Laureano Debat - Barcelona inconclusa

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Barcelona inconclusa nace de un blog de viajes en el que durante cinco años el periodista y escritor argentino Laureano Debat piensa y narra una ciudad que no es todavía la suya, para apropiársela a través de la escritura. Adoptando la actitud del cazador de la que habla Martín Caparrós y desde una mirada que oscila entre el odio a la ciudad marca y la fascinación por sus prodigios, todo puede ser detonante y leitmotiv de las crónicas: el arte contemporáneo y la arquitectura urbana, el piso compartido con dos prostitutas, los trabajos precarios, el turismo, el esoterismo, los rituales argentinos, los deportes, la música indie, las librerías, la sociedad de consumo, los atentados terroristas o los barrios del extrarradio barcelonés. La duda permanente sobre sus pensamientos y percepciones, y un perspicaz sentido del humor alimentan el estilo narrativo de estas polaroids de palabras, cuyo denominador común es el movimiento continuo: caminatas, viajes en metro, autobús y bicicleta, pero también la expectación efímera ante una pared palimpsesto que se modifica cada día. El cronista sigue un rumbo similar al de esos personajes inmigrantes que escritores como Sebald, Chejfec o Teju Cole sitúan en ciudades que a la vez los desbordan y estimulan. Como ellos, Laureano Debat devora las calles que pisa e indaga en sus recovecos, matices, paradojas, reivindicaciones y extravagancias. Siempre desde la incertidumbre e intuyendo que se va desprendiendo de su yo en cada paseo inconcluso, que la dialéctica con la ciudad lo va transformando en otro.

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Yo no me olvidé. No puedo olvidar. Escribí mucho sobre ella y Jimena, sobre mi vida con las dos en un piso compartido y enorme en el Gaixample. Mantuve durante 9 meses una bitácora doméstica en libretas que llenaba desde la soledad de mi habitación, con el sobrio patio de un convento de monjas de clausura a mis pies.

Esa imagen del patio de monjas fue lo primero que me impactó el día que fui a conocer la casa. Una paradoja: lo primero que me llamó la atención estaba fuera. Unos días después de mudarme descubriría que ese primer impacto sería el espejo inverso de otro impacto, interior y doméstico.

Pero ese día, después de la visión casi fantasmal de esa monja anciana regando las plantas de su jardín, volví a la órbita de la casa y comencé a contar. Los primeros objetos me parecían exagerados, numerosos, demasiados: quince toallas blancas colgadas en el tendedero del balcón interior, siete ceniceros en el fregadero de la cocina, cinco habitaciones en una casa en la que seríamos tres personas. Todo parecía digno de estadística.

En el pasillo principal, Sonia abrió un cajón enorme que siempre estaba bajo llave. Y ya no pude seguir contando, tuve que rendirme ante la catarata de cajas y blísteres con pastillas de todos colores. En un movimiento mecánico, muy calculado, escogió un puñado y se lo metió en la boca, empinando una botella de Aquarius.

Una vez acabada la guía doméstica, me tomó del brazo y me acercó su cara para decirme que aquí siempre está todo ordenadito y que aquí no tenía más que pedir lo que yo quiera, cariño, que me sintiera en casa.

En la cocina coordinamos los detalles del día de la mudanza, mientras iba sacando del lavarropas una montaña de bragas y corpiños que desplegaba sobre la mesa. Sus tríceps se marcaban tensos en cada movimiento con el que doblaba la ropa interior y le tomaba el olor a cada prenda, músculos firmes en cada cucharada de atún de lata que iba alternando con el trabajo doméstico.

Lo último que me dijo antes de despedirnos fue que estaban todo el día en la casa, que me mudara a la hora que quisiera. Que si no estaba ella estaba Jimena. Que las dos trabajaban allí.

II

Cualquier discusión con Sonia se resolvía con mucha facilidad, incluso durante los primeros días de convivencia, esos en los que se supone que dos personas deben medirse y tantearse para ver hasta qué grado de intimidad se puede profundizar en una charla. Esas leyes no escritas de la diplomacia de los pisos compartidos. Pero con Sonia se borraban todos los protocolos. Los diálogos con ella siempre eran demasiado naturales, aunque estuviese maquillándose frente al espejo, vestida de mucama y con un tanga rojo embutido en el culo. –¿Te puedo hacer una pregunta?

–No tengo tiempo, mi amor. Está por venir, Walter. Así que te resumo: sí, soy puta. Las dos lo somos. Estás viviendo con dos putas.

–No, mirá, yo no es que tenga inconveniente, es que…

–Entonces nada, cielito. ¿Todo bien?

–Sí, claro. Estoy contento acá. Pero ¿por qué no me lo dijeron?

–Pensamos que te habías dado cuenta, mi amor. Tampoco era tan difícil ¿no?

