José Herrera Peral - Momentos

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Momentos es un libro peculiar en el que se mezclan pensamientos breves, frutos de mecanismos de asociación libre con relatos reales y otros ficticios de temáticas no homogéneas, pero con hilos conductores como la amistad, el dolor, el cariño, el exilio, el amor, la libertad, la injusticia o la fantasía. Pero sobre todo es una invitación a la reflexión relacionada con preocupaciones humanas que trascienden el tiempo, como el envejecimiento, los desengaños, las pérdidas irreparables y la solidaridad entre las personas. En fin, es lectura que entretiene, atrapa y nos deja pensando.

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—Ella no dormirá sobre esas sábanas. —Eran amarillentas, viejas, sucias y la almohada, casi inexistente.

Revisamos con ansiedad si en los huecos que divisábamos en las esquinas o tras los rodapiés se escondían otros compañeros de cuarto. Sacamos las toallas que llevábamos en las maletas y algunas camisas, y la extendimos sobre la cama para poder acostar a nuestra hija Carina: ella, con sus ocho meses, nos sonreía y nos pedía un biberón. En el hotel no nos podían suministrar agua caliente, por lo que me dirigí a un bar aledaño y me llenaron dos biberones con el agua de la máquina de hacer café. Volví contento, ya que de ese modo podríamos darle algo de comer a nuestra hija y pasar así la primera noche en nuestro nuevo destino. Cuando Carina se durmió cobijada entre las toallas, nosotros nos miramos y nos sentamos en silencio al borde de la cama: el asco y la repugnancia que nos producía el sitio en el que estábamos y la colosal incertidumbre del futuro inmediato no nos impidió maldormir aquella noche.

Al día siguiente, deambulamos los tres por Madrid buscando algo mejor para poder alojarnos mientras nos íbamos adentrando en la nueva realidad que teníamos por delante. Para estar el menor tiempo posible en el hotel, usábamos para charlar, comer, dar los bibes a nuestra hija o cambiarle los pañales, que entonces no eran desechables, un banco que aún sigue situado en una acera de la Gran Vía, muy cercano a la entrada del metro de Callao; este banco era como nuestro hogar en aquellos días.

Transcurrido un tiempo, conseguimos una pensión a la que nos trasladamos y desde donde comenzamos a luchar para sobrevivir con dignidad, aunque con incertidumbre; eso sí, siempre estuvimos dispuestos, dado que no había otro camino, a intentar integrarnos y terminar siendo parte de este nuevo mundo que habíamos elegido y que nos acogería después tan solidariamente. El empuje y la decisión para sortear muchas de las adversidades sufridas entonces provenían de la fuerza que sacábamos del cariño que teníamos hacia nuestra hija Carina: ella, aunque de aspecto triste y frágil para los ojos de los extraños, era para nosotros el tónico de la vida. Sus hermosos ojos marrones, su mirada tierna y su dulce sonrisa nos daban la fortaleza y el optimismo necesario para sentir que todos los problemas que se nos iban presentando se podrían superar.

Hoy, cuando recuerdo aquellos días, saltan a mi mente como estampas representativas de esos momentos las camas de los dos hoteles en los que estuvimos al dejar el país de mi infancia y el del nuevo mundo que nos acogió. La tierra de mis abuelos significó al comienzo carencias, necesidades, pobreza y desasosiego, pero también fue la libertad, la esperanza y la desaparición del terror. El caminar por las calles, el coger un autobús o volver a casa se hicieron hechos normales y no situaciones impregnadas de desconfianza, ansiedad y miedo, que eran los sentimientos cotidianos en esa Argentina enmudecida y triste. Muchos años después y en repetidas ocasiones, aun viviendo ya lejos de Madrid, he pasado frente al banco de la Gran Vía, que todavía permanece en el mismo sitio. Aunque no soy fetichista, me detengo siempre allí y acaricio sus maderas negruzcas por el hollín y la contaminación; cuando lo hago, siento que me invaden unos recuerdos que invariablemente me conmocionan hasta hacerme llorar.

