más que un poco de sarcasmo nunca viene mal.

—¿Qué? —Mellissa dio un paso atrás y me miró fijamente—. Estaba de broma.

Pero yo no. La primera regla de un policía es que nunca tomas la palabra a nadie sobre ningún tema; siempre te aseguras de comprobar las cosas por ti mismo. Muchos niños desaparecidos estaban ocultos bajo las camas o en los cobertizos de jardín de propiedades en las que sus padres habían jurado que habían buscado; «¿Por qué están perdiendo el tiempo cuando deberían estar buscando por ahí fuera? Por el amor de Dios, ¡es increíble que traten como criminales a personas decentes! Las víctimas somos nosotros y no, no hay nada ahí dentro. Solo un congelador. No tiene sentido entrar a buscar nada. ¿Por qué iban a estar en el congelador? Oiga, no tiene derecho a… ¡Madre mía! ¡Cuánto lo siento! No pretendía hacerle daño, se resbaló y ¡entré en pánico!».

—Hay que ser meticuloso —expliqué.

—Estoy bastante segura de que ahora mismo está violando nuestros derechos —dijo.

—No —repuse con la absoluta certeza del hombre que se ha tomado la molestia de comprobar las leyes correspondientes antes de salir de casa—. Su abuelo hizo un juramento y firmó un contrato que permite el acceso a individuos acreditados, como yo, cuando sea necesario.

—Pensaba que ya estaba jubilado.

—Sí, pero eso no te exime de las obligaciones del contrato —dije. En realidad la cláusula decía: «hasta que la muerte te libere de este juramento». La Locura, retornando las buenas y antiguas prácticas policiales.

—¿Por qué no me enseña la propiedad? —pregunté. Así sabré que no estás machacando partes de un cuerpo en la astilladora.

Puede que Moomin House se pareciera a La Locura si hubiera estado ubicada en un edificio victoriano, pero, de hecho, era el monstruo arquitectónico más raro que había visto nunca: un edificio moderno con estilo clásico. Su arquitecto, el célebre Raymond Erith, no había invocado el espíritu de la Ilustración, sino que, más bien, le había robado los planos. Al parecer, lo había construido en 1968 como favor para Hugh Oswald —un amigo de la familia—, y era hermoso y triste al mismo tiempo.

Empezamos por las dos pequeñas alas de la casa, una de las cuales se había ampliado para albergar un dormitorio adicional y una cocina de buen tamaño. Puede que, como arquitecto, Erith fuera un clasicista progresista, pero compartía con sus contemporáneos el error de no comprender que necesitas abrir la puerta del horno sin tener que salir de la cocina para ello. En el dormitorio extra había una cama con una práctica estructura de latón acabada con un pasamanos, los suelos estaban cubiertos con una moqueta suave y gruesa, y todas las esquinas picudas de la vieja cómoda de roble y del armario estaban recubiertas con protectores redondeados de plástico. Olía a sábanas limpias, a popurrí y a gel desinfectante.

—Mi abuelo se trasladó a esta habitación hace un par de años —dijo Mellissa, y me mostró el baño nuevo que habían instalado al lado, con una bañera con un asiento, grifos adaptados y pasamanos. Resopló cuando volví a entrar en el dormitorio para echar un vistazo bajo la cama, pero su sentido del humor se esfumó cuando comprendió que iba a comprobar también los armarios de la escoba y de la leña.

Una escalera de caracol con escalones de madera sin revestir ascendía al primer piso y me condujo a lo que sin duda había sido el despacho de Hugh antes de que se trasladara a la planta inferior. Me esperaba varias estanterías de roble, pero, en su lugar, la mitad de la circunferencia de la habitación estaba cubierta de baldas de madera de pino montadas sobre soportes metálicos. Reconocí muchos de los libros porque los teníamos en la biblioteca no mágica de La Locura, entre ellos un ejemplar increíblemente sobado de Histoire Insolite et Secrète des Ponts de Paris , de Barbey d’Aurevilly. Había demasiados libros como para que cupieran en las estanterías, así que estaban esparcidos en pilas sobre la mesa plegable con alas que claramente había hecho las veces de escritorio, sobre el mullido sofá de cuero desgastado y sobre cualquier espacio que quedara libre en el suelo. Muchos de ellos parecían volúmenes de historia local, ficción moderna o guías sobre apicultura. No había ninguno que fuera sobre magia. De hecho, ninguno estaba en latín salvo las ediciones de tapa dura antiguas de Virgilio, Tácito y Plinio el Viejo. El de Tácito me sonaba; era la misma edición que Nightingale me había regalado.

No había nada que me llevara a pensar en las niñas desaparecidos, así que le pedí a Mellissa que me llevara arriba y me enseñara su dormitorio, que ocupaba toda la planta superior. Había un tocador victoriano, una cama de la tienda Hábitat y varios armarios y cómodas hechos con madera prensada y laminada. Estaba extraordinariamente desordenado: todos los cajones estaban abiertos y de cada uno de ellos colgaban, al menos, dos prendas. Solamente las braguitas tiradas en el suelo habrían hecho que mi madre se volviera loca, aunque se habría mostrado algo comprensiva con los zapatos amontonados a los pies de la cama.

—De haber sabido que vendría la policía, la habría recogido un poco —dijo Mellissa.

Aunque todas las ventanas estaban abiertas, hacía mucho calor y gotas de sudor me recorrían la espalda y la frente. Percibí también un olor empalagoso; no era horrible ni olía a podredumbre, pero era persistente. Vi que había una escalera incorporada a una pared y una trampilla justo encima. Mellissa vio que la miraba fijamente y sonrió.

—¿Quiere echar un vistazo al desván? —preguntó.

Estaba a punto de contestar que por supuesto cuando me percaté de que el grave sonido de tamborileo que inundaba el resto de la casa —apenas audible—, se oía más alto aquí y que, parecía que provenía de arriba.

Le dije que sí, que me gustaría inspeccionarlo si no tenía inconveniente y, entonces, me tendió un sombrero de ala ancha con un velo: una careta de apicultor.

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