Didier Daeninckx - Missak
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–Tienes que mostrármelas...
–Hice un libro con ellas el año pasado. Si pasas a mi casa uno de estos días, recuérdamelo para ofrecerte un ejemplar. No es que esté muy satisfecho, pero existe... Si en algún momento el editor decidiera reimprimirlo, me las arreglaré para poder poner ahí esta foto de los «conspiradores», me gusta bastante.
Se subieron a la motoneta y partieron hacia la Puerta de Saint Denis, con el rostro ardiendo luego de unos cien metros de desplazamiento por un aire glacial. La banda de los Enragés disponía de un local cercano a la iglesia de Notre Dame de Bonne Nouvelle. Nuevamente, solo encontraron jovenzuelos. El sexteto estaba compuesto de varones jóvenes, entre 18 y 20 años, que estudiaban a dos pasos de ahí, en la escuela técnica de radiodifusión. Apasionados por el jazz, habían formado su conjunto para romper con la monotonía de los estudios y para intentar también asegurar su financiamiento con fiestas. Tenían el sueño de firmar un contrato con uno de los numerosos clubes que tenían reputación en el barrio Saint Germain. Tocaban sin equivocarse, con la misma aplicación que debían ocupar para aprender ecuaciones. La desgracia no estaba en la reunión, tampoco el dolor.
Dragère se abstuvo de decir lo que pensaba verdaderamente, que los Enragés eran niños buenos que respetaban el pentagrama como si se tratara de un paso peatonal.
Al momento de retomar la moto, Louis le anunció a Willy que la redacción acababa de confiarle una nueva investigación (inventó, pensando quizá en la madre de Odette, una sumersión en el mundo de los hospitales), que la serie sobre la juventud parisina fue suspendida por un mes. Le pidió que lo dejara en la calle du Louvre, en el periódico, donde quería consultar los archivos.
En la mañana, después de los múltiples intentos de los días anteriores, la nieve había terminado de recubrir la ciudad. Un trazo blanco, algodón luminoso, subrayaba las ramas de los árboles, y los pájaros, posando sobre ellos, lo transformaban en puntos. Dragère se mantuvo un largo momento ante la ventana, con una manta sobre la espalda, como un niño en su primera navidad. Su respiración imprimía un halo temporal en el vidrio. Repartió las pequeñas brasas que quedaban aún bajo la ceniza, luego acercó un taburete a la chimenea para beber su café junto al calor renaciente. La mitad de la mañana fue dedicada a la lectura de los viejos números de L’Humanité sacados la noche anterior de los viejos montones de ejemplares. Leyó los informes de las más recientes manifestaciones organizadas en homenaje a los fusilados de febrero de 1944, descubriendo en el cuerpo de los artículos algunos fragmentos de lo que escribían los periódicos colaboracionistas, ya sea Le Matin , Paris-Soir , L’Oeuvre o Aujourd’hui , con respecto a Manouchian y sus camaradas.
Manouchian tiene un rostro moreno, sus pómulos son altos, pero a la altura de sus labios sus mejillas son flácidas y bajas, con un pliegue como de perro... Spartaco Fontano es asqueroso. Rubio hinchado, con la piel pálida, de parpadeo constante... Estos veinticuatro judíos nos costaron la muerte de ciento cincuenta franceses... Todos son extranjeros. Ninguno de origen francés. Su líder es espantoso. El sadismo judío se despliega en sus ojos de desprecio, las orejas en forma de coliflor, los labios gruesos y colgantes, la cabellera crespa y gruesa...
Hacía ya suficiente calor en la pieza como para lavarse de la cabeza a los pies, desnudo ante el lavamanos. Se cambió completamente, puso fin a su metamorfosis domesticando su cabellera con Pento y se puso la cazadora para enfrentar al invierno. Ya en la acera, se cruzó con Petit René, que empujaba la carreta en la que su compañera, Mado, ya borracha, estaba echada en medio de objetos encontrados en el camino: una marmita abollada, una jarra con un borde roto, una cabeza de muñeca de celuloide fijada sobre el mango de una escoba... Dragère pasó ante el Archiduc sin detenerse. Dirigió sus pasos hacia Le Celtic , en el boulevard de la Chapelle, que disponía de una verdadera cabina telefónica. El número de la calle de la Sourdière no respondía. Contó una veintena de tonos antes de colgar y marcar el número del molino de Saint Arnoult. Una voz masculina se escuchó inmediatamente.
