Silvia Álava - Queremos hijos felices

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Cuando las familias llegan a nuestro centro de psicología, nos dicen, con cierta resignación e ironía: " ¡Es que los niños no vienen con manual de instrucciones! No sabemos cómo actuar ante muchas situaciones, si lo hacemos bien o mal ", o " Lo hemos probado todo, pero nada funciona ". Con este libro buscamos mejorar la calidad de vida en el día a día de las familias, que sepan cómo enfocar y resolver los problemas de sus hijos, mediante un asesoramiento claro y concreto, fruto de nuestra experiencia profesional, y que tanto padres como hijos se sientan mejor y sean más felices. Por eso hemos ido recogiendo, en orden cronológico, las situaciones a las que se enfrentarán desde el nacimiento del niño o la niña hasta los seis años, haciendo especial hincapié en trasmitirles valores como la tolerancia, el perdón, el esfuerzo, la compasión, el agradecimiento, el trabajo diario y la constancia… Entonces serán más felices. Silvia Álava es una excepcional psicóloga y una de las mejores especialistas en psicología infantil. Cada año ve en su consulta a cientos de niños que presentan cuadros tan diferentes como problemas de conducta, dificultades de aprendizaje, trastornos por déficit de atención, hiperactividad, miedos, inseguridades, apatía, desmotivación, tiranía y manipulación hacia los adultos, trastorno límite de la personalidad… Se ha convertido en un referente, con un trabajo muy sólido que consigue desbloquear infinidad de casos que habían fracasado en tratamientos previos. M.a Jesús Álava Reyes. (De su prólogo)

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Si el niño está manifestando una clara llamada de atención, con amenazas por parte del adulto no se consigue nada y, además, se está reforzando su conducta. El niño percibe que con esa actitud obtiene la atención del adulto, que es lo que iba buscando. En estos casos, lo mejor es utilizar la extinción.

Consideramos refuerzo a cualquier consecuencia positiva y, será muy importante que no lo confundamos con el recurso a premios materiales; el mejor refuerzo para los niños puede salirnos muy barato: consiste en la atención de sus padres. Se trata de aprender a reforzarles cuando estén mostrando las conductas que queremos instaurar; es decir, estar con ellos y reforzar y premiar a los pequeños mientras se portan bien y no prestarles atención cuando están realizando las conductas disruptivas o las llamadas de atención que queremos que desaparezcan. Esto es lo que se conoce como extinción.

Cómo utilizar de forma correcta el refuerzo y la extinción es un aspecto que trabajaremos a lo largo del libro.

Lo mejor, para evitar que se nos escapen ese tipo de frases negativas, es utilizar la extinción. Además, será más efectivo demostrarle al niño que mientras se esté portando así, que mientras no deje de llorar, de chillar o de patalear, no le haremos caso. De esta forma, entenderá que así no va a conseguir la atención de los padres y estos no entrarán en su provocación.

Intentando razonar con el niño en el momento de la rabieta lo único que conseguiremos es que la situación vaya a más. El niño percibirá que suscita atención y las posibilidades de que los adultos pierdan los nervios y griten o digan frases desafortunadas aumentan exponencialmente.

A continuación, mencionamos las principales frases con connotaciones negativas que suelen escuchar los niños, sobre todo en situaciones como las anteriormente comentadas, en las que sus padres pierden la paciencia, y que hacen que luego se sientan especialmente culpables.

«Eres malo».

Consecuencias: No cometamos el error de «etiquetar» a los niños, como si el ser malo fuese algo inherente a ellos y que no se puede cambiar; de esa forma solo conseguiremos que el niño se habitúe al adjetivo y que lo viva como «Yo soy así, y por tanto no lo voy a cambiar».

Alternativa: «Te estás portando mal, porque no estás obedeciendo, estás gritando». Se trata de centrarnos en lo que el pequeño está haciendo mal, sin caer en generalizaciones ni etiquetas.

«Eres un vago».

Consecuencias: de nuevo estamos etiquetando al niño como si ser vago fuera algo que va con su persona y que no va a poder cambiar.

Alternativa: El niño funcionará mejor si le decimos «Hoy has hecho el vago porque no te esforzaste todo lo que podías o porque no hiciste los deberes, porque no estudiaste, pero estoy seguro de que mañana sí que lo harás». Se trata de hacerle ver al niño qué conducta puede cambiar e, incluso, le indicamos cómo hacerlo.

«Eres muy torpe, todo lo haces mal» / «Eres tonto».

Consecuencias: Con frases de este tipo es muy probable que minemos la autoestima del niño.

