Los adultos deben permitirles que desarrollen sus propias estrategias, que resuelvan sus problemas y conflictos. Pero, a su vez, han de estar siempre presentes, en un segundo plano, para evaluar su forma de relacionarse con el mundo y encauzarles en todo momento para que sean tolerantes y respetuosos, para que sepan escuchar, compartir, aprender, observar y desarrollar el sentido común. Dada la importancia de este tema, también le hemos dedicado un capítulo completo[3].
El sentimiento de culpabilidad no ayuda en absoluto, nos quita fuerzas y energías para afrontar el día a día y nos hace cometer más errores, como no poder límites a los niños, no decirles que no cuando es necesario o caer en la sobreprotección.
3. EDUCAR EN EQUIPO Y EN LA MISMA LÍNEA
Cuando surge una situación en la que un progenitor da por hecho que resolver un problema o hacer algo determinado con el hijo es responsabilidad del otro y él o ella no ha asumido su parte, hay que efectuar un análisis para saber qué ha conducido a esa interpretación. Hay que pararse a observar qué es lo que hace cada uno de los adultos implicados.
Según nuestra experiencia, en la mayoría de los casos lo que se ha producido es un problema de comunicación. En las parejas se instaura una especie de norma que se basa en que «como siempre lo ha hecho él o ella» queda establecida como una especie de «ley universal», por la cual esa tarea en concreto la tiene que seguir haciendo el mismo progenitor durante el resto de su vida. Esto ocurre incluso con mayor frecuencia cuando las situaciones están relacionadas con los roles de la pareja; por ejemplo, la madre es la que elige y prepara la comida; es ella la que compra la ropa y decide qué se pondrán los hijos en cada una de las ocasiones; es la que lava y plancha la ropa…
Por ello, en pareja, y más aún cuando hay niños, es crucial cuidar la comunicación, buscar momentos para hablar, conversar… partir de la premisa de que no se debe dar nada por supuesto, y tener muy claro que la educación no se delega, que ambos progenitores son igual de responsables y que, por tanto, se trata de un trabajo en equipo, en el que el objetivo se establece en común.
La educación no se delega y ambos padres son responsables de la educación del niño. No se aceptarán excusas tales como «eso te tocaba a ti».
Una de las reglas de oro de la educación es que los padres intentarán seguir la misma línea y no mostrarán conductas y actitudes contradictorias, especialmente delante de los niños. En educación, el escenario de «poli bueno-poli malo» no funciona; los niños necesitan que ambos adultos vayan al unísono marcando las reglas y los límites y que los hijos les vean seguros, que sepan que no pueden manipular a los padres diciendo que «papá me deja o mamá me lo daría». En tal situación, cuando no se muestra ni firmeza ni confianza, que es lo que los niños necesitan, estos enseguida aprenden qué cosas deben pedir a su madre y cuales a su padre, porque así tienen más probabilidades de conseguir su capricho.
Para facilitar que ambos padres sigan la pauta educativa, lo mejor es que las normas y los límites sean muy claros y estén establecidos de antemano para que, así, ambos progenitores mantengan idéntica línea y no tiendan a contradecirse.
Otra pauta que ayuda es que cuando el padre o la madre inicia la «negociación» con el niño, sea este quien la acabe. De esa forma no habrá contradicción posible y, ante todo, hay que utilizar el sentido común, que en educación es fundamental aunque muchas veces sea el sentido más olvidado.
Seis consejos para repartir «con cabeza» las parcelas correspondientes a la educación de los hijos, complementándose y actuando a la vez como un equipo:
1. Lo primero que es necesario tener en cuenta es la idea de equipo –«Somos un equipo»–, y eso implica trabajar en equipo; es decir, aunque las tareas estén repartidas, eso no significa que siempre las tenga que hacer la misma persona.
2. La flexibilidad será fundamental para que el equipo funcione. Se trata de conseguir entre los dos el objetivo marcado, no tanto de ver quién lo ha hecho (de apuntarse un tanto individual). Por eso, si en una determinada situación uno de los dos no puede hacerse cargo de la tarea o está en peores condiciones para ello, el otro puede realizarla sin que suponga una pelea ni lo anote como un favor personal hacia su pareja.
3. Asignemos las tareas en función de los horarios. Por ejemplo, si el padre o la madre llega a casa del trabajo a las 20:30 h, lo más razonable será que el que esté en casa sea el que vaya bañando a los niños.
4. Las tareas también se pueden repartir en función de los gustos. No obstante, todo esto será negociable y es importante dejar establecido que en cualquier momento se pueden reasignar y volver a repartir.
5. No olvidemos que una parte fundamental será trabajar la autonomía del niño, por lo que hay que ir asignándole progresivamente una mayor responsabilidad en el seno del hogar. Por ejemplo, llevar el pañal a la basura cuando son pequeños; meter la ropa sucia en la lavadora o en el cesto según vayan creciendo; ayudar a poner la mesa, etc.
6. Los adultos no deben asumir las responsabilidades que les corresponden a los niños, como es el caso de los deberes. Una cosa es que los padres les ayuden y otra muy diferente es que se hagan los responsables de ellos.
4. OJO CON EL LENGUAJE CON EL QUE NOS DIRIGIMOS A LOS NIÑOS
Aunque todos sabemos que las palabras dañinas tienen un efecto negativo en los niños, y más si vienen pronunciadas por parte de sus padres, que son sus adultos de referencia y su principal fuente de seguridad, en algunas ocasiones se nos olvida y decimos a los niños cosas de las que luego nos arrepentimos. Los padres tienen que procurar aportar a sus hijos la mayor seguridad y autonomía posible, y con frases negativas se consigue justo todo lo contrario.
La autoestima y la seguridad del niño van muy relacionadas en un primer momento con las valoraciones que recibe del exterior.
Hasta que se desarrolla el lenguaje interior, la principal fuente de seguridad del niño son los mensajes de sus padres y demás adultos de su entorno.
Si los padres se dirigen a él con frases negativas, la seguridad y la autoestima del pequeño se pueden ver resentidas.
Hay que tener en cuenta que en ocasiones los niños se pueden poner muy pesados y agotar la paciencia de los padres, que pierden los nervios y les dicen cosas de las que luego se arrepienten. Esta es una de las razones por las que será más efectivo utilizar el lenguaje no verbal. En estos casos, intentar razonar con los niños no funciona; por mucho que intentemos hacerles reflexionar no lo conseguiremos. Por eso, ser muy contundentes con el gesto y con la mirada va a ser mucho más efectivo que entrar en la provocación del niño, los adultos pueden terminar diciendo cosas de las que luego seguro que se van a arrepentir, mientras que con una mirada reprobatoria a tiempo el niño entenderá perfectamente qué es lo que no tiene que hacer.
Utiliza el lenguaje no verbal. Una mirada a tiempo puede evitar muchos gritos.
Los estudios realizados por el investigador Albert Mehrabian[4] sobre la trasmisión de emociones concluyen que a la hora de trasmitir emociones, el lenguaje verbal (las palabras), solo influye un 7 %, mientras que el lenguaje corporal lo hace un 55 %, y el paraverbal, (el tono de voz, las pausas…), un 38 %.
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