—El consuelo de todo esto es que ya no morirán más arboles —dijo una vez Salvador a sus amigos.
—Pues sí, pero también seguirán tirando petróleo y otras sustancias tóxicas para crear esos nuevos aparatos digitales —contestó Armando Landois. Ambos rieron; no les quedaba otra.
La noticia del premio de Salvador se hizo viral solo cuando se supo que acababa de morir antes de que se diera a conocer, hecho que suscitó la polémica: «¿debería respetarse este reconocimiento postmortem o debería elegirse otro ganador?». El reglamento de la Academia Universal de Literatura señala que no se podrá hacer entrega del galardón a un escritor fallecido, pero Salvador murió momentos antes de que se anunciara su victoria, y, como todo en la vida, nada es totalmente negro o blanco. Salvador tuvo la aparente buena suerte de morir después de que el consejo hubiera firmado el acta de unanimidad que lo acreditaba como ganador del premio, por lo tanto, no había manera de que lo desacreditaran.
La controversia fue desechada al ratificarse el nombramiento de Salvador Sula como el nuevo galardonado por parte del Presidente del Consejo de la Academia. Millones de personas dieron sus puntos de vista en redes sociales, crearon debates y discusiones intrascendentes, porque todas las opiniones eran efímeras y basadas en un artificial derecho de libertad de expresión, donde no importa la capacidad de juicio o el nivel de razonamiento, simplemente todos sentían el derecho de atacar lo que no resultaba de su agrado, siempre escondidos y protegidos detrás de una pantalla.
A pesar de ello, Salvador fue un escritor apreciado por las masas, en gran parte gracias a su matrimonio con Linda Evangine, quien en su época fue una de las mujeres más hermosas y admiradas. El matrimonio lo ayudó a obtener una extraña popularidad: la admiración del público de masas, y al mismo tiempo mantenía el respeto y la empatía con los intelectuales. A la prensa sensacionalista le encantaba captarlos juntos en el piano bar El Benedictino, en la terraza del restaurante Cereza Azul y otros lugares en boga, convirtiéndose así en el escritor más mediático del país.
A lo largo de su vida, Salvador no solo escribió libros, sino que vivió entre ellos: su biblioteca personal llegó a más de 10 000 títulos. Algunos eran primeras ediciones de clásicos de la literatura con valor incalculable, mientras otros, por su rareza, eran dignos de colección. Dada su gran riqueza histórica, Salvador declaró en una entrevista que al morir donaría todo su fondo bibliográfico a la Biblioteca Central. Sabía que los libros ya no eran algo de gran interés para la sociedad, pero sentía la necesidad de que su tesoro fuera resguardado con el fin de que no se desintegrara o perdiese, y también para que trascendería como testigo de la historia; y qué mejor que estar en la Biblioteca Central, un espacio que alberga cultura y conocimiento, aunque la mayoría de las personas la ven más como un museo. Días después de su deceso, Linda Evangine, su ahora viuda, dispuso todo para el traslado de estos libros a la Biblioteca Central.
Wendolyn Sánchez era la directora de la Biblioteca Central. Gustaba de portar grandes arracadas imitación de oro, delinear sus labios por fuera de la línea natural y usar ropa de una talla más chica, usualmente estampada. A pesar de hacer más de treinta años que trabajaba en dependencias culturales, Wendolyn no dejaba de agregar la «s» al final de varios verbos.
Quiso ir personalmente hasta la Riviera Maya para recoger los libros de Salvador, escudándose en que desde hacía tiempo conocía a Linda, a quien llamaba cariñosamente «amigui», aunque en realidad se veían como un par de veces al año, y para Linda, Wendolyn era solo una «naca» arribista más que se vanagloriaba de conocerla.
Mientras el servicio de fletes guardaba y empaquetaba todos los libros, Linda y Wendolyn estuvieron actualizándose sobre lo que sucedía en sus respectivas ciudades. Cuando vio que no había más temas para prolongar la conversación, Wendolyn se retiró para dirigirse al aeropuerto y viajar de regreso a la Ciudad de México.
Después de varias horas, el camión que llevaría los libros de Salvador Sula a la Biblioteca Central estaba completamente cargado. Teniendo en cuenta la baja velocidad con la que tendría que viajar, tardarían un par de días en llegar a la capital desde la casa de Linda y Salvador en Punta Maroma, cerca de Playa del Carmen, Quintana Roo.
Linda Evangine en realidad nunca le dio gran importancia a los libros que su esposo escribía, así que mucho menos a los que coleccionaba; como mucho daba su opinión de vez en cuando sobre el diseño de alguna portada, pero no más. Esa actitud cambió radicalmente cuando la colección de su marido emprendió el viaje a su nuevo hogar: la Biblioteca Central.
Después de desayunar su cereal orgánico con leche de almendras y hacer la rutina diaria de Pilates, Linda entró al que había sido el estudio de Salvador. Al observarlo, no pudo evitar que unas lágrimas se le escaparan, pero sin caer en el llanto estruendoso del cual fue experta en las telenovelas. Jamás se había sentido sola como hasta ahora. Cada mueble, cada detalle le recordaban algo de su esposo, y el peso de no haber querido tener hijos se hizo presente con cierta carga de culpa. Recordó el día en el que le dijo que no deseaba tener hijos porque no quería arruinar su figura, evitando el riesgo de que su carrera se viera afectada. Salvador aceptó y respetó la decisión de su esposa, pues le ganaba el remordimiento de nunca haber estado realmente enamorado de ella.
Ciertas noches, cuando Salvador se quedaba mirando por la ventana al no poder dormir y solamente escuchaba el río caudaloso y los grillos ficticios desde la pequeña máquina easy sleep que lo ayudaba a relajarse, su mente divagaba y se cuestionaba el concepto del amor. Pero estaba seguro de algo, lo que sentía por Linda no era lo mismo que sentía por Marta.
La relación de Linda y Salvador se inició durante una fiesta temática del periodista Gilberto Gil Valencia. El tema fue la Época Victoriana, y lo interesante, poder ver a todos los asistentes vestidos como en aquellos años del Reino Unido comportándose de manera moderna.
Ambos quedaron cautivados el uno por el otro: Linda por la personalidad y seguridad de Salvador; él por su belleza juvenil. Salvador, con unas patillas largas que no quiso rasurar para la ocasión alegando que también se usaban en ese tiempo, comenzó el cortejo invitándola a salir, hecho por el cual Linda se sintió halagada, ya que era uno de los escritores más conocidos del país. Iniciaron rápidamente su noviazgo, que terminó en boda un año después.
Durante su etapa de prometidos, la carrera de Linda despuntó abruptamente al conseguir el protagónico de La Bella del Ejido : la telenovela mexicana más vista de todos los tiempos, donde interpretaba a una joven rural que termina convirtiéndose en una famosa vedete, lo cual permitió alimentar también su faceta musical. Para la mayoría, Linda dejó de ser solamente la futura esposa de Salvador Sula para convertirse en Linda Evangine, la estrella del momento. Salvador nunca se sintió celoso de su éxito y popularidad, incluso salió beneficiado, pues los admiradores de Linda comenzaron a comprar sus libros.
Linda y Salvador se convirtieron en la pareja más fotografiada y publicada en la prensa «del corazón», ya que su matrimonio sería el suceso del año. Se especulaba mucho: «¿cómo sería el vestido y de qué diseñador?», «¿cuántos y quiénes serían sus invitados?», «¿qué iglesia barroca escogerían para la ceremonia religiosa?», «¿a dónde se irían de luna de miel?». Estas y otras tantas preguntas tenían locos a los reporteros y al público del país.
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