Alternativa: «Esta actividad en concreto no se te da bien; vamos a trabajar juntos para que mejores» y, sobre todo, haced hincapié en las cosas positivas del niño, en lo que sí que se le da bien o en aquello en que destaca.

«No me das más que disgustos. ¡Con lo bien que estaba yo sin hijos!».

Esta frase, que vista en frío parece una barbaridad, a algunos adultos se les llega a escapar cuando los niños pasan por épocas extremadamente problemáticas.

Consecuencias: Nunca se le puede decir algo así a un niño; con ello se le está culpando de muchos de los problemas que tiene el adulto de los que el niño no es responsable, y, además, de esta forma no se le trasmite ni cariño, ni afecto, ni amor.

Alternativa: «Hoy estoy muy disgustado contigo por esto que has hecho». De nuevo, enfatizamos en el problema que ha ocurrido, y recalcamos que es hoy en concreto cuando el padre está enfadado, pero nunca se debe entrar a poner en duda el amor hacia el hijo.

«Te vas a quedar solito».

Cuando los niños pegan a otros niños, o se pelean con ellos, esta es una frase habitual en los padres.

Consecuencias: Fomentamos el miedo en el niño.

Alternativa: Dependerá de la edad del crío, pero en cuanto sea un poco mayor (en torno a los cuatro años), podremos explicarle que con determinadas conductas, como pegar o pelearse, conseguirá que los otros niños no quieran jugar con él, pero no hay que exponérselo de forma tan rotunda y tajante.

«Ya no te quiero».

Consecuencias: De nuevo jugamos con el amor y con el cariño del niño, lo que puede hacer que se sienta solo e inseguro.

Alternativa: «Cuando te portas mal, nos ponemos tristes / no queremos estar contigo», pero nunca entraremos a cuestionar el amor hacia el hijo.

«No digas tonterías» / «No tengo tiempo para tus tonterías».

Consecuencias: Damos al niño un mensaje contradictorio: le decimos que no tenemos tiempo para sus tonterías, a la par que le estamos recriminando. Así, el niño se ve reforzado porque sí que está consiguiendo la atención de sus padres.

Alternativa: Cuando el niño hace el tonto se le deja de prestar atención y, además, se le explicita: «Cuando tú haces el tonto, yo no te hago caso».

«No pareces de esta familia».

Consecuencias: El niño puede sentirse rechazado.

Alternativa: «No me gusta que hagas esto». De nuevo, focalizando directamente la conducta que hay que extinguir, o aludiendo a las normas que tenemos en casa o en la familia.

«Cuando lleguemos a casa te vas a enterar» / «Cuando lo sepa tu padre o tu madre te vas a enterar».

Consecuencias: Con frases de este tipo, el niño puede percibir poca autoridad en la madre o en el padre, que tiene que recurrir a una segunda persona. Los niños necesitan que sus padres sean por sí mismos fuentes de autoridad para sentirse seguros.

Alternativa: Las consecuencias de la conducta tienen que ser inmediatas, y ya hemos señalado que lo que mejor funciona es la extinción –«Cuando te estás portando así yo no te hago caso»–, con las amenazas el niño sigue consiguiendo la atención del ­adulto.

«¡Aparta; estoy harta de que estés siempre pegado a mí!».

Hay niños a los que les cuesta mucho estar o jugar solos y piden continuamente que sus padres estén con ellos y les presten atención.

Consecuencias: El niño lo puede vivir como un rechazo, como una falta de cariño, lo que puede incrementar su inseguridad.

Alternativa: «Ahora mamá / papá está haciendo la comida (o lo que corresponda en ese momento) y hasta que termine tú tienes que jugar solito. Cuando mamá / papá termine te irá a buscar y haremos algo juntos».

«Como suspendas, te llevo a un internado».

Consecuencias: No podemos amenazar con nada que no vayamos a cumplir, ya que perderemos nuestra credibilidad. Si realmente no vamos a llevarle a un internado no debemos pronunciar esa frase.

Alternativa: Los niños funcionan mejor con los estímulos positivos: «Seguro que te va a salir bien el examen, lo vas a aprobar»…

«Menos mal que tu hermano se porta bien (o hace tal cosa bien), porque tú...».

Consecuencias: Entrar en comparaciones entre hermanos es complicado; no es bueno compararlos, cada niño es diferente y, sobre todo, debemos evitar las etiquetas de «hermano bueno» vs. «hermano malo».

Alternativa: Haremos caso al hermano que se esté portando bien, que es el que tiene que salir reforzado, es decir, el que tiene que tener una mayor atención, sin entrar en comparaciones, dado que mientras criticamos al que se porta mal, es este el que está acaparando la atención del adulto.

«Si sigues portándote mal, vendrá el hombre del saco (o el coco) y te llevará».

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