Colores

Según recuerdo, tenía yo cuatro años cuando me llevaron por primera vez a una peluquería: mi madre y mi padre luchaban conmigo para mantenerme quieto en aquella elevada silla mientras el peluquero se abalanzaba sobre mi cabeza armado de peine y tijeras. Cuando vi caer mi pelo negro sobre la blanca capa de corte, dejé de resistirme, me distraje e incluso quedé fascinado; el contraste de la nívea capa con mi pelo oscuro disparó mi imaginación, que entonces era grande.

Ayer, muchas décadas después de aquello, estaba en otro sillón de peluquería y recordé esa vivencia: la capa de corte que ahora cubría mis hombros era negra. Con cada trozo de pelo cano que veía caer, se emblanquecía el paño y en ese instante sentía que se dispersaban y desaparecían innumerables recuerdos de un tiempo que se agotaba y que más tarde serían barridos del suelo de la peluquería.

Mi abuelo y los sentimientos

Siempre aprendo cosas de mi abuelo Jorge; cada día lo veo más sabio, pero también más escéptico. Ahora está triste porque va a cumplir ochenta y cinco años y en el balance de su vida no cree haber hecho nada de peso por los demás: dice que en el transcurso de su existencia ha intentado no hacer daño a las personas, pero ni siquiera eso ha conseguido totalmente.

Para interrumpirle esa tendencia autocrítica, el otro día charlando con él en su ático le pregunté sobre la perfección y el amor. Se le iluminaron los ojos como le ocurría siempre que le pedía una opinión y se rió de la pregunta. Me dijo que la búsqueda o percepción de lo perfecto es solo una sensación subjetiva mediatizada por nuestros valores culturales y un estado de ánimo mediado por neurotransmisores: estos nos hacen sentir que estamos muy cerca de tener o apreciar las máximas cualidades que se atribuyen en ocasiones a personas, creencias u objetos. Según él, estas sensaciones llevan aparejadas la incapacidad de poder ver la imperfección y siempre tienen un tiempo perecedero. Hizo una pausa y continuó diciéndome:

—En las vivencias emocionales de las personas muchas veces creemos alcanzar estados perfectos que nos hacen sentir que rozamos la felicidad.

Me puso por ejemplo el enamoramiento apasionado y lo describió como una alteración cerebral transitoria, quizás necesaria para la evolución de la especie. Me relató con detalles las sensaciones sublimes que sintió al conocer a mi abuela o también el sentimiento de plenitud y gozo al coger en brazos, tras el parto, a su único hijo: ambas situaciones, para él, perfectas en lo que se refiere a las relaciones con esas personas.

Mientras hablaba, observé que se le humedecían los ojos. Fue en ese momento que sentimos un fuerte portazo en la entrada del ático y vimos a mi abuela avanzar hacia nosotros muy malgestada.

—¡Coño, Jorge! Ya es hora que apagues la luz y te duermas. Ha llamado nuestro hijo y ha dicho que tampoco podrá venir este año a vernos. —Luego, sin siquiera mirarnos, se marchó: ellos convivían en la misma casa, pero estaban separados.

Me despedí de mi abuelo; cerré la puerta y tras ella solo quedó la soledad, el silencio y la incomunicación. Me alejé reflexionando sobre la conversación mantenida: me noté más pesimista en relación a la perfección y su perdurabilidad. Por mi juventud, mis pensamientos se dirigieron al amor y me causó angustia el solo pensar en las fuerzas del desamor, donde con frecuencia se sustituyen los sentimientos eróticos por los tanáticos en el alma de los seres humanos; recordé los hechos de violencia de género y las rencillas y agresiones en los divorcios. Después de meditar un rato, traté de consolarme pensando en María, mi pareja, e intenté animarme creyendo que a nosotros nada de eso nos pasaría.

Unos días más tarde, volví a ver a mi abuelo y le conté mis reflexiones sobre la conversación que habíamos tenido. No me respondió: solo me miró esbozando una sonrisa forzada y permaneció en silencio.

Encuentro

Se vieron y se sonrieron. Se reencontraron en silencio, sin ruidos;

se acercaron el uno al otro con lentitud, irradiando luz.

El tiempo se detuvo: estaban solos en la multitud;

no hablaron: se abrazaron con dulzura formando un solo cuerpo;

se besaron:

besos suaves, pero imantados, sin tiempo; exploraron sus labios,

sus cuellos, su piel…

Noté que se elevaban en el espacio, pero ellos no.

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