Cuando nos veían con él, los taqueros cerraban sus expendios.
—Ábrenos, pinche Caca, no te va a pasar nada, te vamos a pagar, no seas mamón, ándale… Por favor.
Sarro tenía una carcachita y como era sumamente hábil para la mecánica la mantenía bien afinada. Era su gran orgullo. En las noches recorríamos la ciudad buscando pleitos gratuitos, sobre todo él, que era un monstruo de 120 kilos y mirada lúbrica y adormilada. Cuando trabajaba lo ponían a escarmentar vendedores ambulantes. No podía dedicarse a otra cosa: era abusivo, arbitrario, despótico, tiránico y pedante… Nos llevaba a dar la vuelta procurando irritar, provocar, despertar animosidades…
—¿Qué traes, buey?
Lejos del crimen por timidez y cierta debilidad inculcada cuidadosamente en nuestros hogares, inmaduros para el manicomio, pero coqueteando curiosa y apasionadamente con esa posibilidad…
—¿Qué traes, hijo de tu pinche madre?
Sarro descendía y tomaba al contrincante de las solapas y lo sacaba por la ventanilla.
—Ése era su chiste —afirmaba Lobo. Los extirpaba por la ventanilla totalmente dueño de la situación.
Y los otros, nada más de verlo tan sombrío y espectacular se derretían de miedo…
Sarro podía con todos… La noche del zafarrancho en la calle Edison un mesero lo golpeaba en la nuca, otro le pateaba las espinillas y una puta se abrazaba desesperada a sus muslos descomunales… Agarró al primero y empezó a girar hasta desprenderle el brazo de las articulaciones. La mujer aquella salió también despedida hasta chocar con un auto estacionado, y el que lo pateaba recibió encima al mesero desarticulado y después a Sarro que no dejó de cebarse en ellos hasta astillarles los huesos de las manos y las piernas con sus botas de excursionista…
Otra noche Sarro y Lobo golpearon a dos policías. Los habían sacado del Caracol y pretendían llevarlos a la Delegación, pero trataron de arreglarse antes de subir a la patrulla.
—Pónganse en medio ¿no? ¿Cuánto traen?
Sarro empezó a quitarse el cinturón.
—Pónganse a mano y ya no van… —insistía uno de los agentes lamiéndose los labios.
Sarro lo lazó del cuello y comenzó a estrellarlo contra la pared, una y otra vez, una y otra vez. Lobo también se quitó el cinturón y trató de estrangular al otro, pero era más corpulento que él y logró zafarse. En eso llegó otra patrulla. Los golpearon con las macanas y después los subieron a empellones advirtiéndoles que los encerrarían en la Séptima Delegación. Pero en el camino recapitularon…
—¿Cuánto traen?
Llevaban como sesenta pesos.
—Bueno, cabrones, echen los sesenta pesos y pírenle…
Regresaron al salón César felices, orgullosos de haber cambiado golpes con cuatro policías y de que les hubiera costado sesenta pesos.
Acompañaba a Lobo a robar fruta a la Merced y conseguíamos veinte o veinticinco naranjas, por ejemplo, las distribuíamos sobre hojas de periódicos, en el suelo, en la glorieta de Avenida del Trabajo, y generalmente las vendíamos. O lo acompañaba a tirar basura. Nos daban cinco centavos por cada bolsa, o diez si el bote era muy grande, o veinte si era de noche y teníamos que arrojarlo adonde pudiéramos, a espaldas de vigilantes y vecinos. Claro que a propósito no acudíamos cuando el carro de la basura hacía sonar su campana y pasábamos por la noche, dispuestos al riesgo y a ganancias mayores.
—¿Por qué no vinieron en la mañana?
—No pasó el carro, señora.
—Cómo no, si yo oí la campana.
—No, señora, se lo juramos que no pasó…
A mi padre le divertían mucho nuestras aventuras. Era un hombre que tenía grandes manos de chofer de autobús y que en esa época se enorgullecía de sus músculos y de su colección de timbres postales. Llegaba con un ejemplar de un periódico deportivo y con la ropa manchada de grasa. Se quitaba los zapatos y se recostaba en un sofá adonde mi tía le llevaba una jarra enorme de café y algunos tamales.
