Didier Daeninckx - Missak

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La resistencia francesa contra la ocupación nazi convocó a partisanos de diversos grupos, predominando socialistas, comunistas, judíos e inmigrantes antifascistas de distintas nacionalidades. Esta novela relata la historia de uno de ellos: Missak Manouchian y la red de resistentes que dirigía.

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–Me hubiera gustado hablarle... O enviarle una carta, hacerle algunas preguntas...

Le tendió un vaso generosamente lleno de alcohol suavizado con agua fría.

–¡Por su salud! Puede hacerlo, si no está muy apurado... La última vez que envié un correo a mi hermano se demoró tres meses en llegar a Erevan. Luego su respuesta hizo el recorrido inverso en un tiempo récord de siete semanas... Con un poco de suerte, tendrá noticias de ella en Pascua, si no se pierde el correo en el camino.

Dragère estaba enojado por el tono de la conversación. Bebió un largo trago anisado, apretando el vaso un poco más fuerte de lo necesario.

–¿Quién le dice que son los rusos los que tienen mala voluntad? El camino de una carta es bastante misterioso, ¿no?

–Escuche, tengo familia en el mundo entero, en Canadá, en Australia, en Italia. Es parecido con ellos. ¡El correo de ellos se demora! No me siento perjudicado personalmente. Yo sé que hago negocios con mis tejidos, pero de ahí a imaginar que hay un complot planetario para atrasar el correo de los Hampartsoumian hay un margen... De lo que estoy seguro es de que están siendo retenidos como prisioneros...

–¿Todos? ¿Los cinco mil?

–Sí... Agop tanto como Mélinée. Si pudieran elegir, volverían a casa todos juntos...

–¿Dónde leyó eso, en Le Figaro ?

A Stepan le bastó con levantar los hombros.

–En ninguna parte. Si se lo digo es simplemente porque lo pienso. Nadie habla de los armenios franceses que se fueron a construir el socialismo en Armenia. Nadie. ¡Ni Le Figaro ni L’Humanité ! Silencio en la oreja derecha, silencio en la oreja izquierda. Ya no existen fuera del corazón de sus cercanos, de sus amigos...

–Al escucharlo, uno diría que se los llevaron... No se fueron a la fuerza... Fueron voluntarios...

Vertió un poco de raki en el agua turbia.

–Lo peor, es que es la pura verdad... Pasamos noches enteras aquí, en 1947, discutiendo con Agop... Quería convencerme de ir. ¡Yo intentaba hacerle comprender que teníamos que quedarnos! Me mostraba su certificado Nansen y el timbre «Regreso prohibido» gritándome: «¿Quién tiene el derecho de prohibirnos volver a Armenia? Desde hace veinte años que estoy aquí con este trozo de papel. Allá tendré un verdadero pasaporte, seré un ciudadano plenamente». Qué podía responderle... Todavía soy apátrida. Para él, allá estaba El Dorado , donde todo surgía sin esfuerzo, mientras en Francia vivíamos aún con tickets de racionamiento. Como la mitad de la empresa le pertenecía, compartíamos los stocks , las máquinas. Pusimos su parte en el camión, con la inscripción «Hampartsoumian Hermanos» sobre la cubierta. Como no tenía el permiso, yo lo acompañé hasta Marsella, a principios de septiembre, con su mujer y mis dos sobrinas. No sabíamos el nombre del muelle. En un primer momento, los gendarmes nos condujeron a Port de Bouc, creyendo que éramos judíos decididos a retornar a Israel en el Exodus, que estaba en el golfo de Fos... Cuando llegamos al rompeolas Léon Gourret , ahí sí creí que Agop había encontrado su buque, el Rossia . No había visto nunca un barco tan bello, tan limpio, una tripulación tan disciplinada. Eran más de tres mil los que se embarcaban, y había una multitud cercana a las diez mil personas sobre el puerto para despedirlos en su partida. Usted quizá no me creerá, pero, tomado por el ambiente, canté el himno soviético y La Internacional ... La Marsellesa también, varias veces. En la borda habían desplegado lienzos que decían «Viva la República francesa», «Viva la Armenia soviética», «Gracias, Francia, por tu hospitalidad generosa».

–Ve... Con respecto al resto está inventando cosas...

–Si usted lo cree sinceramente, solo puedo proponerle una cosa...

Dragère sonrió, sorprendido de haber puesto en dificultades al dueño de la sociedad StepHam tan fácilmente.

–¿Sí? ¿Qué cosa?

Stepan Hampartsoumian sacó una carta entre las diez que estaban dobladas en una caja de hojalata. El periodista, intrigado, la abrió con precaución.

–Le pido simplemente que lea la primera carta que me hizo llegar mi hermano Agop, seis meses después de haberse instalado en Armenia...

Empezó a leer en voz alta.

Erevan, 12 de febrero de 1948

Mi muy querido Stepan. Como puedes ver, te escribo con tinta negra, a pesar de que desde la escuela, siempre preferí escribir con tinta roja, el color de mis convicciones, pero se me dio vuelta la botella y no he tenido el tiempo para ir a la tienda a comprar otra. No me arrepiento de la decisión que tomé de venir con mi esposa Nouritza y mis dos hijas, Adriné y Ovsanna. Ellas se suman a esta carta con un saludo. Desde que llegamos nos han instalado en una gran casa. A la semana siguiente pude comenzar a trabajar en un taller de tejidos. La comida es buena y abundante. También es muy barata, por lo que nuestros sueldos alcanzan vastamente para pagar todo. Nuestros vecinos nos adoptaron inmediatamente, y nos llevamos todos muy bien. Te equivocaste al no venir con nosotros y querer seguir con esa vida de refugiado, mientras aquí somos considerados ciudadanos soviéticos en toda regla. La policía nos protege, así como nuestro salvador, el mariscal Stalin. Aunque me dé pena estar separado de mi hermano querido, por nada del mundo aceptaría hacer el viaje de regreso. Espero que algún día, el buque Rossia vuelva a hacer una escala en Marsella, y así podamos volver a encontrarnos. Tu hermano para siempre. Agop Hampartsoumian.

Dragère bebió el fondo de su vaso de raki, luego volvió a doblar la hoja de papel que devolvió al mayorista.

–No se puede ser más claro. No entiendo por qué usted está obstinado en defender un punto de vista contrario al de su hermano... Él está bien, ¡sabe por dónde va la cosa, claramente!

–Sí, pero antes de ser tan tajante, señor periodista, permítame precisarle una cosa. Antes de que se embarcaba en el Rossia , con flores en los brazos, hice un acuerdo con Agop. Fue por el nombre del barco que se me ocurrió, el Rossia , es decir, el rojo... Le había pedido que me escribiera con tinta roja si es que las cosas no estaban bien, y de dar vuelta las frases de tal manera que yo debería leer exactamente lo contrario de lo que había en el papel... ¿Entiende usted ahora? Por las restricciones, tiene solo tinta negra a su disposición, ¡entonces me está diciendo que debo leerlo como si estuviera escrito en rojo! Usted me dice que Agop «sabe de qué se trata». La expresión no podría ser más exacta. Mire, por si no le basta...

Y dio vuelta la caja de hojalata sobre la bandeja, dejando al descubierto las otras cartas, todas recubiertas de una fina escritura roja.

–¿Usted trabaja para qué periódico, por cierto? No se lo he preguntado...

Por primera vez, Dragère pronunció el nombre del periódico sintiendo algo de vergüenza.

L’Humanité .

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