N tenía visto y elegido un libro grande de tapa dura que compilaba el gran parnaso de héroes clásicos. El Otro había tenido algún interés en el género de la fantasía heroica, pero lo había abandonado porque la tendencia que imperaba en su diseño lo emparentaba con el fisicoculturismo. Compartirían esa tarde primaveral algunos pareceres sobre la construcción del héroe como un tema de amplio espectro, y les costaría llegar a acuerdos sobre los emplazamientos y la descripción de las peripecias.
N lo hace ingresar a un pantano narrativo del que no pueden salir, confluyen en una escritura que se descalza en la (im)posibilidad de la aventura como parodia del relato institucional. Traman un acontecimiento a partir de encuentros episódicos.
N y el rezago de sus pasos en un suelo descaminado, a la intemperie, huyendo del perro rabioso de la normalidad. Junto al Otro padece la barbarie de las causalidades mecánicas, el horror implacable de la lógica y el cálculo temporal y espacial. Evita, además, pisar la línea de los pastelones en las veredas, por pauta cabalística.
LOS HERMANOS DE LA COSTA
Comenzó a llover poco antes de que Conrad llegara a la zona del balseo para cruzar el río. Sorpresivamente, una bandada de loros surgió de la espesura del bosque. Él lo atribuyó a la presencia de merodeadores y se llevó casi por instinto la mano a su revólver. Decidió bajar de su cabalgadura y caminó guareciéndose en el cuerpo del animal; luego lo amarró en un renoval de luma, sacó el Winchester de su funda, además del arco y el carcaj con sus flechas, y se internó en el bosque. Con el arco despejó la hojarasca echándola a un lado y hacia otro, de modo de pisar un suelo silencioso que no lo delatara. Se echó junto a un coihue caído y se tapó con las hojas que tapizaban el suelo, sobre todo de canelo. De pronto aparecieron entre los arbustos tres hombres armados con carabinas Mauser; caminaban zigzagueantemente buscando un sendero para llegar al río. El que iba al último se distanció varios metros de los otros dos que, además, doblaron siguiendo una huella de animales bagüales. Ocasión que aprovechó Conrad para asestarle al último del grupo una certera flecha en el cuello, situación de la que se percataron sus compañeros varios minutos después. Cuando volvieron por él, Conrad atrincherado tras el coihue caído los neutralizó con dos disparos precisos de su Colt. Sin duda venían por el que se les había escapado de la carnicería en la hostería caminera.
Hizo el último tramo hasta la desembocadura del río Las Perdices montado en su cabalgadura, la que fue subida sobre una balsa conducida río abajo por un balsero avezado que lo observaba con curiosidad y respeto, a sabiendas de su linaje. Conrad aprovechó ese trayecto para cotejar el momento en que se encontraba la misión que debía llevar a cabo. Tenía conciencia de que iba navegando sobre una gran metáfora que solía aparecer en sus sueños. Por otra parte, siempre que estaba bajo la influencia fluvial, ya sea en su orilla o en una embarcación sentía ganas de pescar; sin duda eran los resabios de su infancia y adolescencia que se alejaban, pero que no dejaban de tener lugar en su memoria. Ahora la conciencia adulta lo hacía ver la vida con los ojos de la dificultad. De pronto, la brisa húmeda le trajo un cierto aroma ahumado que entró por sus narices. Y vio algunas columnas de humo que se confundían con el cielo ennegrecido por las nubes. Estaba en el poblado que servía de emplazamiento a los Hermanos de la Costa, y en el embarcadero estaba la ñaña Heriberta con parte del consejo. Hubo abrazos y palabras protocolares, y algunos obsequios.
–Joven guerrero, los Hermanos de la Costa te reciben. Debes sacarte ese viaje agobiador. Eres, sin duda del linaje de tu abuelo, el cazador de pumas–. Todas estas fórmulas retóricas reproducían una matriz arcaica de jerarquías parentales, las que también eran asumidas como objeto de la ficción.
