Rodrigo Henríquez Vásquez - En Estado sólido

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La creación del Estado Social chileno tiene una paradoja. Fue creado por los militares (entre septiembre de 1924 y enero de 1925) y desmantelado por los militares 50 años después. Durante ese tiempo, el Estado chileno tuvo una transformación inédita y amplió su presencia a prácticamente todos los ámbitos de la sociedad. La creación de la seguridad social en 1925 y de la intervención estatal en la economí­a a partir de 1932 dieron cobertura y un incipiente poder de compra a numerosos sectores populares urbanos. Este libro contribuye a repensar la construcción del Estado en Chile desde la perspectiva de la Historia del Estado, que relaciona aspectos de la cultura polí­tica, las demandas sociales y la politización de los sectores populares urbanos en el contexto local y global de la primera mitad del siglo XX.

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A mediados de 1936, el Gobierno del Frente Popular pudo mostrar con éxito los acuerdos de Matignon, pero se vio acorralado por el desborde de las demandas populares. A pesar de que el PCF no formó parte del Gobierno de Blum –dándole una ventaja abierta frente a los socialistas y radicales– se preocupó de alertar sobre las consecuencias que producirían las huelgas en el Gobierno. Por ello, el discurso de los comunistas fue el de supeditar las huelgas al carácter táctico de la lucha contra el “fascismo” y no como un camino hacia la revolución social, por lo que había que poner un límite para no afectar al Gobierno frentepopulista y, al mismo tiempo, lograr los objetivos de mejoras sustantivas en las condiciones laborales de los trabajadores. No contaban con que los radicales, el socio más reacio a los comunistas, volvería a aliarse con la derecha en junio de 1937. De esta forma, el Gobierno del Frente Popular quedó aislado por la derecha y, luego de las primeras críticas a Blum ante la crisis económica interna y la grave situación del Frente Popular español en junio de 1936, por la izquierda. Esto alertó sobre la naturaleza que debía tener la alianza. 45

El comienzo de la Guerra Civil Española dejó mal parado al premier socialista francés, pues luego de su apoyo inicial a la causa republicana tuvo que retroceder y quedar a favor de la no intervención, debido a las presiones de los radicales y del Gobierno británico de no prestar ayuda al frentepopulismo español. En octubre de 1936, el ministro de Hacienda Vincent Auriol anunció la devaluación de franco, aumentando la oposición de centro y de derecha; en febrero de 1937, imposibilitado de continuar con el gasto público, Blum frenó las reformas sociales iniciadas meses atrás por lo que sumó el malestar de los comunistas y del ala izquierdista de su propio partido.

Los problemas internos en la coalición, especialmente con los radicales, a raíz del Frente Popular español y la Guerra Civil del mismo país, llevaron, junto con la actividad de fuerte oposición de las fuerzas capitalistas y de derechas, a que el Frente Popular entrara en crisis y con ello la dimisión Léon Blum en junio 1937. El conflicto interno de los partidos frentepopulistas franceses continuó hasta comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hundiendo la estructura de la Tercera República que, para el inicio del conflicto, podía darse por agotada. El derrumbe del Frente Popular francés dejó abruptamente de tener importancia para la prensa frentepopulista chilena y un marcado interés para la prensa liberal como El Mercurio . A partir de julio de 1936, el protagonismo se lo llevó el golpe de Estado llevado a cabo por Franco. Sin embargo, el Frente Popular español tuvo un seguimiento más detenido de la prensa chilena probablemente por la cercanía cultural e idiomática con España. Otro factor importante fue la presencia de una consolidada colonia española. Hacia 1930, la población hispana radicada en Chile era de unos 45.000 residentes repartidos sobre todo en las grandes ciudades de Santiago, Valparaíso y en las provincias del norte.

Las elecciones de enero de 1936, en las que debutó la versión española del Frente Popular, fueron seguidas con abiertas comparaciones al frentepopulismo chileno. El diario radical socialista La Opinión señaló en su Editorial:

“no hay nada que atraiga más simpatías ni que procure mejor ambiente de adhesión y solidaridad que el ser perseguido injustamente. […] en Chile estamos, tal vez, camino de desanudamientos semejantes, pese al ensoberbecimiento con que hoy las fuerzas reaccionarias imperantes desafían y vejan al único gran juez de la Democracia: el pueblo […] El mayor problema que deberá sortear Azaña será frenar las aspiraciones excesivas de las izquierdas asociadas y comunistas, amparándose en el compromiso de alianza con el acto electoral. El gobierno ha decidido intensificar una política social que permita ampliar el campo de los pequeños propietarios, como una panacea para combatir el extremismo”. 46

