La ñaña Heriberta le insistió que su linaje lo ponía en esa situación de guerrero jefe o lonco y que debía responder a esa responsabilidad siendo fiel a sí mismo y a los suyos. También le informaron del Carnero, un oficial de alto rango del ejército de Ciudad Caníbal que había adquirido notoriedad por su afán represivo y que al parecer gozaba, desde hacía poco de la hegemonía político-militar en Monroe. Este se había convertido en un objetivo político de primer orden en el proceso de despejar obstáculos.
–Te ha estado buscando sin que tú los sepas, porque eres una amenaza para él. La táctica tuya será la contraria, no le huirás, no pondrás tus huellas delante de él y de sus esbirros, tú irás por él. Ellos vendrán a buscarte, pero tú irás para allá, a su zona íntima, les darás la vuelta. Puede que se topen en el camino. Ahí debes demostrar tu astucia guerrera –le dijeron en el consejo–, o combates, dependiendo de las condiciones, o eludes la lucha directa. Has sido preparado para que hagas un correcto análisis de las situaciones de conflicto que se te presenten. Deberás mirar el terreno, el clima, la posición y los movimientos del enemigo; nada que tú no sepas, pero la calidad de la toma de decisiones depende de tu criterio –le insistieron.
Otro aspecto que Conrad debía evaluar era el organigrama del poder de Ciudad Caníbal, el que nunca había sido transparentado para el resto de los ciudadanos de Monroe; lo que sí quedaba claro era su opacidad. Habían estructuras visibles, como algunas oficinas públicas, pero lo más fundamental y descollante era el sistema policial y militar, el que sí era muy visible. La presencia pública del Carnero parecía una estrategia nueva de exhibición de los poderosos, quizás no buscada por la estructura tradicional del gobierno local, siempre secretista, pero que comenzaba a imponerse.
La ñaña Heriberta conoció al abuelo y al padre de Conrad, ellos habían cazado y pescado en esa zona, y combatido en las campañas de resistencia al proceso expansivo en el periodo anterior, cuando Monroe recién comenzaba a delimitarse y su territorio quedaba encajonado en el lado de acá de la cordillera, empujado estratégicamente hacia un extenso borde costero. Los vínculos entre los Hermanos de la Costa y los de La Frontera eran históricos y han permanecido firmes. Ambas comunidades confiaban mucho en Conrad, héroe y líder que estaban recién construyendo en sus conciencias, y no le ocultaban los peligros y las altas posibilidades de fracaso de la empresa emancipadora, los que incluían su propio exterminio. Lo concreto era que el enemigo les llevaba ventaja, cuestión de la que Conrad tenía plena conciencia. Siempre debía estar evaluando ventajas y desventajas, tanto del movimiento propio como del ente persecutor; certezas que la ñaña y el consejo no se cansaron de repetirle hasta el agobio.
NOTA
Irrumpe la navegación como matriz simbólica del relato. La ocupación poética del borde territorial costero. Entregados como viajeros a la artimaña silvestre del recorrido salvaje. La épica liberadora supone, como dice el canon, la vuelta a casa como misión suprema. En la morada original una madre espera.
* * *
N le relata a Otro, cercano, historias de héroes y luchadores grecorromanos que ha visto en películas italianas de los 60 que están programando en la tele. Algunos de ellos salidos del sitio de Troya. El Otro, profesoral, le habla de la cólera del pélida Aquiles que, enojado porque no está de acuerdo con la repartición de un botín, decide no entrar en batalla, es decir, opta por hacer política, se hace de rogar, aunque más tarde reacciona motivado por la venganza. Esta actitud del héroe tiene un correlato en la política moderna. Mucho político joven, con pretensiones épicas (o histéricas), ha sentido que los viejos de su partido no lo han tomado en cuenta en la repartición del poder. Eso intenta explicarle, prosaicamente, tratando de imponer su lectura del modelo clásico.
N no le da crédito a esa interpretación. El Otro, a nivel de proyecto particular, le comenta que ha intentado convertirse en héroe cívico en un perdido pueblo rural sin estatuto de modernidad, tratando de colaborar con obras de adelanto. En su biografía ha criticado a los burócratas que diseñan conflictos y querellas siguiendo las órdenes de un jefe maldito, uno con ansiedades personales y sin sueños colectivos. Hay ocasiones en que ese jefe circunstancial se transforma en mito guerrero, solo porque una cierta trama siniestra así lo quiso.
N, en cambio, insiste en apelar a la galería clásica, porque ahí está el paradigma heroico que le interesa, porque él quiere contar una historia heroica que su conciencia narrativa le dicta. El Otro entiende que su paternidad es lejana y la distancia geográfica por la que optó corresponde a la del sujeto que huye de la familia por degradación épica, al eludir la responsabilidad de un ejercicio que tiene el aroma de la tragedia o de la patología.
N dio el salto a ese vacío recurrente y pleno de arbitrios de la incertidumbre, y Monroe fue una mediación salvífica de su vulnerabilidad. Esa locación no es tan improbable que no pueda ubicarse en una geografía verosímil. La encontraremos aquí o allá, en la tierra fértil de las probabilidades.
N jamás calculó las consecuencias de la experiencia de lo impensable. Su tema insalvable era la vida cotidiana que debía ser todo lo ritual que se pudiera, en donde descollaba su amor por la demora extrema de los pequeños actos.
N recupera con el Otro el Monroe insular y anotan lo que recuerdan en una libretita Moleskine. La aventura de un héroe conjetural que debía recorrer un territorio improbable.
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