Sus parientes lo esperaban expectantes. Su tío Aron habló a solas con él, por la gravedad y urgencia de la situación, antes de reunirse con el resto de sus parientes en una pequeña asamblea informativa. Aron tenía algunos reparos metodológicos, pensaba que la estrategia de internarse en Ciudad Caníbal, promovida por algunos conjurados, era peligrosa y poco efectiva. Para él lo mejor era permanecer ahí, en las tierras que conocían bien, y autoafirmar su autonomía territorial. Los pocos que hablaron en la asamblea, entre ellos su primo Antoine y la ñaña Heriberta, apelaron al cuidado y la cautela, y lamentaron la inminencia perturbadora del conflicto, pero también asumían su inevitabilidad y cierta inmediatez en la irrupción de acontecimientos.
Asimismo comentaron que se sospechaba la presencia de espías del Monroe urbano. Por eso lo enviaron con dos escoltas hasta la carretera que conducía hasta allá. Ahí, según el plan trazado, debía reunirse con los jefes operativos de las parentelas de los otros territorios, en una hostería caminera en donde simularían ser viajeros, y recibirían el apoyo logístico requerido.
Conrad intuía que lo harían ingresar a Ciudad Caníbal junto a otros corajudos para realizar una operación fundamental que él imaginó que podía estar relacionada con el tiranicidio, como un evento que debía impedir la guerra generalizada, esa que se realiza a campo abierto, lo que a ellos no les convenía. Era un modelo que se imponía en este tipo de situaciones, lo había leído en los archivos territoriales. Una bala de plata bien percutida, o alguna otra paradoja de legítima criminalidad, podía ser muy efectiva para resolver continuidades impedidas, o algo análogo.
El instinto le aconsejaba dar un rodeo y llegar un poco tarde a la reunión. Buscó un sendero y decidió bajar de la cabalgadura, al igual que sus escoltas. Desenfundó su Colt e hizo un rodeo, seguido muy de cerca por sus acompañantes. Había mucho silencio y la hostería parecía abandonada, a través de sus ventanas se vio una tenue luz. Se acercó a la parte posterior de la hostería y pudo darse cuenta que un hilo espeso de sangre escurría bajo la puerta. Al abrir comprobó que todos fueron degollados con corvos, un cuchillo de reglamento que utilizaba el ejército de Ciudad Caníbal. Conrad debió tranquilizar a sus primos que lo escoltaban, porque quedaron muy impresionados por la escena. Hicieron una rápida reunión de análisis de la situación; se dieron cuenta de que se trataba de una provocación para establecer una guerra abierta y que estaban siendo cercados por el enemigo. Por otro lado, Conrad no podía interrumpir el viaje, a pesar de que el plan original se vio alterado por la intercepción enemiga.
Conrad decidió enviar a ambos como emisarios a las Montañas Húmedas para informar de la masacre de todos los delegados del Monroe periférico, y para que de ahí se hiciera extensiva a los otros territorios. Él debió continuar viaje a Pampa Seca, que era parte del objetivo, pero antes tuvo que hacer una parada previa. Su tío Aron le había advertido que frente a cualquier eventualidad debía recurrir a los Hermanos de la Costa, quienes, además, podían ser de mucha ayuda en términos estratégicos. Incluso Conrad pensaba que parte del viaje lo podía hacer en una embarcación orillera proporcionada por ellos.
Con la ayuda de algunos lugareños que lo ubicaron y se compadecieron, hicieron el rito funerario para enterrar a los suyos. Previamente se preocuparon de ver si habían vestigios de la banda operativa degolladora, para averiguar si permanecían acechantes, pero comprobaron que se trató de un acto preciso de agresión, el típico gesto beligerante del que huye para esperar la reacción del agredido. Lo que ellos no sabían es que Conrad no estaba entre los asesinados, que era su objetivo primordial.
Sus primos adolescentes trataron de persuadirlo de que no fuera solo, pero debieron asumir su jerarquía y obedecer. Los tranquilizó diciéndoles que allá en la tierra de los Hermanos de la Costa podría conseguir otros escoltas que lo ayudaran a completar el viaje.