Desde aproximadamente 1933, el Partido Comunista Español levantó tímidas iniciativas frentepopulistas como el Frente Popular en Málaga o el apoyo de las Alianzas Obreras –luego del levantamiento de Asturias de octubre de 1934–. Estos acercamientos estuvieron dirigidos para reactivar los vínculos con el sector más radicalizado del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). 47A partir de 1934, los espacios casi obligados de convivencia se fueron haciendo más comunes, aún sin tener la claridad táctica (o conveniencia política) de sus homólogos franceses y, al igual que otros partidos comunistas, incluyendo al chileno, el PCE tuvo a comienzos de 1935 confusiones acerca del nombre de la nueva estrategia política. El VII Congreso del Comintern no había comenzado y la experiencia francesa no daba una referencia clara para nombrar la nueva estrategia: ¿Frente Único o Frente Popular para nombrar la unidad de acción? El historiador Santos Juliá señala que esta confusión tuvo una justificación al menos para el verano boreal de 1935:

“[…] la preferencia que durante este verano se muestra hacia la expresión ‘unidad de acción’ sobre la tradicional de ‘Frente Único’ para designar la nueva política, indica que incluso ha existido la preocupación de introducir cambios semánticos que no levanten viejas resonancias. Ciertamente, los comunistas no renunciarán a la expresión de Frente Único, ni siquiera cuando la unidad de acción haya dejado paso al Frente Popular”. 48

A pesar de esta aparente o real polisemia, el PCE actuó desde 1934 guiado casi exclusivamente por el PCF en materias políticas, traduciendo en muchos casos de manera literal las cartas que los comunistas franceses enviaban a los dirigentes de la SFIO, con la diferencia de que los socialistas españoles hacían caso omiso de los llamados a la unidad de acción de los comunistas. Los socialistas creían que el espacio natural de convergencia era la Alianza Obrera y no el Frente Popular. 49A pesar de que los socialistas españoles, al igual que en Chile y en Francia, eran más numerosos, temían organizar instancias en que estuvieran representados los diferentes partidos por la desconfianza de que los comunistas, menos numerosos, tendieran a utilizar esas instancias para su provecho, tal como hiciera la socialdemocracia alemana durante la República de Weimar que, a pesar de tener una clase obrera más preparada y especializada que los comunistas, no pudo con la propaganda del “socialfascismo” del KDP que terminó por hundirlos electoralmente. 50

A partir de 1930 el socialismo español pudo revitalizarse con su entrada en el primer gabinete de la II República en los ministerios de Hacienda, Trabajo y Justicia, transformándose en el partido más votado en las elecciones de 1931. A pesar de ser la fuerza parlamentaria, a fines de 1933 el sufragio socialista disminuyó frente a la derecha. Las divisiones entre las diferentes facciones socialistas aumentaron la crisis entre quienes optaban directamente por la revolución, como Largo Caballero, y quienes seguían defendiendo el modelo socialdemócrata, como Julián Besteiro. El encendido discurso de Largo Caballero tuvo eco entre los sectores más radicalizados de la izquierda no comunista en el pacto que dio vida a la Alianza Obrera en 1933, a la que sumaron el Bloc Obrer i Camperol de Joaquín Maurín, algunos sectores trotskistas, la catalanista Unión Socialista de Catalunya y otros grupos anarquistas escindidos de la CNT. Los comunistas, anclados en las consignas del “tercer período”, vieron en esas alianzas otro experimento “socialfascista” repitiendo la estrategia del Frente Único. 51

La entrada de la CEDA al Gobierno, en octubre de 1934, activó con mayor energía los contactos entre comunistas socialistas, a lo que se sumaría el partido de Izquierda Republicana liderado por Manuel Azaña. De hecho, las demandas de los radicales de Izquierda Republicana se presentaron como convergentes a las de socialistas y comunistas. Ellas incluían el restablecimiento de las garantías constitucionales, la libertad para los presos detenidos por los sucesos de octubre, la revisión de los expedientes de los funcionarios y obreros despedidos y el restablecimiento de los derechos sindicales eliminados luego de las revueltas ocurridas en octubre de 1934. Fue, como señala Juliá, una especie de pre-programa del Frente Popular, que luego se materializará a comienzos de 1936. 52

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