Buscó una silla para sentarse. No, ya estaba sentada. Pero, no podía ser, era una pesadilla. Quién era esa Claudia que le escribía todas esas cosas por Internet. No podía ser la misma Claudia, tenía que ser un error. Cogió su teléfono, el que solo encendía en vacaciones para cosas realmente urgentes. Esto era realmente urgente. “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Bip, bip, bip…” Se frotó los ojos, bebió agua directamente de la botella, algo que exasperaba a Claudia. Se lavó la cara con agua muy fría. Se miró al espejo y se dijo sin hablar que sí, que era real, que no era un sueño ni una pesadilla. Claudia le había dicho que la dejaba mediante un correo electrónico.
Cinco años, su casa, los muebles, la hipoteca… Toda una vida en común que había sido una farsa. Una mentira. Claudia le había dicho que había otra persona desde hacía un tiempo. ¿Un tiempo? ¿Qué quiere decir un tiempo? ¿Un año, dos, quizá tres? Cuando alguien se plantea una ruptura de este tipo es porque esa otra persona existe desde hace tiempo.
–¡Vamos, Claudia, no me jodas! –le hubiera gustado decírselo a la cara en ese momento. Pero era al reflejo de ella misma a quien hablaba. Era su propio rostro mojado por el agua en el espejo.
Quizás, después de todo, no era ella la única que odiaba discutir. A lo mejor Claudia había tomado la alternativa más sana para las dos, evitando el enfrentamiento cara a cara.
–Pero, ¿por correo electrónico? ¡Es que es increíble, vamos! –hablaba consigo misma mientras caminaba sin rumbo por el piso.
Algunos momentos de sensata lucidez le llenaban de pensamientos esperanzadores su mente: “Había llegado el momento del cambio”, “Era algo que se veía venir desde hacía tiempo”, “La situación con Claudia llevaba años en estado de descomposición”, etc. Sin embargo, al segundo todo un alud de pensamientos negativos, de venganza y de odio ocupaban sus entrañas hasta hacerla explotar en un grito sordo, ronco, que venía desde lo más profundo de su ser.
Y así habían empezado esas vacaciones de agosto de 2013 para Sara, entre llantos y rencor, recordando a Claudia en cada rincón de la casa, respirando su olor en las pocas prendas que no había cogido al hacer su maleta, muchas de ellas regalos suyos. Inhalaba el olor de las camisas y los sujetadores, aspiraba tan profundamente que a los pocos minutos los dejaba sin olor.
–El pecho de la mujer es algo que siempre huele bien, ¿verdad Sara? ¿A que nunca te lo habías planteado? ¿Por qué será?
Veía la imagen de Claudia quitándose ese sujetador negro que ahora sostenía entre sus manos. Veía a Claudia oliendo ese mismo sostén y preguntándole esas cosas estúpidas. Preguntas estúpidas que solo Claudia preguntaba.
–No, cariño, la verdad es que nunca me lo había planteado –contestaba Sara observándola por encima de las páginas del libro que estaba leyendo.
Y Claudia sonreía como si hubiera hecho un gran descubrimiento. Su mirada frente al espejo reflejaba su pensamiento: “¿Cómo había podido vivir el mundo entero sin hacerse todas esas preguntas? Claro. ¡Así nos va!”.
Sara la conocía tan bien que el gesto de su mirada y el movimiento de hombros le indicaban cuál era el pensamiento exacto de Claudia en cada momento. O eso había creído ella siempre.
–Pero no era así, Sarita –ahora se hablaba a sí misma frente a ese mismo espejo. Soltó sobre la cama el sujetador negro y siguió con su monólogo–. Ella te engañaba… y tú no te diste ni cuenta. ¿Pero en qué puto mundo vives? Eres increíble… increíble –Y entonces rompía en sollozos otra vez.
Lloraba y lloraba hasta que se dormía rendida. Ya no diferenciaba la noche del día. No comía, no bebía. No le hubiera importado dejar de respirar. Así todo terminaría, todo. Ya no tendría que soportar ese terrible vació en el pecho, en el estómago, a lo largo y ancho de todo su ser. Todo terminaría.
