Rodolfo Kusch - América profunda

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Leer América profunda es tomar contacto con el gran interrogante de nuestro destino. En las páginas que abren a la dimensión no pensada de lo americano, Kusch reconstruye la máxima tensión de ese contrastre como la oposición entre el hedor y la pulcritud dos formas arquetípicas que evocan el drama existencial de las clases medias urbanas y de sus intelectuales frente a la presión de lo popular. En nuestro continente dice Kusch «por un lado están los estratos profundos de América, con su raíz mesiánica y su ira divina a flor de piel, y por el otro los progresistas occidentalizados de una antigua experiencia del ser humano. Uno está comprometido con el hedor y lleva encima el miedo al exterminio, y el otro en cambio es triunfante y pulcro y apunta a un triunfo ilimitado, aunque imposible».
La lección de Kusch conjuga una incitación filosófica y un gesto vital. Su invitación a pensar América desde su propio entorno, lejos de constituir una presunción localista, significa una reivindicación del pensar mismo concebido como un acto genuino y universalizante.

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Para conseguir ese fin, me basé en algunos aportes realmente importantes –como los trabajos de José Imbelloni, José María Arguedas, Luis Valcárcel y algunos otros más– que me ayudaron a encontrar un sentido en el mundo precolombino y en el americano actual. Fue así como llegué a lo que el mismo Toynbee llama viracochaísmo . Desde este ángulo, y tomando en cuenta el concepto de estructura en el terreno de la filosofía de la cultura, me pareció encontrar las bases para una dialéctica americana. Al menos podía establecer de esta manera conceptos flexibles que facilitaban la posibilidad de fijar el sentido de América.

Pero no hay labor más eficaz, para dar solidez a esta búsqueda de lo americano, que la del viaje y la investigación en el mismo terreno. Desde un primer momento pensé que no se trataba de hurgarlo todo en el gabinete sino de recoger el material viviente en las andanzas por las tierras de América, y comer junto a su gente, participar de sus fiestas y sondear su pasado en los yacimientos arqueológicos, y también debía tomar en cuenta ese pensar natural que se recoge en las calles y en los barrios de la gran ciudad. Sólo así se gana firmeza en la difícil tarea de asegurar un fundamento para pensar lo americano.

La intuición que bosquejo aquí oscila entre dos extremos. Uno es el que llamo el ser , o ser alguien, y que descubro en la actividad burguesa de la Europa del siglo XVI y, el otro, el estar , o estar aquí, que considero como una modalidad profunda de la cultura precolombina y que trato de sonsacar a la crónica del indio Santa Cruz Pachacuti. Ambos son dos raíces profundas de nuestra mente mestiza –de la que participamos blancos y pardos– y que se da en la cultura, en la política, en la sociedad y en la psique de nuestro ámbito.

De la conjunción del ser y del estar durante el Descubrimiento surge la fagocitación que constituye el concepto resultante de aquellos dos y que explica ese proceso negativo de nuestra actividad como ciudadanos de países supuestamente civilizados. Como es natural, todo esto deriva finalmente en una sabiduría , como saber de vida, que alienta en el subsuelo social y en el inconsciente nuestro y que se opone a todo nuestro quehacer intelectual y político. El calificativo hediento , que esgrimo a veces, se refiere a un prejuicio propio de nuestras minorías y nuestra clase media, que suelen ver lo americano, tomado desde sus raíces, como lo nauseabundo, aunque diste mucho de ser así. Evidentemente, tuve la deliberada intención de mostrar el hondo sentido positivo que tiene ese presunto hedor.

Empleé en mi exposición un estilo intencionalmente a la vez literario y técnico, porque era ésta la única manera de explicar la intuición que dio origen a este trabajo. Se debe ello a la falta de antecedentes serios en este terreno del pensar americano. Apenas si nos pueden guiar un Canal Feijoo, un Martínez Estrada, un Carlos Astrada o un Félix Schwartzmann. Los otros entienden la seriedad por el lado de la copiosa bibliografía, la cual en un tema como éste no existe y, cuando la hay, suele conducir siempre por caminos ajenos a América.