—Pon el radio —decía.
Añoraba su infancia y su juventud; el primer amor, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto; los viajes que no hizo y los amigos que lo abandonaron. Se imaginaba pensado por las mujeres en las que pensaba, gratificado por recompensas repentinas; importante y significativo, además de simpático. Los domingos salía de excursión, a subir volcanes o descender a ríos subterráneos. Y el recuerdo de esos paseos, adonde a veces lo acompañaba, se le imponía como una especie de rumor sordo, inconsciente, que servía de fondo a su cotidianidad poniendo en ella un punto de inexplicable zozobra…
Canturreaba canciones de Agustín Lara y se quedaba dormido sobre el sofá, roncando y babeando como un cerdo.
En la trastienda del Chivo Encantado había un gran patio que una vez adornamos con serpentinas y faroles de papel para celebrar la boda religiosa de unos tíos de Lobo y nuestra primera comunión. Sirvieron chocolate y pastel para todos los niños. Y como también se festejaban los quince años de la hermana del Ganso, con la comida llegó un escandaloso equipo de sonido. La abuela de las doscientas enaguas corría cargando cartones de cerveza o platones con sopes, y quien menos llevaba dos o tres botellas de ron o de tequila.
—Órale, pinche compadrito —afirmaba el Ganso—, te voy a poner un cartón para ti solito…
—Cómo vas a poner un cartón, buey, y los invitados que se chupen el dedo ¿no?
Destapaba botellas con los dientes, olisqueándolas como si se tratara de vinos finos y ofreciéndolas en consagración.
—Ésta es para mis padrinos —brindaba, porque habíamos hecho nuestra primera comunión—. Aquí están mis pinches padrinitos —alborotado. Y si alguien se atrevía a protestar o a agredir—, no —gritaba—, con mis pinches padrinitos no se metan, que nadie se meta —quitándose el cinturón y descargando cinturonazos feroces.
Por la tarde fuimos por Amparo Carmen Teresa Yolanda, ojerosa y alarmada, y al llegar la orillamos a bailar mambo, Lobo, ella y yo entre las filas de los adultos, sin perder el paso.
Yo soy el ruletero, que sí, señor, el ruletero.
Yo soy el chafirete, que sí, señor, el chafirete…
—¿No será pecado? —sonreía Amparo Carmen Teresa Yolanda—. Acaban de hacer su primera comunión…
—Pues luego nos confesamos…
—Que venga el mambo…
Yo soy el matalacachimba, que sí, señor,
el matalacachimba.
Yo soy el icuiricui, que sí, señor,
el icuiricui.
El Ganso estaba derrumbado junto a los lavaderos.
—¿Por qué te pones estas borracheras tan horribles? —inquirió Amparo Carmen Teresa Yolanda.
Guardó silencio un buen rato, zumbando como una calculadora antes de dar un resultado complicado.
—Pues por equis causa, manita…
Volvía la música y regresábamos a bailotear.
Caba-lló negro, tú tie-nes la co-la blanca,
tú tienes la co, la co-la…
Se acercó la abuela de las doscientas enaguas y fulminó con su mirada ultracáustica el cuerpecito de Amparo Carmen Teresa Yolanda.
—Óyeme, hijo —le gritó a Lobo—, ¿y a esta puta quién la invitó?
—No, abuelita, es mi amiga, es una vecina…
—Pues me vale una chingada, pero me la sacas de aquí…
Detuvo el tocadiscos.
—La señora es muy grosera —gruñía alguien.
—Es muy inconsciente…
—Pues ya nos vamos todos…
—Pues como quieran, pero esa pinche vieja se me va de aquí.
Amparo Carmen Teresa Yolanda corrió, corrió desesperadamente, asustada del episodio, del escándalo que seguiría al episodio, sin saber que su miedo no era más que la proyección de un miedo que se remontaba días, semanas atrás. El ruido y el odio, el desprecio, la vergüenza y la incomprensión estaban atrás, no delante de ella. Por eso corría y corría, furiosa, persiguiendo un verdadero vértigo.
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