–Sí, aló...
Lanzó de una sola vez todo el monólogo que había pensado mientras se preparaba y que luego había repetido durante todo el trayecto.
–Buenos días, me llamo Louis Dragère, soy periodista en L’Humanité y llamo de parte del secretario del señor Jacques Duclos... Me gustaría hablar con el señor Louis Aragon a propósito de Missak Manouchian... O mejor juntarme con él, si su agenda lo permite...
–El señor Aragon está en una reunión de trabajo... Le daré su recado lo antes posible. ¿Puede llamar a mediodía? Si no respondo yo, pregunte por Ernest.
Mató el tiempo desbrozando las escasas notas tomadas la noche anterior en la calle de la Lune, estructurando el artículo que esperaba sacar de ellas. Lo más importante siempre era el inicio, el anzuelo que pescaría al lector desprevenido:
Algunos podrán sorprenderse de que en este periódico nos interesemos en jóvenes que no parecen tener más que una pasión: el jazz, ¡un estilo de música americano! Estudian técnicas de radiodifusión en una de las mejores escuelas del país, sus padres hacen el sacrificio de 1000 francos por trimestre en su escolaridad... Y, sin embargo, propónganles dejar todo en suspenso, los audífonos, las conexiones eléctricas, y tocar Saint James Infirmary en una guarida llena de humo, y no lo dudarán ni un segundo. ¿Su nombre? Les Enragés...
Cuando volvió a llamar al molino, Ernest le explicó que el escritor debía ausentarse por varios días, que no iba a disponer más que de unos instantes, hacia el comienzo de la noche, para recibirlo.
–Dígale que le agradezco y que estaré en Saint Arnoult a las siete en punto.
Dragère tomó el metro para dirigirse a la estación Montparnasse. Como le quedaba tiempo aún, fue hasta la calle de la Gaîté para comprar una tartaleta de cerezas en el Lapin Blanc , una pastelería que su madre consideraba la mejor de París. Saboreó el pastel mientras miraba las fotos de un cantante desconocido, Jacques Brel, expuestas en el vestíbulo de Bobino , luego se dirigió hacia el Texas , un cine en lo alto de la calle. El espectáculo de la pantalla desbordaba hacia la sala, ya que la pantalla estaba rodeada por ambos lados de figuras en tubos fluorescentes que representaban a imponentes cowboys que hacían girar sus lazos por sobre sus Stetson . Todo aquí era de otra época, sillones con el acolchado hundido, sillas plegables en su agonía, pantallas parchadas, la cortina publicitaria que mostraba comerciales desparecidos desde hace años. Incluso las copias proyectadas, llenas de rayaduras, rompiéndose más veces de las que se proyectaban. De hecho, uno no compraba un boleto en el Texas por la película, sino para fundirse en el público, matarse de la risa con las réplicas, subrayar las debilidades de las historias, burlarse del juego de los comediantes. Al inicio de aquella tarde, los espectadores no estaban muy en forma y él siguió las peripecias de El rebozo de Soledad , interpretado por Pedro Armendáriz, a quien ya había visto responderle a John Wayne en Fuerte Apache . Esperando la partida del tren, anunciado para las cuatro y media, sacó una pequeña pinza niquelada del bolsillo y procedió a cortarse las uñas metódicamente.
Capítulo 4
Una vez pasado el suburbio, transformado en un barrial por el mal tiempo, la nieve seguía en el suelo, primero en las grietas de las zanjas, en las orillas de los pastos, luego de manera cada vez más extensa, cubriendo las ondulaciones del paisaje. Una vez llegado a Rambouiller, debió esperar más de tres cuartos de hora para disponer de un taxi cuyo chofer, un fumador de pipa con el rostro redondo rodeado por una barba densa, permaneció en silencio durante la carrera. Bajo pretexto de que su servicio había terminado, rechazó la propuesta que le había hecho Dragère de que lo esperara, para llevarlo a la estación y así estar seguro de poder tomar el último tren en dirección a París. Bajó del vehículo y se adentró en el pavimentado patio interior, iluminado por el haz de luz de los faroles. Un hombre de unos cuarenta años, vestido con un pantalón de terciopelo negro y un suéter ancho del mismo color, vino a su encuentro.
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