A un metro de un kiosco de revistas y souvenirs se arrodilla un tipo muy bien trajeado. Los ojos cerrados hacia el cielo, los brazos en posición de plegaria. Está silencioso e inmóvil, con un tarro de latón al costado, sin el cual la gente lo tomaría por loco y no por mendigo. De todas formas, lo miran y se ríen, como si miraran a un loco desprovisto de latón. Las monedas caen y suenan, sonrientes.
La estatua viviente de Troll Rojo descansa fumándose un cigarrillo, mientras se rasca el culo como puede, metiendo la mano entre el armazón de su disfraz. De a ratos, observa de soslayo a su desigual competidor: un filipino bajito disfrazado de Abominable Hombre de las Nieves. Parece salido de una fiesta de disfraces que acabó hace un mes. Corretea a los turistas imitándolos como puede. Es un imitador de los imitadores de personas. Un imitador de clowns del teatro espontáneo. Su pobre desparpajo saca más risas que su talento, muchas más risas que monedas. La gente se divierte mucho en las Ramblas.
Los grupos caminan como si se deslizaran. No hay reverberación de tacos, todo sonido parece absorbido por la vereda gastada. Hasta los gritos. Los ruidos conviven en una ópera posmoderna, musicalizada con los soplidos de una flauta dulce que un anciano intenta convertir en notas, mientras la solapa de su chaqueta militar le va dando ventosas cachetadas. A su lado, un joven rubio tirando a albino, con gafas y cara de no saber muy bien dónde se encuentra, levanta una pancarta que dice “necesito dinero para comer caviar y beber champagne”. El mismo cartón, en el reverso, dice “necesito dinero porque mi mujer me pega y porque cobro poco”.
Todo se torna muy fotogénico en las Ramblas. No hay turistas papparazzi. Nadie tiene el decoro de esconder sus tomas. Sólo se dispara, se captura y se guarda. Una buena foto puede ser la del imitador de Ronaldinho o la de la estatua viviente Faraón o la de ese chico al que le salen deformidades por la espalda como estalactitas o ese sujeto con el rostro quemado que se tira agua en la cara de manera intermitente y que muestra sus falanges mordidas por las llamas, mientras mueve esas dos bolitas oscuras y líquidas que ya no pueden mirar a nadie.
Bajando más, en dirección al mar, una mujer árabe camina muy agachada, casi en 90 grados. Lleva su mano derecha tiznada, arrugada y erguida. Es lo único firme de ese cuerpo desvencijado, cubierto de harapos negros y de burka. Ni siquiera muestra sus ojos, prefiere hundirlos en su lento temblor. Hay otra mujer sentada en el suelo que hilvana frases incomprensibles y se ríe y tira las monedas que consigue hacia arriba como si jugara con ellas.
Llegando al mar, na-moneda-sis-plaaaa es lo único que grita un tipo arrodillado, exponiendo su argumento: una pelota cartilaginosa en lugar de una mano, lisa y rosada, en la que sobresale un dedo diminuto. Llegando al mar, una postal navideña atemporal, sin luces y con mucho alcohol: un borracho tambaleante con un disfraz sucio de Papá Noel que no pide sino abraza unas monedas, ofreciendo a cambio ininteligibles rumbas catalanas. Frente al puerto viejo, la estatua de Cristóbal Colón dando la espalda a todo el espectáculo.
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