Laureano Debat - Barcelona inconclusa

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Barcelona inconclusa nace de un blog de viajes en el que durante cinco años el periodista y escritor argentino Laureano Debat piensa y narra una ciudad que no es todavía la suya, para apropiársela a través de la escritura. Adoptando la actitud del cazador de la que habla Martín Caparrós y desde una mirada que oscila entre el odio a la ciudad marca y la fascinación por sus prodigios, todo puede ser detonante y leitmotiv de las crónicas: el arte contemporáneo y la arquitectura urbana, el piso compartido con dos prostitutas, los trabajos precarios, el turismo, el esoterismo, los rituales argentinos, los deportes, la música indie, las librerías, la sociedad de consumo, los atentados terroristas o los barrios del extrarradio barcelonés. La duda permanente sobre sus pensamientos y percepciones, y un perspicaz sentido del humor alimentan el estilo narrativo de estas polaroids de palabras, cuyo denominador común es el movimiento continuo: caminatas, viajes en metro, autobús y bicicleta, pero también la expectación efímera ante una pared palimpsesto que se modifica cada día. El cronista sigue un rumbo similar al de esos personajes inmigrantes que escritores como Sebald, Chejfec o Teju Cole sitúan en ciudades que a la vez los desbordan y estimulan. Como ellos, Laureano Debat devora las calles que pisa e indaga en sus recovecos, matices, paradojas, reivindicaciones y extravagancias. Siempre desde la incertidumbre e intuyendo que se va desprendiendo de su yo en cada paseo inconcluso, que la dialéctica con la ciudad lo va transformando en otro.

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Vuelvo a mi casa por Enric Granados. Las calles que la cruzan justo después de Aragó ilustran las conquistas del viejo reino homónimo: València, Mallorca, Provença, Rosselló y Còrsega. Camino a casa, todas las conquistas, una por una. Camino a casa, el esplendor de la corona. De regreso al trabajo, a las 19 h, cuando cae el sol, las conquistas se pierden, en orden decreciente, una por una: Còrsega, Rosselló, Provença, Mallorca y València. Hasta llegar a Aragó y volver a abrir la puerta del restaurante.

Mónica es una rubia teñida de Bahía Blanca. Habla con voz nasal y hasta parece una mujer guapa. Es muy raro que te mire a los ojos, quizás porque siempre está hablando por el móvil o con alguien sobre algo que implique dinero, inversión, construcción y otros derivados de la economía. Me entrega un montoncito de flyers. Noto sus dedos fríos y su mirada, esta vez sí, directa a mis ojos. Inquisidora. Y sonriente.

Si el sibarita y el mundano tenían un punto en común o uno era una versión del otro, hay dos tipos que son claramente antagónicos. Hablo del interferente y del sintonía . En el interferente entran los padres de familia anglosajones o escandinavos, que caminan veloces, controlando de cerca a sus hijos que van como patitos en fila. Estos padres van siempre con cara de estar pensando en algo más, en algo que está sólo un poco más allá de las farolas, las tiendas y los automóviles de la avenida. Por eso la interferencia: el flyer lo saca de su letargo intelectual de curtido buen viajero. Y eso no puede ser. La otra cara de la moneda es el sintonía , el que agrupa a la familia árabe tipo, en su amplio y heterogéneo conjunto. El padre de familia árabe camina muy lento, cargando su panza maciza con absoluta despreocupación. Sus hijos se le cruzan, van y vienen, se pegan y se gritan. Y él, imperturbable, con su mujer detrás en silencio. El flyer no sólo no le molesta sino que se detiene al recibirlo, lo estudia sin apuros y agradece con una palmada en el hombro.

Otra vez en mi puesto para completar la jornada. Recorro con la vista la fachada de la Casa Batlló. Nunca puedo dejar de mirarla. Las ventanas cavernosas, las columnas como huesos, el confeti psicodélico. Y los mitos sobre su interpretación. Hay quienes hablan de un arlequín que arroja papel picado sobre los balcones, rememorando el carnaval. Y están los más épicos que hablan de un homenaje a la leyenda de Sant Jordi: arriba está el dragón, los balcones serían las calaveras de los hombres que se comió el animal, las columnas los huesos, aunque una de ellas, en su parte superior, termina en una flor. Y lo que antes se veía como confeti, desde esta perspectiva sería la sangre del héroe catalanizado. La polémica sigue viva y aumenta el mito sobre el Gaudí que algunos consideran místico, otros católico, otros masón.

Lo que sí es seguro y no admite discusión alguna en este rincón de Barcelona es que los cabezas de familia son un objetivo básico para la captura de clientes. El flyer placebo es el indicado para los padres que llevan el carrito de bebé a cuestas. Es fijo: hombre con carro siempre acepta, sin excepción. Ese pequeño cuadrado de papel le sirve de distracción (fugaz, momentánea) en su marcha monótona, a sus ojos apesadumbrados de padre primerizo con nostalgia de esos veintipocos años que nunca volverán.