Antes de separarse, y a pesar de la sensación de catástrofe, decidieron descansar y comer algo. Compartieron el charqui y tomaron sidra, y durmieron hasta antes del amanecer a orillas del río Las Perdices, en donde hicieron fuego y montaron una tienda. Conrad esa noche soñó que la machi de los Hermanos de la Costa le advertía que una bandada de cóndores lo seguía durante todo el trayecto a Pampa Seca, porque arrastraba el olor de la muerte. Saúl, su primo más pequeño, soñó que un río torrentoso, que bien podía ser el río Enano, lo llevaba inexorablemente hacia el mar en una canoa que no podía conducir por la fuerza de una corriente sorpresiva y se perdía en un mar que lo tragaba en su inmensidad. Hilario, el otro primo, soñó que llegaba a caballo de noche a una ciudad circular que parecía deshabitada, pero se escuchaban ensordecedores y enloquecedores ladridos de perros que encabritaban al caballo, el que corría desbocado por callejuelas estrechas.
Conrad, consultado por sus parientes, debió hacerles una lectura de sus respectivos sueños, el suyo incluido, mientras cebaban un mate. El río, le dijo a Saúl, debía corresponder al destino inexorable frente al cual era inútil que se rebelaran o intentaran conducir, que lo mejor era dejarse llevar, aunque de una cierta manera, quizás usando bien el remo para eludir las piedras rocosas y los rápidos; esto último dicho en términos pedagógicamente metaforizados, por cierto.
Las ciudades, por otra parte, son laberintos peligrosos para un habitante que viene de las montañas, el que naturalmente tenderá a desorientarse, le dijo a Hilario. Eso es el miedo a lo desconocido, frente a lo cual el guerrero debe apelar al capital formativo que le legó su propio pueblo a través de su familia y sus preceptores. La lectura de su propio sueño aludía al sino fatal de los guerreros que llevan la marca de lo que son en su propio cuerpo, la que no era muy evidente ni siquiera para él mismo. Trató de ser breve y no dubitativo en su interpretación, asumiendo lo que más podía su rol de combatiente y de líder espiritual.
Luego del rito de la interpretación de sueños los parientes se despidieron con lágrimas en los ojos, él sintió que debía mantenerse incólume y no ceder a la emoción. Subieron a sus cabalgaduras y se fueron en direcciones opuestas. Conrad orilló río abajo, hacia la desembocadura en donde habitaban los Hermanos de la Costa. Al menos le quedaba medio día de viaje, y había un trayecto que debía hacer en balsa. Cabalgó durante horas con paso rápido, pero sin galopar, siempre atento a las sorpresas que le podía deparar el entorno.
NOTA
Podría decirse que el sujeto de la aventura es militante de una filialidad descompensada. Sabe que debe alternar la lucha entre los registros fragmentales del tao y la predicación ignaciana, algo ahumada por el fogón de la tribu.
* * *
N debía realizar unos encargos institucionales. El trabajo de oficina serializado como ejercicio terapéutico, que busca la inserción social y laboral del sujeto del desvío. Estaba ansioso porque el Otro venía especialmente del sur a verlo. Volvió demasiado tarde; se demoró más de cuatro largas horas en un trámite simple de no más de una. La funcionaria a cargo estaba histérica, porque si bien no imaginó lo peor, como el extravío del personaje, sí creyó que algo había pasado con los documentos.
N se distrajo a la vuelta de la diligencia, porque pasó al Museo Histórico. No pudo evitarlo, quedaba frente a la Plaza de Armas, al paso. Había comenzado su pasión por la Guerra del Guano, determinada por su encuentro con Adiós al séptimo de línea en monitos, y el museo tenía algunas de las referencias que aparecían en el texto. Esa tarde tendrían tema de conversación, era algo que compartían desde siempre, las aventuras heroicas de pueblos perdidos en un valle flanqueado por una cadena montañosa.
Читать дальше