Original la forma literaria que Bernardo utiliza; original y muy antigua; viene del mundo monacal y de la Edad Media. El libro está hecho de numerosos “espejos de…”. Con ellos se pretende que crezcamos en conocimiento de nosotros mismos y en virtud. Estos espejos miran hacia el cielo y nos reflejan lo divino que se encarna en lo humano y en todo se evoca una estupenda y desafiante meta: el llegar a juntar naturaleza y gracia. Un hilo conductor de la obra es el intento de traducir lo divino en lo humano y de presentar el ser humano como un espíritu encarnado.
¿Con quién ha estado en diálogo y en contacto Bernardo Olivera al escribir este libro? Por mi parte, cuando escribo me gusta mirar el rostro de los lectores. Creo que para responder a esta pregunta primero hay que atinar en la identificación del autor. Hay que dar con su perfil que en parte, él mismo nos describe en la conclusión. Bernardo es varón, argentino, latinoamericano, del cono sur, cristiano, monje, cisterciense, oxigenado por la milenaria cultura occidental que el percibe que está muy viva, anciano y “añejo” ya que ha pasado los 75 años, maestro en vida y teología espiritual, formador. Se advierte fácilmente que ha sufrido la influencia de varias historias y de varias geografías y de distintas culturas. No podría ser de otra manera ya que pasó un buen número de años al frente de la orden trapense en todo el mundo y eso le aportó una significativa globalidad a su pensar, a su sentir y a su decir. Es bueno destacar que en todo su planteamiento ha preferido “privilegiar el deseo, el afecto, la voluntad y el amor sobre la razón”. Estamos ante alguien que “ha clarificado el sentido de su vida y puede clarificar el de las demás a partir de su propia experiencia”. Estas cualidades están implícitas y a veces explícitas y el lector las va encontrar al recorrer la lectura de los trece capítulos del libro.
Pasemos a la pregunta inicial. ¿Para quién escribe? Los interlocutores del autor han sido varios. En primer lugar, los creyentes. Sin ser tal hay varias páginas de este libro que pueden resultar lejanas y entre ellas el primer capítulo ya que se parte con la antropología que se aprende al contemplar y vivir el misterio de la Trinidad. En segundo lugar, los monjes. Son evocados con frecuencia en el texto y tanto los de antes como los de ahora. Los varones y las mujeres. No dudo de que ha habido alguna mujer que le ha estado susurrando a Bernardo intuiciones y reflexiones que no es fácil que salgan de la pluma de un varón y de un monje. Está muy bien integrada en el libro la visión femenina de la vida. Hay afirmaciones fuertes en esta línea: “La mujer, en efecto existe y se evidencia más hondamente conectada y comunicada que el varón. Si ellas son más conjuntivas, nosotros somos más disyuntivos… Podemos afirmar que lo femenino es símbolo de todo lo humano”. Los interesados por la antropología; en estas páginas aprendemos mucho y nos trae grandes novedades. Es una maravilla cómo esta antropología relacional se abre hacia la transcendencia y qué bien y qué consistentemente se encuentran interrelacionadas la fe y la cultura, la razón y la afectividad y la voluntad, el espíritu y el alma y el cuerpo.
Uno querría ver este libro en manos de jóvenes, y sobre todo, de jóvenes religiosos. En él encontrarán un pensamiento sano; una bien motivada revalorización del cuerpo. No falta lo nuevo y unas acertadas referencias nada más y nada menos que a la neurociencia. Tampoco falta la alusión al “misterio” que es el ser humano y que pone una cierta magia en nuestra realidad. En él se analiza el gran aporte de la inteligencia afectiva, emocional. ¡Qué bien se nos acerca al tema de la esperanza y qué fuerte es la explicación del signo gráfico que la expresa en lengua china o japonesa! Muy completo el análisis relativamente largo que se hace de la sexualidad humana; larga y atinada la lista de afirmaciones ambiguas en relación con ella que se nos ofrece en el libro. Muy acertado su análisis del pudor y muy profundo el del celibato. Maravillosa la presentación que hace el autor de las convicciones personales que como monje tiene para optar por el celibato y que el sintetiza en el capítulo nueve. La lectura de estos párrafos puede enriquecer mucho la motivación de quienes van a hacer o han hecho la opción de amar célibemente. No puedo dejar de señalar lo atinado y original, al menos para mí, de sus análisis de la modernidad y de la postmodernidad que hace en el capítulo once. ¡Qué bien da los saltos hacia lo trascendente!
