Marcelo Mellado - Monroe

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En Monroe, un país imaginario rico en recursos naturales, donde las montañas, bosques y ríos coexisten con zonas desérticas, habitan diversos pueblos cuya sabiduría sobrevive pese a los embates del avance urbano. El atropello sistemático a estas culturas ancestrales por parte de la clase dominante de Ciudad Caníbal, capital administrativa. Monroe, despierta ánimos de insurrección en el joven Conrad. Este arquetipo del héroe clásico, proveniente de las Montañas Húmedas, liderará la rebelión contra el Carnero y sus fuerzas militares. Acompañado por la bella Úrsula y sus fieles escuderos, emprenderá este viaje que lo enfrentará al peligro y al horror, pero también a una serie de accidentes afortunados, en los que hallará la fraternidad y el calor humano. Desmantelando géneros como la epopeya y la fábula, Marcelo Mellado relata en estas páginas una particular gesta, en la cual las peripecias de sus protagonistas se mezclan con las reflexiones del narrador sobre el origen de sus materiales y la compleja relación que tiene con su hijo. Como en La batalla de Placilla y Humillaciones, Mellado sigue iluminando la existencia de los pueblos abandonados y alertando sobre las arbitrariedades del poder central. Monroe es una novela radical, donde la narración una vez más está puesta para estimular nuestra imaginación y pensamiento.

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La rebelión comandada por el joven Conrad, en cambio, tuvo motivaciones manifiestas de afirmación territorial y fue apoyada por los otros territorios, y coordinada en conjunto. Se hizo con una estrategia de subversión que se extendió en el tiempo, no con grandes ejércitos en batalla, sino siguiendo la táctica del orden disperso, lo que también se conocería como la guerra de guerrillas, y a la vez con presiones políticas que provenían de las propias comunidades organizadas. Podríamos decir, por otra parte, que hubo razones subjetivas arraigadas en el corazón de la lluvia nutricia en la Frontera o en el espíritu del fuego en las canoas de los Canales Australes, cuando la llama del fogón calentaba los cuerpos y cocinaba los alimentos. Y también en los ritos ancestrales de las ñañas. Todo eso alentó la rebelión de las provincias.

El sujeto de esas faenas, ya sea al interior de un bosque o en medio de un lago, de un río o en el anchuroso y extendido mar, o en la ruta de una caravana de pastores en la Pampa Seca, indagó en su interior, en un proceso de autoanálisis compartido, en una sincronía, qué duda cabe, y fue iluminado por una certeza que luego derivaría en la voluntad de luchar contra la oprobiosa Ciudad Caníbal que insistía en mantenerlos como habitantes de segunda clase, obligados a proveer a la gran urbe con sus labores extractivas.

El espíritu de esa revuelta se mantuvo activo por varias generaciones y, podría decirse que aún perdura, eso al menos dicen algunas leyendas que todavía se escuchan en los caminos pedregosos y polvorientos, en los bares de las ciudades y en las hosterías de paso que indican la cercanía del Monroe urbano. Cuentan que un poeta glorioso de Puerto Peregrino, hermosa localidad de los Canales Australes, hace el relato pormenorizado de estas aventuras territoriales.

Conrad escuchó desde pequeño aquella prédica del Monroe “oficial” que pretendía unificar el territorio en una sola imagen, en una sola entidad, particular y unitaria, con la dependencia absoluta del Monroe rural, provincial o periférico. Todo esto impacientó de tal modo al otro Monroe, que la decisión insurreccional se impuso como una necesidad de sobrevivencia. Los preparativos comenzaron sin grandes aspavientos, la construcción del enemigo para este nuevo momento, el de la lucha directa, implicaba políticas tanto administrativas como domésticas que comprometía a todos los linajes del Monroe rural y provincial. En ese contexto surgió el diseño estratégico denominado Pueblos Abandonados, que era la movilización combativa y progresiva del habitante que va consolidando pequeños estadios o logros, y cuyo objetivo es el mantenimiento de la situación de beligerancia permanente, contra el estado de normalidad que propone el paradigma institucional.

Una mañana de otoño, mientras Conrad participaba de la ceremonia de reitimiento del chancho, un gran trabajo comunitario en que faenaban uno o varios porcinos con un doble propósito –uno festivo, que consagraba el fin del verano, y otro de conservación de alimentos para el periodo invernal–, recibió en su campo la visita sorpresiva de un vecino de Los Canales Australes, un miembro del linaje de los Button, quizás hasta pariente suyo, quien lo alertó de que ya se acercaba una fecha límite y que él, por responsabilidad consanguínea, debía ejercer el protagonismo escénico que le correspondía. El mensajero se refería al comienzo de las acciones rebeldes pactadas con anterioridad, secretamente, por las cuatro zonas territoriales que conformaban el Monroe provinciano y rural.