–¿Terminar qué, Sarita? –otra vez aparecía Claudia–. Tú no tienes que terminar nada, cariño, todo está over desde hace mucho, Sarita. Te lo he puesto más que fácil. Pero tú ahí, inamovible, poniéndomelo más difícil cada día. Ya ni discutías conmigo. Me sacas de quicio, eres imposible, de verdad, imposible –y después desaparecía.
Dios mío, el ayuno prolongado en los días le estaba haciendo perder el juicio. No solo oía a Claudia, ahora también la veía… No podía seguir así. Pero, ¿qué día era? ¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada sobre el colchón?
–¡Santo cielo! –dijo en voz alta cuando abrió su ordenador para comprobar la fecha–. Diez de agosto de 2013, sábado. No puede ser. ¡Llevo casi diez días aquí tirada!–. Eran las cuatro de la madrugada, el sol todavía no iluminaba lo suficiente y el hueco que había en la persiana no dejaba entrar apenas luz. Tuvo que encender la luz de la mesita y ponerse las gafas, las que solo utilizaba para casa. Se levantó lentamente, se sentía espesa, densa, pesada. Caminó como un zombi a lo largo del pasillo dirigiéndose a la cocina, sujetándose con las manos apoyadas sobre ambas paredes. Cuando por fin llegó a la cocina y abrió la nevera, una arcada le sobrevino a la boca del estómago. Tenía que ser fuerte, se dijo, un poco de zumo y todo iría mejor.
A finales de los años 90 todo era muy diferente, y no solo en Madrid, sino en general. En el país, en la gente, en ella misma… En junio del año 2004, Sara terminaba la carrera de Filología hispánica con unas notas excelentes. Obvio, se había dedicado noche y día a sus estudios desde que tenía uso de razón. En el momento en que puso punto final a su último examen, el diecisiete de junio de 2004, ya sabía que era el fin de una larga etapa y el principio de otra, no tan brillante, o sí. Lo que era seguro es que no iba a ser tan predecible. Estudiar era lo único que había hecho durante toda su vida. Eso sin contar las prácticas en aquella biblioteca del pueblo y el trabajo más que precario en la librería de su tío.
Eran las circunstancias, decían todos, el trabajo basura renacía de sus cenizas después de años de intentar enterrarlo. El sector de la construcción estaba en auge y casi todos los alumnos de su generación de la escuela primaria a la que había acudido de niña tenían trabajos relacionados con el boom inmobiliario: pintores, albañiles, piseros o escayolistas. Todos sus compañeros estaban casados, tenían piso, con todos los muebles de diseño, coche último modelo y disfrutaban de una nómina de 2.000 euros limpios mensuales, sin contar el dinero negro que se embolsaban para no declarar a Hacienda. Todo el mundo vivía así. Por supuesto habían estado trabajando desde que acabaron la secundaria, muchos incluso antes. “Es lo normal, Sara”, eran las eternas palabras de sus padres cada vez que ella sacaba el tema de la precariedad laboral para los recién titulados universitarios con formación en idiomas y excelente expediente académico, cosas que en aquel entonces no se valoraban. Aunque tampoco parecía ser algo que importara ahora.
Ante el constante rechazo de su currículum en todos los trabajos basura a los que podía optar y la imperante necesidad de hacer su vida e independizarse, en septiembre de 2004 Sara optó por marcharse del pueblo que le había visto crecer y donde había visto tantos amaneceres en la playa, para empezar a vivir realmente su nueva vida. Buscó un trabajo de media jornada en Madrid, una cafetería tranquila por Chueca, donde la aceptaron con los brazos abiertos. También alquiló una habitación en un piso compartido de estudiantes. Necesitaba únicamente poder pagar la habitación a final de mes, tener un poco extra para comida y disfrutar de las mañanas libres para seguir buscando un trabajo acorde a sus expectativas.
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