Eley Grey - Las mujeres de Sara

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Las mujeres de Sara combina amor, intriga, humor, pasión y magia, un viaje solitario de una joven chica de provincia, que busca encontrar su lugar en la capital, en una búsqueda intensa de su yo interior.Un recorrido esperanzador pero repleto de dolor, pérdidas, injusticias y penurias que van gestando su nueva vida, en una metamorfosis modelada por el aprendizaje que emerge de su propia experiencia. Una lección personal de los acontecimientos de toda una vida, una muestra de aprendizaje libre de culpabilidad, de aceptación sin límites ni condiciones autoimpuestas, pero también una lección de amor y transparencia, que seguro tendrá su reflejo en la vida del propio lector.

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Aquella noche Claudia estaba sentada en la barra. Se giró en el preciso momento en que Sara pasaba por detrás. Fue como si un resorte se hubiera activado en su cuello y le hizo girarse en aquel momento exacto. Sara notó el roce de la chaqueta de Claudia. Cuero contra cuero. El cuero de la chaqueta de Sara estaba frío. Venía de la calle y era pleno diciembre, poco antes de Navidad. Cuando los ojos de Claudia se cruzaron con los suyos el estómago le dio un vuelco. Ni todas las luces que decoraban Madrid esos días daban tanto brillo como aquellos ojos. Le costó concretar su color, pero incluso en la penumbra de la barra sentía su luz casi mágica. Era el color más maravilloso del mundo. No lo podía creer, un púrpura intenso se clavó en su mirada y ya no pudo desasirse.

*********

Cuando por fin consiguió entrar con la maleta en la casa y terminó la conversación de bienvenida con Silvia, Sara fue guiada hasta la que iba a ser su habitación.

–Es la de siempre, Sara, tal y como me pediste en el correo. Para cualquier cosa, ya sabes dónde estoy.

–Gracias, Silvia. Eres tan amable… Muchas gracias.

–De nada, mujer, para eso estamos. Si quieres comer, hay de sobra para todos. Solo avísame y te preparo un cubierto, ya sabes que en esta casa, donde caben dos...

Sara recordó que no solo por la montaña seguía acudiendo a esa casa cuando se sentía “perdida”. Estaba empezando a verlo claro. Esa gente la trataba como a una más de su familia. No tenían la necesidad, pero siembre habían sido tan hospitalarios con ella que no había suficientes palabras de agradecimiento para ellos.

Tras la ducha reconfortante, después de las horas calurosas en coche y haber deshecho la maleta, Sara se unió con los demás a la mesa. Primero las presentaciones. Alrededor de la mesa no estaban solo Silvia y Jesús, su marido. Esta vez estaba también la hija de ambos y algunos huéspedes desconocidos. A la derecha de Jesús se encontraba el ser más exótico que sin duda habitaba en el pueblo en ese momento. Un hombrecillo canoso, con gafas de pasta negras y un traje chaqueta color verde hoja de manga corta. Una prenda tan rara que hacía que al mirarlo no pudieras mantener la atención en nada más que en su indumentaria.

–Perdone, ¿cómo ha dicho que se llama? –tuvo que preguntar Sara, pues en el momento de la presentación se encontraba contando los botones de esa chaqueta que tenían forma de sirena con cola de color naranja.

–Simón, me llamo Simón. Mucho gusto, señora.

–Igualmente Simón –contestó Sara, a quien costó bastante, durante los primeros minutos, dejar de mirar aquella extraña ropa y prestar atención a lo demás.

Acto seguido, se encontraba saludando a la mujer sentada entre Simón y Gloria, la hija de Silvia y Jesús. La mujer a la que sonreía al tiempo que saludaba era una chica guapísima de ojos pardos y pelo corto. Sara pensó que era tan corto como el pelo de un militar. Seguramente trabajaba para el ejército y había ido a entrenarse en la montaña.

–Encantada Susana –dijo Sara.

–El gusto es mío.

Y en esta última palabra, notó Sara un alargamiento innecesario de la “o”, acompañado de un alargamiento innecesario igualmente del apretón cordial de manos efectuado en el saludo. No le importó. Su mano era suave, fresca, sin asperezas. “Quizás no trabaje para el ejército a pesar de todo”, pensó Sara.

El último invitado era un niño de la edad de Gloria. Había venido a saludar a su amiga y se había encontrado de golpe con la invitación a comer:

–Claro. Usted cocina de maravilla. Muchas gracias.