Conrad, a pesar de que estaba al tanto de los preparativos, aún no había elaborado los planes relativos a su entorno familiar. Solo había analizado la situación política general, entendida como el estado de la lucha generada por las autonomías territoriales. Además, esperaba la reacción del vecindario próximo que demoraba en manifestarse. La visita mensajera era un conocido de su padre, pues había trabajado con él en faenas de pesca, también habían talado alerces y cipreses en la cordillera. Se llamaba Darwin Soto y fue recibido según la costumbre de la atención de los viajeros, es decir, con mucha sidra y el sacrificio de algún ovino o vacuno, según correspondiera durante los días de visita.

Este ambiente de comensalía permanente no impedía el análisis y la discusión concienzuda de la situación político-administrativa, lo que implicaba largas y encendidas asambleas a la que asistían algunos delegados del barrio. Conrad sabía que este era uno de los momentos en que debía demostrar su calidad de conductor de procesos y su sapiencia en temas de Estado, por algo su padre lo había enviado durante un año a estudiar los archivos de Monroe, como parte de su formación, además de haberlo habituado a los otros protocolos de aprendizaje que le fueron impuestos, como la caza del puma y la navegación por las estrellas, así como la geometría de los suelos y el cálculo territorial, incluidas las estrategias múltiples de combate. El intercambio de opiniones con Darwin Soto registró miradas dispares sobre la cuestión táctica, aunque sí hubo un consenso determinante: en Conrad recaía la decisión fundamental –luego de los análisis y de las revisiones estratégicas– sobre el modo de conducir la lucha, dadas las reglas del centralismo democrático que nos legaran los padres fundadores.

–Eres tú, muchacho, el indicado para dirigir la guerra y la acción política, pero debes tener muy en cuenta la información y los consejos que te demos nosotros los viejos, que sabemos de estos territorios y de la formación de los distintos linajes –eso le dijo el vigoroso anciano, gran navegador de canales y cazador de lobos.

Conrad no dejaba de estar nervioso ante tanta responsabilidad, pero disimulaba. En alguna oportunidad tuvo dudas y hasta pensó en tomar la actitud del adolescente Hamlet, príncipe de Dinamarca, y fingir locura para no enfrentar los hechos, pero no quiso cargar con ese síntoma profano que no estaba en el espíritu de su pueblo, a pesar de que la antropología freudiana dijera lo contrario.

Eran las fechas en que comenzaba a oscurecer más temprano y las lluvias arreciaban con fuerza sobre los campos de Monroe. Darwin Soto se despidió de Conrad bajo un furioso temporal que no sorprendía ni atemorizaba a ninguno de los dos. El viejo Darwin no quiso esperar a que escampara, sus cálculos de viaje se transformaron en un dogma. Un fuerte abrazo conectó a Conrad con la memoria de su padre, la que siempre revoloteaba en su conciencia lúcida. Dudó un instante, no quiso que la emoción lo dominara y contuvo el llanto. Su madre a lo lejos miraba la despedida con lágrimas en los ojos, no solo por lo que ocurría, sino también por todo lo que vendría más tarde.

Conrad decidió hacer consultas a sus más cercanos y cruzó el río Enano en su canoa hacia el sector de las Ánimas, no sin antes limpiar y cargar su Colt, y poner su cartuchera en bandolera, como solía hacerlo cuando realizaba viajes largos. Lo mismo hizo con su rifle Winchester; además, puso en su cinto el cuchillo amachetado que solía portar cuando salía de caza y de ronda vigilante, y se ajustó en su bota una opinel clásica, que usaba para faenar animales y para cocinar. También llevó su potente arco hecho de una aleación de madera de luma y de mañío, que era un arma alternativa y silenciosa con la que solía cazar, y asimismo usar como arma ofensiva-defensiva, si la situación lo requería.

Su madre le preparó una tortilla, algo de charqui y queso de cabra, y una bota de sidra. El viaje fue tranquilo, de una apacibilidad que lo puso nervioso. Hubiera querido pescar algunas truchas o pejerreyes, peces que había en abundancia, pero no podía; sentía que la responsabilidad que caería sobre sus espaldas le impediría realizar muchas de esas actividades que, en su juventud, le daban sentido a su existencia. Y, paradójicamente, era el modo de vida que había que defender. Antes del salto del Puma, desembarcó y caminó hasta la laguna de los Coipos. Ahí residía el grueso de su parentela del antiguo linaje de la Frontera Sur, también llamado de las Montañas Húmedas.

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