Luego de estas simples palabras que le dirigiera la ñaña Heriberta, Conrad fue conducido a la ruca de la higiene de los viajeros, como correspondía al código de las bienvenidas. Allí fue atendido por la nieta de la ñaña, la bella Úrsula. La ruca tenía un fogón central y muchas yerbas que colgaban del techo, y vasijas que contenían aceites finos de granos y barros de limpieza, además de una tina hecha de alerce que parecía una gran canoa cónica. El guerrero fue depositado en esa agua temperada y lavado como un infante por manos firmes y suaves. El aroma mentolado de las yerbas inundaron el ambiente, Conrad ingresó a un sopor que lo conectó con los sueños ancestrales. Se le aparecieron imágenes de sus textos de iniciación, como aquel poema del poeta de los cánones de las Montañas Húmedas, La educación del cacique , que ha debido seguir literalmente como parte de su aprendizaje. Todo esto a pesar del contraste de los rigores padecidos por el héroe en cuestión: “...Su juventud fue viento dirigido./ Se preparó como una larga lanza./ Acostumbró los pies en las cascadas./ Educó la cabeza en las cascadas./ Ejecutó las pruebas del guanaco./ Vivió en las madrigueras de la nieve...”. Pero en esta ocasión era otro el verso a declamar, muy necesario, como le comentara la misma Úrsula, atenta a la otra parte de su formación, y que tenía que ver con ciertas ceremonias de placer corporal.
Ella lo secó con una sábana de lino y lo recostó sobre mantas de fina lana y pieles bien escarmenadas. Y allí lo apaciguó hasta la indefensión y lo hizo sentir la prueba máxima de la especie del hombre creador, y él se hizo tiernamente vulnerable y deseoso en ese trance de sumisión y de barbarie. Durmió lo necesario y al despertar bebió sidra de manzana y comió tortilla al rescoldo. Se sentía repuesto y renovado. Úrsula lo vistió con ropas de paisano y así se presentó ante el Consejo.
La ñaña Heriberta dirigió el Consejo de Notables, rodeada de sus colaboradores más cercanos. En él se hizo un análisis de la situación, y le hablaron de la importancia que tenía la rebelión que se preparaba y los cambios que la masacre de la hostería produjo en los preparativos. A pesar de la eliminación de personeros de la alta jerarquía del Monroe territorial, la rebelión debía seguir, imbuida de un espíritu de futuro, que es una concepción muy propia de los Hermanos de la Costa: le dan al futuro la misma presencia que al pasado. Todo esto a pesar de lo debilitado que podría parecer el Monroe rebelde. Más aún, paradójicamente, la ñaña Heriberta pensaba que había que insistir con los preparativos, porque el enemigo de Ciudad Caníbal creía que este golpe había sido mortal, lo que le daba confianza, ya que no esperaban que los territorios rurales siguieran con los preparativos insurreccionales. El proyecto de unificación territorial debía ser combatido y resistido, y el trabajo de Conrad consistía en restituir las vías cortadas por el enemigo.
Este itinerario conspirativo había sido preparado con antelación por los Hermanos de la Costa junto a la gente de los Canales, que venían trabajando hacía rato el alzamiento, mucho antes que los de la Frontera y los de Pampa Seca, en que la autonomía territorial era el gran objetivo.
Conrad era señalado como un escogido porque cierto azar, pasado por los laberintos del destino, concentró en él todos los linajes del Monroe rural o territorial. Todo esto adquirió la forma de un misterio que fue guardado en algunos relatos fundacionales y en crónicas ancestrales que aludían a una parentela combatiente y luchadora que se desplazó por toda la zona acotada. Y los venerables tuvieron que realizar un agudo trabajo de archivo para su elección. Eso se le comunicó en el consejo.
También le aclararon con mucho detalle que había algunos aliados al interior de la Ciudad Caníbal. Que eran pocos, pero significativos y que ellos tomarían contacto con él cuando bajara del desierto por la cordillera altiplánica, si todo funcionaba según lo planificado.
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