No quiero terminar este exordio sin antes rendir homenaje al doctor Porras Barrenechea, quien me había brindado espontáneamente el honor de exponer este trabajo en la conferencia que pronuncié en la Universidad de San Marcos de Lima el 8 de noviembre de 1960. Asimismo, quiero agradecer al doctor Aranívar, al doctor Chávez Ballón, de Cuzco, a quien debo un abundante material arqueológico; al padre Hoggarth, de Sicuani, quien puso a mi disposición el material que él mismo recogiera; al doctor Quintanilla Paulet, de Arequipa, quien fue un ferviente partidario en esta actitud de razonar el material arqueológico –como lo dijera con motivo de la presentación de mi conferencia pronunciada en la Universidad de San Agustín de Arequipa el 15 de noviembre de 1960–; al doctor Porfirio Vázquez Fernández, con quien departimos largas horas sobre leyendas indígenas; a los doctores Jacobo Libermann y Josermo Murillo Vacareza, quienes gentilmente me informaran sobre Bolivia, y, finalmente, al gran amigo peruano, el magnífico ensayista Manuel Suárez Miraval.

INTRODUCCIÓN A AMÉRICA

Cuando se sube a la iglesia de Santa Ana del Cuzco –que está en lo alto de Carmenga, cerca de donde en otros tiempos había un adoratorio dedicado a Ticci Viracocha– se experimenta la fatiga de un largo peregrinaje. Es como si se remontaran varios siglos a lo largo de esa calle Melo, bordeada de antiguas chicherías. Ahí se suceden las calles malolientes con todo ese viejo compromiso con verdades desconocidas, que se pegotean a las caras duras y pardas con sus inveterados chancros y sus largos silencios, o se oye el lamento de algún indio, el grito de algún chiquillo andrajoso o ese constante mirar que nos acusa no sabemos de qué, mientras todos atisban, impasibles, la fugacidad de nuestro penoso andar hacia la cumbre.

Todo parece hacerse más tortuoso, porque no se trata sólo del cansancio físico, sino del temor por nuestras buenas cosas que hemos dejado atrás, allá, entre la buena gente de nuestra ciudad. Falta aire y espacio para arribar a la meta y es como si nos moviéramos en medio del magma de antiguas verdades. Más aún, se siente resbalar por la piel la mirada pesada de indios y mestizos con ese su afán de segregarnos, como defendiendo su impermeabilidad.

De pronto se ve rezar a un indio ante el puesto de una chola, por ver si consigue algún mendrugo, o un borracho que danza y vocifera su chicha o un niño que aúlla, poseso, ante nosotros, junto a un muro. Entonces comprendemos que todo eso es irremediablemente adverso y antagónico y que adentro traemos otra cosa –no sabemos si peor o mejor– que difícilmente ensamblará con aquélla.

Y aunque entremos en la iglesia de Santa Ana, como quien se refugia en ella, siempre nos queda la sensación de que afuera ha quedado lo otro, casi siempre tomando la forma de algún mendigo que nos vino persiguiendo por la calle. Ahí está parado y nos contempla desde abajo, con esa quietud de páramo y una sonrisa lejana con su miseria largamente llevada, y quizá le demos una limosna, aunque sepamos que ella no cumple ya ninguna finalidad.

Y nos acosa cierta inseguridad que nos molesta. No sabemos si esa limosna es un remedio para una mala situación o es sólo una manera de obligarnos a realizar un gesto. La misma inseguridad como cuando nos hablaba una vieja india y no alcanzábamos a entenderle y estábamos ahí como si nada oyéramos y nos sentíamos recelosos y acobardados, porque todo eso no es lo que acostumbramos a tolerar. Nos hallamos como sumergidos en otro mundo que es misterioso e insoportable y que está afuera y nos hace sentir incómodos.

¿Serán los cerros inmensos, los paisajes desolados, las punas heladas, las chicherías? ¿Serán las caras hostiles y recelosas que nos contemplan de lejos como si no existiéramos y que nos tornan tan fatigoso este trajín y este ascenso hasta Santa Ana y nos sumergen en este lento proceso de sentirnos paulatina e infinitamente prisioneros, en medio de una exterioridad que nos acosa y nos angustia? En ningún lado como en el Cuzco se advierte esa rara condición de un mundo adverso, con esa lamentable y sorda hostilidad que nos sumerge en un mundo adverso.

Sin embargo, le encontramos el remedio. Es el remedio natural del que se siente desplazado, un remedio exterior que se concreta en el fácil mito de la pulcritud, como primer síntoma de una negativa conexión con el ambiente.

Porque es cierto que las calles hieden, que hiede el mendigo y la india vieja, que nos habla sin que entendamos nada, como es cierta, también, nuestra extrema pulcritud. Y no hay otra diferencia, ni tampoco queremos verla, porque la verdad es que tenemos miedo, el miedo de no saber cómo llamar todo eso que nos acosa y que está afuera y que nos hace sentir indefensos y atrapados.

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