23:30 PM. En esas estaba cuando el comentario de Susana le devolvió a la realidad.
–¿Qué coño hace esta aquí? –masculló entre dientes. Evidentemente era una pregunta retórica. No obstante, Sara se giró para observar el rostro de Susana. Sus ojos se oscurecieron y dejaron ver una ligera mueca de dolor. Un dolor profundo. Era una mirada familiar. Una mirada de desamor.
Decidió preguntar ella misma, Susana estaba demasiado pendiente de los movimientos de aquella policía. ¿Estaba sintiendo celos? ¿Acaso estaba empezando a sentir algo hacia Susana? Pero si la acababa de conocer.
“No, Sara. Sientes solo curiosidad ante esta extraña situación. ¿Qué le habrá pasado a Susana con esta chica policía para ponerse así de agresiva?”. Pensaba mientras se giraba para preguntar a la persona más próxima.
–Disculpe, ¿sabe qué ha pasado? –preguntó al señor que se encontraba a su izquierda.
–Es la niña del señor Francisco. ¡Qué desgracia, por favor!
¡Una niña! ¿Estaría muerta? ¿Herida? Los gritos desde el interior de la casa le hicieron volver su mirada hacia la puerta principal. En la penumbra del interior se podía ver a varias personas adultas sujetando en brazos a una mujer que parecía de trapo, una marioneta. Parecía como si en cualquier momento se fuera a desplomar.
–¡Mi niña! –era lo único que podía entender. Su niña, su hija. Esa mujer era la madre de la niña del señor Francisco. Esto no pintaba bien, algo grave había sucedido.
De nuevo notó que le tiraban del brazo.
–Sígueme –insistía Susana sujetando su antebrazo derecho. Por supuesto, Sara no tenía otra elección.
Se sentía bastante asustada. Era demasiado para tan poco tiempo. Algo realmente serio estaba pasando y no sabía si estaba dispuesta a investigar más allá de la vuelta de la esquina. Evidentemente, Susana no compartía para nada ese pensamiento. Cuando se dio cuenta, ya estaban las dos plantadas frente a la chica policía del principio.
“¿Cómo hemos llegado hasta ella? Esta mujer va a ser una buena policía, o defensora, o como sea que se llamen las personas que aprueban esas oposiciones. Es rápida como una bala”, pensaba Sara al tiempo que Susana ya estaba preguntándole a aquella chica.
–Hola Blanca. Cuánto tiempo. ¿Qué haces aquí?
–Hola Susana, qué grata sorpresa.
–No mientas, qué haces aquí y qué está pasando. Y a ver qué me dices porque sé que la Guardia Civil está ocultando información, así que desembucha.
“¿Desembucha? ¿Está de coña? Solo ella podía utilizar esa palabra tan pasada de moda. Esta chica es realmente peculiar”.
–No puedo decirte mucho, Susana –aquella mujer policía no parecía sorprendida por la palabra que acababa de escuchar. Eso solo podía significar que se conocían lo bastante como para no extrañarse –. Y, por cierto, ¿tú eres…? –en ese momento miraba a Sara.
–Sara López, agente –Sara aprovechó para consultar con el rabillo del ojo el rostro de Susana más por curiosidad que por otra cosa y su mirada escrutadora se topó con la de ella. Un escalofrío rápido le recorrió la columna otra vez.
–Está conmigo, Blanca, vamos. ¿Qué coño está pasando aquí?
“¿Estoy con ella? ¿Qué ha querido decir?”.
La mujer policía giró bruscamente la mirada para analizar a conciencia a Sara en ese momento, quien se sintió más que observada, interrogada. ¡Esa mujer estaba celosa de ella! Lo que faltaba, era una ex de Susana. Estaba claro.
–Ven, alejémonos un poco de aquí, hay demasiada gente –contestó por fin la agente.
Así lo hicieron y las tres caminaron hasta el coche patrulla que se encontraba dos casas más para allá.
–Es el segundo asesinato –dijo Blanca, la mujer policía.
“¿No me digas? ¿Tanto secretismo para algo tan obvio?”, pensó Sara.
