Linda explicó lo que Salvador había escrito en su diario sobre esa carta que permanecía oculta dentro de uno de sus libros, que ahora se encontraban rumbo a la Biblioteca Central. No quería que alguien, tarde o temprano, fuera a dar con ella. Wendolyn trató de calmarla, diciéndole que exageraba, que ella creía que, si se llegara a conocer dicha carta, su mito de «amor perfecto» no se derrumbaría, pues fácilmente podría contratar a un grupo de investigadores ficticios que demostrarían ante la opinión pública que la letra no era la de su amado esposo, sino un ardid creado por alguna persona sin quehacer. Linda entrecerró los ojos con evidente molestia, ante lo cual Wendolyn se retractó de su propuesta.
Sobre una fina mesa de madera, Linda dejó caer varias revistas y álbumes de recortes con fotos y notas acerca de Salvador y ella.
—No quiero que todo esto se vaya a la basura… No quiero correr ningún riesgo. ¡Debemos destruir esa estúpida carta! —gritó con ira.
Wendolyn le prometió que en cuanto llegaran los libros a la Biblioteca Central pondría a sus empleados a buscarla.
—Confío en ti. Después de todo, me lo debes.
Wendolyn solo bajó la mirada.
Hacía años que fueron dejando de visitarla. Estaba sola y casi abandonada, nadie quería ir allí; la mayoría de los libros estaban ya disponibles online, así que la gente prefería quedarse en casa para leer o encontrar información. Su destino estaba marcado: desaparecería, y si las cosas se ponían feas, hasta podría ser derrumbada para poner un estacionamiento.
A pesar de todo, la biblioteca obtuvo una extensión de vida cuando, por ciertos recortes presupuestales, se decidió conservarla para no acrecentar la polémica sobre la disminución de inversión en la vida cultural del país. La Biblioteca Central quedaría abierta como recuerdo de lo que había sido. Sería visitada por quien quisiera y operaría como lo hizo siempre, solo que ahora se le agregaría el mote de «Museo Interactivo», ya que por el desuso del lugar y el hecho de que los libros convencionales se habían vuelto obsoletos, se tenía que reformular su existencia.
La Biblioteca Central fue, durante muchos años, la más importante de todo el país: tenía el mayor número de títulos y colecciones bibliográficas debido a que fue absorbiendo los fondos de otras bibliotecas pequeñas, que fueron cerrando por la misma falta de asistentes. Con los años, la Biblioteca Central se convirtió en una especie de bóveda protectora de libros.
Los ejemplares más antiguos pertenecieron a la biblioteca de los Dominicos. Al ser esta la orden religiosa encargada de regentear la Inquisición, se hizo de muchos títulos que para su época eran considerados literatura non grata . Gracias a la inteligencia y visión de Fray Toribio de Bois, muchos de ellos se almacenaron, al alegar falsamente que eran pruebas incriminatorias que no deberían desaparecer. La realidad era que de Bois sabía que aquellos libros no eran entes demoníacos, sino una verdad que incomodaba a los altos jerarcas de la Iglesia porque veían en ellos el debilitamiento de su hegemonía, pues los textos propiciarían que sus fieles dejaran de ser crédulos, sumisos, faltos de juicio y por ende seguirían siendo sumamente manejables y manipulables. Muchos de estos libros estuvieron ocultos por varios siglos, hasta que a finales del siglo XX fueron descubiertos y estudiados. Dada su importancia, se enviaron a la Biblioteca Central para su resguardo.
El acervo bibliográfico de la Biblioteca Central también se fue enriqueciendo con donaciones proporcionadas por varias editoriales al decantarse por vender libros electrónicos. Además, muchos escritores, intelectuales y bibliófilos donaron en vida o después de muertos sus colecciones para que quedaran bajo su resguardo.
Una de las excusas por las cuales dejaron de imprimirse más libros fue que la mayoría de las papeleras dejaron de reforestar los bosques destinados a la producción de papel, lo que a la larga se convertiría en un problema ecológico. Los gobiernos y asociaciones ecologistas se preocuparon por el hecho, pero tampoco hicieron algo sustancial para que los árboles utilizados en la creación de papel fueran repuestos, así que se prefirió extinguir la industria editorial tradicional y enfocarse solamente en formatos digitales; después de todo, estos libros no pesaban ni podían cortarte los dedos con sus hojas.
Solo los nostálgicos y alguno que otro curioso visitaba la Biblioteca Central.
—Es extraño contemplar un lugar lleno de libros que podían contar historias infinitas, con su característico aroma a tinta vieja, condenados al olvido…, a convertirse en un fantasma —declaró en una ocasión la escritora e investigadora Gertrudis Domínguez.
—No huele feo, pero tampoco bonito —dijo en una ocasión un niño de siete años, que visitó el recinto en compañía de su abuela.
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