Y así estaban todos disfrutando de la comida alrededor de la mesa. Sara se visualizaba a sí misma en aquel comedor sentada frente a la mesa, junto a unas personas que hablaban del tiempo, del sofocante calor veraniego, de la crisis y del paro, viviendo su primer día sin Claudia, el primero de muchos, muchísimos días sin ella. ¿Cómo se habían podido precipitar así todos los acontecimientos recientes?

Ese verano todo había empezado como de costumbre:

Había empezado a desconectar del teléfono, del fax, del ordenador. Empezado, solo eso. Porque el teléfono seguía sonando. Mierda, había olvidado apagarlo al salir de la oficina, tendría que descolgar ahora.

–¿Sí, dígame? No, el horario de oficina es de 8h a 15h de lunes a viernes. Pero cerramos en agosto, lo siento. Sí, no se preocupe, tomo nota de todo y en septiembre le informaremos de todos los detalles. Gracias a usted, disfrute del verano. Hasta luego.

“Lo apago ya”, pensó. Y así lo hizo. Solo conectaría para lo imprescindible el otro móvil, el personal. Hacía tiempo que había tomado la acertada decisión de separar su vida personal de la profesional, y fue una de las más brillantes ideas que había tenido en mucho tiempo. Así que solo lo enchufaba cuando estaba de vacaciones o los fines de semana si quería hacer alguna llamada urgente o recibirla. El resto del tiempo, desconexión total. Sara dejó volar sus pensamientos y la voz de Claudia le llegó desde el quicio de la puerta.

–Bueno, Sarita –cuando tenía algo importante que decir y no quería que resultase demasiado serio o doloroso para ella la llamaba Sarita–. Ha llegado el momento de hacer la maleta. Visita a mamá.

–¿Pero, ya? ¿Tan pronto? ¿Por qué te vas tan pronto? Siempre dejas pasar los primeros días de vacaciones para estar conmigo. ¿A qué viene tanta prisa ahora?

–Anoche hablé con mamá y la noté triste. No sé, espero que sea mi imaginación, pero entiende que estoy preocupada y no puedo estar aquí pensando en que algo le puede estar preocupando. ¿Lo entiendes, verdad?

–Sí, claro, pero ¿por qué no me lo has dicho antes? No tenía ni idea de que habías hablado con ella. Me lo podías haber dicho y me hubiera ido preparando para la noticia, en vez de decírmelo así, como quien tira un cubo de agua fría.

–Lo siento, cariño. He estado dándole muchas vueltas y es lo mejor.

–De acuerdo, márchate. Al fin y al cabo es tu madre. Tampoco hubieras estado aquí conmigo mucho más tiempo, siempre te marchas en agosto. No me importan ya unos días antes o después.

Silencio.

–¿Hola? –murmuró Sara esperando escuchar una respuesta. Pero Claudia ya no estaba allí.

Cómo odiaba que hiciera eso. La dejaba con la palabra en la boca siempre que se trataba de conversaciones serias. ¿Acaso no era lo suficientemente seria para ella? Antes, al principio, se burlaba de Sara: “No seas así. Te pones muy fea cuando te enfadas” o “Eres demasiado seria. Alegra esa cara”.

Ya no le decía cosas así, simplemente se daba la vuelta y

desaparecía sin abrir la boca. “¡Ahhhh! ¡Qué desagradable, maleducada y poco considerada! ¿Pero qué hago yo con ella?”. Y en esa pregunta se quedaba, porque al minuto solía olvidarla y se había puesto con otra cosa.

Pero aquel día, no sabía muy bien por qué, se había encendido el mecanismo de la rabia, esa rabia contenida de años y años de desplantes, de inseguridad, de baja autoestima… Se acabó. Sara se levantó de la silla donde se estaba preparando el desayuno, se dirigió a la habitación y vio a Claudia allí, haciendo la maleta. Una maleta enorme, demasiado grande.

–¿Por qué te llevas tanta ropa?

–Mujer precavida vale por dos, Sarita, parece mentira –cerró la maleta, le plantó un beso en la mejilla y le susurró un rápido te llamo cuando llegue al aeropuerto de Londres.

Y allí se quedó Sara, sin imaginarse que todo lo que le quería decir a Claudia ya nunca más se lo podría decir, pues la llamada desde el aeropuerto nunca llegó. Al día siguiente recibió un correo electrónico suyo diciéndole adiós. Sin muchas más explicaciones. Le confesó que había otra persona desde hacía tiempo y que no se había atrevido a dar el paso hasta entonces. Que no la llamara nunca más y que no la visitara. “… Cuídate mucho y ojalá encuentres a alguien que te trate como te mereces. Un abrazo. Claudia”.

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