Vayamos a algo más secundario. Es un libro que se lee fácilmente. No hay repeticiones. El lenguaje y la expresión son muy precisos y claros. Determinados análisis, incluso lingüísticos y etimológicos, son originales. No tiene bibliografía y muy escasas citas. No hay duda de que es un libro denso, lleno de experiencia de vida, de sabiduría y de profecía. Ha nacido en la paz y soledad de un monasterio, el de Nuestra Señora de los Ángeles, (Azul, provincia de Buenos Aires) y de mucho diálogo previo. Nos sitúa en un presente que tiene futuro ya que está centrado en el amor. Más de uno, lo tomará como el libro de la etapa final de Bernardo. Yo confío en que este valioso subsidio para ser todavía más profunda y atinadamente humano tenga continuidad. Basta con que Bernardo se anime a comentar alguna de las muchas listas de sentencias que en él se nos ofrecen. De eso estamos necesitados. Lo esperamos.
José María Arnaiz, SM
Santiago de Chile, junio 2020
Introducción
Un hombre de ciudad viajaba por el interior del país. Cierto día, se entretuvo charlando con un paisano de “tierra adentro”. Intercambios sencillos sobre el clima y la naturaleza fueron llevándolos hacia la ciencia, –la del ciudadano, claro está– hasta que en un momento, el enculturado en la gran urbe, sentenció inquisidoramente: “¿pero usted no sabe todavía que el hombre desciende del mono?” El hombre de campo, con aplomo, respondió: “no me van a quedar dudas el día que me lo diga un mono”.
Cada uno de nosotros respondemos, de alguna manera, a la pregunta “¿quién soy?”, “¿qué es el hombre?”. Todos tenemos una antropología implícita o medianamente consciente y poco importa si está algo o muy conceptualizada. Sea como sea, esta “antropología” siempre ejercerá una influencia en nuestras vidas pues reaccionamos según lo que creemos que somos.
¡Tan cierto es lo recién afirmado, que todo lo que sigue a continuación en vez de subtitularse “Antropología del amor”, podría muy bien llamarse: “Mi antropología del amor”!
Revolución antropológica
El Mundo occidental fue escenario, en los últimos quinientos años, de cuatro o cinco “revoluciones” fundamentales que provocaron profundos cambios en la sociedad y en la cultura: la Reforma protestante, la Revolución francesa, la Revolución soviética y la Revolución cultural de los años ’60 con su epicentro en el ’68 francés. Este último hecho fue y sigue siendo el más radical pues conmovió no solo a la sociedad y a la cultura sino también a la persona humana en su totalidad: espíritu, alma y cuerpo.
Podemos completar el cuadro agregando estos otros datos: el boom económico occidental –iniciado con la revolución industrial y que parece ya tocar fondo–, la secularización de las conductas éticas y religiosas que terminan modificando las creencias, la ideología feminista radical, la divulgación barata del psicoanálisis, algunas formas de hacer teología que se asemejan más bien al quehacer sociológico o de otras ciencias y los nuevos medios de comunicación virtual en tiempo real.
Por estos motivos, podemos afirmar que se ha alterado hondamente la verdad integral sobre la persona humana, la concepción que los seres humanos tienen sobre sí mismos. Y proliferan, en consecuencia, concepciones antropológicas de todo tipo y género. Desde las más sublimes (el ser humano es un ser trascendente y místico) hasta las más aterrizadas (el ser humano es sexo placentero y fecundidad manipulada).
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