–Y este es más brutal si cabe que el anterior, encima es una niña. Una niña pequeña. Solo tenía siete años.
–¿Qué tiene de especial? –preguntó Susana.
–Ha sido muy violento, esa mujer de ahí dentro no va a poder dormir sin pastillas en toda su vida, eso seguro –se refería a la madre, a la que sujetaban por los brazos como una marioneta–. Algo fuera de lo normal, y no solo porque estamos en este pueblo en mitad de la montaña. Alguien o algo está suelto y hay que detenerlo.
“¿Alguien o algo? ¿Qué quiere decir eso, señora policía? ¡Por supuesto que tienen que detenerlo, para eso está aquí, digo yo!”. Sara quiso gritar estos pensamientos pero el instinto y la cordura permitieron que se los guardara para sí.
–¡Sara! –gritaba Susana–. ¿Qué te pasa? Vámonos. Te he llamado tres veces.
–¡Oh!, lo siento, estaba pensando en mis cosas… –estaba paralizada de terror, más bien. Se había perdido la mitad de la conversación entre Susana y Blanca. Había desconectado totalmente al escuchar esa expresión: alguien o algo.
–Gracias, Blanca. Espero que nos veamos antes de que te vayas. Ah, y por cierto, deseo que todo te vaya bien.
–Seguramente nos volveremos a ver. Vamos a estar toda la noche patrullando. Tened cuidado, chicas, es mejor que os vayáis a casa. Y sí, las cosas me van muy bien, gracias.
Hubo un silencio molesto que duró apenas unos segundos, unos segundos que se hicieron eternos porque esas dos atractivas mujeres se miraban y, sin hablar, se decían tantas cosas que olvidaron que Sara estaba allí. Solo cuando Sara se movió inconscientemente pensando que estaba de más, Susana salió de su ensimismamiento y la cogió por el brazo al tiempo que se despedía de Blanca.
00:20 h. Tras la confesión de la mujer policía y todas esas miradas entre ella y Susana, el tiempo parecía haberse detenido en el pueblo. Pero solo parecía. El velatorio seguía su ritmo natural y mucha gente ya se había ido a su casa. Bien por el cansancio o bien por el consejo de la Guardia Civil, que se había dirigido allí para recomendar a todo el mundo que se quedara en sus casas. Las puertas de la casa de la señora Victoria estaban cerradas ahora. En su interior solo quedaban Silvia, Jesús, Gloria (la hija de ambos) y el señor Simón, que había cambiado su graciosa indumentaria de la mañana por un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca y ahora mismo daba cabezadas sentado en una de las sillas frente a la mesa del café.
Sara y Susana se acercaron a Silvia y le anunciaron que se marchaban a casa pero que iban a estar despiertas por si necesitaba cualquier cosa.
–A cualquier hora, Silvia. Estaremos despiertas –fueron las palabras de Sara que sufría solo de ver la triste mirada de su amiga en ese momento tan duro.
Alguien o algo. Alguien o algo. ¿Qué habría querido decir la mujer policía con aquello?
01:00 PM. Sara, Susana y el señor Simón se despidieron en el descansillo del primer piso, desde donde se distribuían sus respectivas habitaciones, antes de irse a dormir. Cuando se puso cómoda y consiguió hacer funcionar el wifi decidió enviar un WhatsApp a Alex donde le explicaba brevemente lo que estaba pasando y le decía que no tenía cobertura para llamarle. Al segundo Alex le contestó y le ordenó que volviera a Madrid a primera hora de la mañana, con el primer rayo de sol. Aquella frase le devolvió un poco a la realidad, todo lo que estaba viviendo era bastante surrealista y un poco de realidad y cordura a través de las palabras de Alex la tranquilizaron bastante. Tras una breve conversación con él en la que intentó calmarle para evitar que se preocupara por ella más de lo necesario, decidió enviar un correo a Sofía, pues además hacía días que no la veía. ¿Le resultaría interesante leer lo que le iba a contar sobre los asesinatos del pueblo? Seguro que sí.
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