–Bueno, yo no estoy mucho en casa tampoco y no te había visto así vestida, qué se yo…

–Tranquilo, bebé. Ven que te doy un besito. Muaaaá. ¡Ay, te he dejado la marca! Perdón, perdón. A ver… ya está.

–¿Es para vos el timbre?

–Sí, sí. Es Walter, un VIP. ¡Hasta ahora, cariño! Tú relájate y haz tus cositas. No tienes nada de qué preocuparte con nosotras. Estarás viviendo, a ver, cómo decirlo… ¡la vida en rouge! ¡Voilà!

Y cerró con fuerza la puerta del pasillo, riéndose y dejando la estela impregnada de Poison, su perfume de Christian Dior. Había pasado una semana de la mudanza y todavía seguía sin conocer a Jimena. Hubo noches de gritos de mujeres peleando, portazos, sonidos de tacones lentos y suspiros. Y por la mañana, estelas de perfume mezcladas con alcohol y tabaco, que solo podían ser de ella, de Jimena, porque Sonia no fuma ni bebe.

III

Durante mi segunda semana dentro del camarín de las putas me dispuse a un detallado y solitario reconocimiento del terreno. Soy lento. Me adapto bien, eso sí. Pero soy lento, sobre todo para instalarme. No soy un neurótico del confort, así que tardo días en deshacer maletas y minutos en hacerlas para cualquier viaje.

El cuarto que me asignaron se usaba, también, como trastero. Y siguió siéndolo, en parte, porque el armario guardaba objetos del pasado de las chicas, que mantenían un orden sistemático en toda la casa con excepción de este mueble. Pensaba que poner toda mi ropa en el armario y acomodar mis papeles y libros en el escritorio sería un trámite. Pero no lo fue: tuve que hacerme sitio, previa confección de dos inventarios.

Inventario de objetos del armario:

- 1 par de patines color rosa del tipo roller tamaño niña.

- 4 edredones negros de 2 plazas.

- 5 caballetes de madera.

- 2 cajas de cartón grandes y pesadas rotuladas como “Fotografías” y encintadas con muchas vueltas.

- 2 pares de medias del tipo soquetes de color lila con flores estampadas.

Inventario de objetos del escritorio:

- 1 oso de peluche blanco con el logo “I Love NY” colgado en el cuello.

- 1 cuaderno con hojas arrancadas y dibujos de niño con motivos de soles, personas, casas y árboles.

- 1 monitor de ordenador Hewlett Packard y 1 impresora Epson sin enchufes ni cables.

- 14 lápices de colores apenas usados.

- 3 botes vacíos de crema antiarrugas.

Dejé todo tal cual, apilado a un costado, y me hice un lugar para poner la ropa. Revisé mi cama de dos plazas y media, con su cabecera imitación de cama antigua, saltando en el colchón sin escuchar el mínimo ruido, a pesar de que los caños se movían en cada salto, amenazando con derrumbar toda la estructura. No podía explicar semejante incoherencia de la física, hasta que descubrí unos soportes en forma de L unidos a los cuatro vértices, un refuerzo adosado para evitar el ruido.

Podía imaginarme a Sonia atada a la cabecera con unas esposas o aferrada con sus brazos duros fingiendo orgasmos increíbles. Me encantaba mi cama y me prometí hacer todo lo posible para sacarle el máximo provecho durante mi estadía. Pero al mes siguiente la cambiarían por otra, luego por otra y otras más. Nunca supieron explicarme a qué se debía esta rotación permanente de las camas.

La casa estaba dividida en dos partes. La cocina era la frontera, territorio neutral compartido. Hacia el lado de la calle, vivían Sonia y Jimena, con sus tres habitaciones y un largo y oscuro pasillo que comunicaba con el portal de entrada. Hacia el lado del convento, mi rincón: una habitación con balcón interno frente a otra habitación que Sonia llamaba “El Escritorio” y que siempre estaba cerrado con llave. En medio de las dos, un hall muy iluminado por el pulmón de manzana con un televisor de 50 pulgadas, una Play Station y un sofá negro de dos plazas.

No había un solo cuadro en toda la casa. Las paredes siempre se mantuvieron blancas, impecables. La casa entera parecía un territorio de paso y de nadie.

IV

Recién a los 15 días de entrar en el piso pude conocer a Jimena. Desde mi habitación escuchaba el televisor encendido en la cocina, un talk show con una voz chillona que no me permitía seguir acostado. En un extremo del sofá del hall alguien había dejado mi ropa lavada, planchada, doblada y perfumada. En la otra punta, la perra shih tzu dormía despatarrada y boca arriba. Me levanté, le acaricié la barriga y se estremeció. Parecía estar en un sueño profundo, pero de repente abrió los ojos y salió corriendo hacia la puerta de entrada.

Adiós, cariño, adiós, que vaya bien, nos vemos prontito, chaucito, chaucito, muuuua, jeje, adiós, adiós . ¡Ay, pero bienvenido, corazón!

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