A veces, sobre la marcha, la táctica se acomoda y apunta a los niños. A esos que te miran por ser algo un poco diferente de toda esa monotonía incomprensible de maniquíes calvos y palacetes modernistas que sus padres les obligan a ver. Cuando el niño recibe el flyer, su hermano inicia una corta estampida para tener el suyo, acercándose corriendo tan celoso a reclamar igualdad de oportunidades.

Una última tipología es la del flyer marcial , el que determina una disciplinada espera de todos los integrantes de la familia. Funciona así: ante el intento de alcanzarlos con el trocito de papel, todos esperan unos segundos mirando al padre de familia. Es él quien debe tomar la sabia decisión de aceptarlo o no. Si lo toma, ahora sí, todos se acercan a la órbita del sensei para compartir su observación silenciosa. Si no lo toma, la familia espera las explicaciones pertinentes en un pequeño debate, pequeñísimo, que dura los pocos metros que me separan de la Casa Batlló.

Alzo la vista: tantas oficinas desconocidas, tantos edificios ocupados por los descendientes de los burgueses ricos que se quedaron, aquellos que no huyeron hasta la montaña cuando el Eixample se masificó de clase media. Me gustaría saber dónde está Mónica. La imagino riendo con sus comisuras de Nosferatu parafinado, mirándome a mí desde arriba, diminuto, tratando de localizar en vano su refugio. Puteo a Cerdà por haber diseñado el Passeig de Gràcia tan amplio, tan abrumador.

Cerca de las 20 h, cuando ya queda poca gente en la esquina, me aburro más que de costumbre y camino un poco, sólo un poco, lo suficiente para no salir del radio visual de Mónica. Llego hasta la Casa Ametller con pasos lentos y me detengo en el diseño de Puig i Cadafalch. La fachada irregular, dos mitades diferentes, la huella de los palacetes medievales belgas en esta rémora de la casa de Hansel y Gretel en honor al empresario chocolatero. Y las esculturas: Sant Jordi rodeado de animales mitológicos de toda índole, hasta un mono que me saca una foto con su cámara de principios del siglo XX. Miro las baldosas de corales. Siguen impecables. Sólo algunas colillas de cigarrillos. Y nada más. ¿Dónde van los flyers cuando mueren? A las papeleras, siempre. Es de mal gusto verlos muertos, hechos unas bolitas amorfas sobre el piso del Passeig de Gràcia. Por eso la esquina tiene buena provisión de cementerios de flyers, tarros de hierro que guardan un acervo de huellas digitales.

TU NOMBRE ME SABE A HERBALIFE

La electrónica mezclada con reggaetón funciona siempre, la contundencia de los graves sampleados con dosis de calorcito caribeño. El optimismo y la energía unidos al triunfo en el paraíso terrenal. El tum-tum-tum de los que miran para adelante. Como Mark Hughes, que corre sobre el escenario como un pastor evangelista, mientras sus ovejas disfrazadas de verde le van chocando la mano.

Las imágenes pasan a toda velocidad. Jugadores del Barça. Congresos multitudinarios. Atletas. Jugadores del Inter. Gargantas que beben de un grueso tarro de plástico. Fisicoculturistas. Camiones de transporte. Todo con el mismo sello: tres hojas verdes encerradas en un círculo negro, sobre el rótulo de un sueño llamado Herbalife.

Un sueño que comenzó Mark Hughes y que lo convirtió en un gurú mundial de la vida sana. Al parecer, la utopía nació después de que su madre muriera por su adicción a las pastillas para adelgazar. Mark no quiso que a nadie más en el mundo le pasara lo mismo. Por eso, contrató al gerente de marketing de Disney. Y se hizo millonario creando una red descentralizada y global de vendedores de polvos nutritivos y energéticos que se diluyen en agua. Una verde telaraña que se expande de manera viral por todo el planeta, profetizando el Evangelio Nutricional del Siglo XXI.

Antes de sentarme a ver el vídeo, yo estaba parado en la puerta de una oficina insólita del barrio de Sants. Una puerta de vidrio pintada íntegramente de verde oscuro y un cartel escrito en Word que decía “Centro de bienestar”.

A escasos metros, una unidad móvil de los Mossos d’Esquadra vigilaba de cerca a un grupo de cubanos y portorriqueños que posaban como Latin Kings, sacando el culo para afuera, con gorras violetas, zapatillas brillantes y miradas Daddy Yankee. El olor rancio de la comida de los bares invadía la calle angosta y mis compañeros de entrevista laboral hacían cola para entrar: un cuarentón con chinelas blancas y un aro enorme dorado en su oreja izquierda, un árabe sexagenario, una chica guapa. La melange que seguía creciendo y yo que fumaba apoyado en una columna de luz, con un saco que compré por 5€ en la tienda de ropa usada Humana.

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