Tanto me ilustró su mala noche aquel buen hombre, que bajé al pueblo en busca de una más adecuada, que encontré en el primer súper que vi. Igual de grande y ligera, pero con habitación interna. La prueba definitiva sería esa noche, si al final llovía.
La mañana del tercer día amaneció soleada. A pesar del gran chaparrón que cayó durante la noche, ni pasé frío ni me mojé y la fina tela exterior de mi nueva choza se secó enseguida con el sol de la mañana, pudiendo empaquetar todo después de desayunar. La otra tienda la dejé en el camping, para alguna emergencia, cosa que me agradecieron invitándome a un carajillo; poca cosa, aunque, con la fría mañana, me fue bien. Busqué al caminante para darle las gracias, pero no lo localicé. Había madrugado más.
El camino de acceso había vuelto a cambiar su estado durante la lluviosa noche. La dificultad era mayor al estar los hoyos llenos de agua, ignorando así su profundidad. El resto del suelo, blando y resbaladizo, convertía el camino en un descenso muy peligroso, incluso haciéndolo a pie. En más de una ocasión tuve que atravesar la rueda delantera, como si de un esquí se tratase, para frenar, asegurando la estabilidad y clavando el tacón en el suelo.
De vuelta a la nacional, paralela al río Freser, seguí en dirección norte hasta el primer pueblo del Valle de Núria: Ribes de Freser, lugar en que el apelativo de “Carretera de Puigcerdà” toma todo el sentido pues ya solamente queda esa localidad en su recorrido.
Vista de los Pirineos desde el Camping Ripollés, en Ripoll.
Collada de Toses. Punto más alto del recorrido.
En Ribes, a novecientos metros de altitud, se inicia la subida hasta los mil ochocientos metros de la Collada de Toses, desde donde se puede bifurcar hacia La Molina y Masella, que más adelante se vislumbran chiquititas, abajo a la izquierda.
En esa subida, me había parado para disfrutar del paisaje y, de paso, hacer unos estiramientos, cuando vi que se acercaba un ciclista que me sorprendió por su oronda silueta, pues no era precisamente al que te esperas encontrar subiendo en bici un puerto tan largo. El pobre, resoplaba como un toro cabreado, pero más me sorprendió cuando me dijo que había salido de Barcelona ciudad esa mañana, ¡y no eran las diez!
En realidad, se había subido a la bicicleta (sin más equipaje que el bidón de agua y la riñonera), en Ribes de Freser a donde había llegado en tren desde la Ciudad Condal, por lo que solo tenía recorridos unos diez kilómetros. Incluso así, me pareció todo un reto pues, a pesar de su peso, su intención era llegar a Puigcerdà para almorzar. ¡De ahí le vendría la barriga feliz! Tras el copioso almuerzo que se pensaba regalar, ya no pedalearía nada más, al tomar el tren allí mismo para regresar a casa.
El encuentro con ese hombre, y su uso del tren, me facilitó las posteriores salidas que ya casi nunca iniciaría en bici desde casa, permitiéndome preparar recorridos más lejanos y ambiciosos, aunque con RENFE, en esa época era todo un reto.
Mi primera parada al llegar a Puigcerdà fue en la oficina de turismo que me encontré, sin buscarla, para recabar mejor información sobre los campings de la zona. La respuesta de la mujer que la atendía me desconcertó: ¡Está cerrado, vuelva por la tarde! En efecto, eran las dos en punto, pero, al ver mi cara de frustración, se lo pensó mejor y me facilitó la información que necesitaba incluyendo un mapa de la zona.
Siguiendo mi camino por Bourg-Madame, ya en Francia, llegué a Saillagouse, a orillas del Segre, donde di por concluida la etapa del día.
La recepción del camping también estaba cerrada, pero eso no fue impedimento para que entrase, instalase la tienda en un rincón y me duchase con agua fría (la caliente iba con fichas que no tenía), antes de dirigirme al pueblo, a comer.
Era tardísimo para Francia, pero como buenos hosteleros, se adaptan a sus visitantes. En la primera terraza que encontré, no tuve problema para obtener una especie de pepito de ternera, que resultó ser un pepón. ¡Era enorme! Igual que la jarra de cerveza que le acompañaba. Debió ser por mi cara de cansancio. El día caluroso y los más de setenta kilómetros, casi todos de subida (y mi escaso entrenamiento), me hicieron llegar agotado.
Hôtel de Ville (Ayuntamiento) de Saillagouse.
Ya repuesto y debidamente hidratado (la cerveza hace milagros), emprendí el paseo por la pequeña villa. Me llamó mucho la atención lo bien cuidado que estaba todo. No se veía un papel, colilla o lata vacía por el suelo, a pesar de la gran afluencia de gente que la visitaba. El buen gusto de los arreglos florales y adornos muy peculiares la hacían muy atractiva, a tono con sus habitantes pues, a excepción de la gerente del camping que me abroncó por no esperar a la apertura de la oficina, todos con los que traté fueron muy cordiales.
Una noche tranquila a orillas del Segre. Aunque era un campamento de residentes, respetaron las normas, bien visibles a la entrada. ¡Con el carácter de la directora cualquiera se las saltaba!
Inicié mi rodadura hacia la villa de Llívia, que junto con sus dos pedanías: Cereja; al norte, y Gorguja; al sur-este, ocupan el enclave español en territorio francés desde el Tratado de los Pirineos de 1659. En esa fecha, España devolvió a Francia los 33 pueblos de esa comarca, que habían pasado de manos del Reino Franco a la Corona de Aragón. Llívia quedó fuera de ese tratado al no ser un pueblo, sino una villa (privilegio concedido por Carlos V). Después de la reordenación fronteriza del tratado, en noviembre de 1660, el enclave quedó dentro de Francia, pero continuó perteneciendo a España.
Llívia, localidad típica de montaña. La mayoría de sus casas, con tejados de pizarra sobre muros de piedra vista (las construcciones recientes llevan adornos con esos materiales, por lo que no desentonan) a un lado y otro de estrechas calles, también de pavimento pétreo; como La Pujada de L’Església, cuyas aceras las forman piedrecitas bien alineadas.
Picnic en Llívia.
Por la calle Dels Forns se llega al museo y desde ahí se accede a la iglesia por unas escaleras, o por una callejuela al pie del torreón Bernat de So, todo ello de época medieval, muy bien conservado y pulcro.
En Llívia estaba la farmacia fundada en el siglo XV. Casi seguro, la más antigua que se conservaba en Europa, aunque en la actualidad forma parte del museo municipal, ya que la Farmacia Esteve, que así se denominaba, cesó su actividad en 1942.
De regreso a Puigcerdà (después de “cruzar Francia” por la D68, de tan solo mil metros de longitud), continué por la N260 hasta La Seu de Urgel. Por el camino encontré varios pueblos que, aun estando a pie de carretera, buena parte de su territorio se ubica en lo alto de una colina, como Bellver de Cerdaña, o totalmente arriba como Montellá (en lo alto de Martinet). Desde lejos tienen un bonito aspecto al ver su silueta recortada en el horizonte, con el fondo montañoso.
Bellver de Cerdaña.
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