–Por favor, llámame Sofía, ya te dije que no soy tan mayor. ¿Has traído el currículum como te pedí? Bien, aquí veo que tienes experiencia en el trabajo con archivos y también con libros. ¿Estás familiarizada con el uso de Internet?
–Tuve que investigar para algunos trabajos finales durante los dos últimos años de carrera. Pero últimamente, debido al piso y a todos los gastos, todavía no he podido conseguir un ordenador en condiciones.
–Eso lo arreglaremos hoy mismo, no te preocupes. Lo que me interesa es que puedas manejarte y que tengas buena velocidad con el teclado. Y aquí veo que has trabajado con máquina de escribir y que tienes 350 pulsaciones por minuto. Perfecto, no me hace falta saber mucho más. ¿Preparada para ver tu nuevo puesto de trabajo?
–Por supuesto, estoy ansiosa –respondió mostrando una sonrisa de niña pequeña que estrena unos zapatos nuevos.
La oficina no era muy grande, teniendo en cuenta que solo trabajaban diez empleados. Habían habilitado una gran sala diáfana de manera que el piso no tenía pasillo y todas las mesas estaban dispuestas en la parte derecha según se entraba, en el espacio que se supone estaba dedicado a las originarias habitaciones del inmueble. Los únicos espacios cerrados eran el despacho de Sofía, la pequeña cocina y los cuartos de baño.
Sofía le mostró su futura mesa de trabajo y le explicó sus funciones con el ordenador en marcha, enseñándole la edición digital del periódico. Todo parecía relativamente sencillo.
–Lo más importante ahora es que te familiarices con los textos y con el entorno. Sé que te dije que podías empezar cuando tuvieras todo claro con los dueños de la cafetería, pero esta mesa ya está preparada y, puesto que no dispones de ordenador en casa, si te parece, puedes venir cuando quieras y te haremos el contrato únicamente cuando tengas los papeles de tu antiguo trabajo preparados. Aunque cobrarás igualmente los días que vengas, por supuesto. ¿Qué te parece?
“¡Perfecto!”, gritó Sara para sus adentros. Estaba deseando sentarse frente a esa mesa y comenzar a trabajar. No podía creer la suerte que había tenido. ¡Era un sueño hecho realidad! Y tenía mucho miedo de despertarse.
Esa tarde estuvo llevando cafés y limpiando mesas en su puesto de trabajo en la cafetería con la sonrisa más radiante de todo Madrid y la mirada perdida ya visualizando artículos, editoriales, noticias, entrevistas… era su sueño. Los jefes le habían pedido una semana para encontrar a alguien pero, por lo demás, se alegraron mucho por ella cuando les contó la noticia. Eran muy buena gente.
Por la noche salió con Alex a celebrarlo. Era viernes y, con todo el ajetreo y la rapidez de los acontecimientos, aún no había podido contarle todo lo que había pasado.
Alex era uno de sus compañeros de piso. La primera persona importante en su vida que había conocido en Madrid y su mejor amigo desde el primer minuto. Era atento, simpático y compartía su mismo humor. Había llegado desde Granada hacía ahora cuatro años, al terminar la carrera, como Sara. Coincidiendo con su graduación, tomó la determinación de salir del armario y, tras hablar con sus padres, estos decidieron que no podía vivir más con ellos. Entre llantos de su madre y gritos de su padre, le dijeron que era una deshonra para la familia. Así que se marchó de su casa familiar con unos pocos ahorros y con una idea clara en su cabeza: vivir la vida. Y así hizo. Recorrió todos los garitos de ambiente de Madrid y se tiró a todos los hombres atractivos que encontró. Comía poco y dormía menos. Trabajaba en un supermercado de reponedor y, por las noches gastaba todo lo que había ganado durante el día, en copas y drogas. Este estilo de vida le funcionó hasta que conoció a Sara en aquel pub.
La noche en que Sara se topó con Alex era una noche terroríficamente fría y a las cinco de la mañana no quedaba mucha gente dentro del local. Solo ese chico de mirada triste y su vaso delante. Fue visto y no visto. Sara llevaba un rato observándole y notó el penoso estado en que se encontraba porque le costaba mantener el vaso en alto. Sin saber por qué, inmediatamente sintió una fuerte conexión con él y no dejó de observarle desde la otra parte de la barra hasta el momento en que aquella delgada figura se desplomó sobre el suelo. No respondía ante ningún estímulo y Sara pidió al camarero que llamara al 112.
Una hora después, Sara se encontraba en la sala de espera de urgencias del centro de salud Espronceda mordiéndose las uñas. No pensó ni por una décima de segundo en dejar a ese chico abandonado allí. Dio su nombre y se registró como familiar más cercano. Tras dos horas de espera interminables, el altavoz de la sala se manifestó:
–Familiares de Alejandro Pérez acudan a la sala de urgencias, familiares de Alejandro Pérez –Le llamaban a ella. Le había dado tiempo de consultar su cartera y ver su nombre y dirección, Avd. Andalucía, 145, Granada. Inmediatamente, sintió una calidez en el pecho que siempre sentiría cuando pensara en Alex.
Tenía ojeras y empezaba a poder centrar la mirada en un punto fijo. Intoxicación etílica moderada. “Moderada” inducía a pensar en positivo. “Haga un uso moderado del alcohol”, podría haber sido el eslogan de una de aquellas campañas de prevención de alcoholemia del gobierno. Sin embargo, “moderado” no era tan bueno como se podría pensar. Una intoxicación moderada había dejado inconsciente y en el suelo a Alex aquella noche. Aun así, tuvo bastante suerte, y no solo porque se encontró con Sara en su camino, sino porque estaba dentro de un bar y no en mitad de la calle. Hacía un frío invernal previo a Navidad, seco y helado, que anunciaba nieve en la sierra. Hubiera podido morir congelado.
Muchas veces, cuando le miraba leyendo en el sofá o cocinando la cena lo pensaba. Alex muerto, congelado en un callejón, entonces sacudía discretamente la cabeza para alejar esa horrorosa idea de su mente. No había sido así, estaba allí y sonreía cuando le sorprendía observándole.
–¿Qué miras? –le preguntaba con ese acento granadino que alegraba tanto a Sara.
–Al chico más bueno del mundo –le contestaba al tiempo que le abrazaba por la espalda mientras él cocinaba pasta para los dos.
Aquella madrugada víspera de Navidad, tras salir de urgencias, Sara se lo llevó a su piso compartido. Dormiría en el sofá. El resto de sus compañeros estaban en sus respectivas casas pasando la Navidad en familia. Sara no había podido volver a su pueblo. Tenía trabajo en el bar y necesitaba el dinero. El destino quería que conociera a Alex. Su ángel guardián en aquella enorme ciudad donde no había conseguido encontrar ningún amigo, algo que tampoco había buscado. Y donde, sin buscarlo, lo había encontrado.
En todo esto estaba pensando cuando Alex apareció por la puerta del bar. Ahora no hacía frío, la primavera estaba brotando por cada esquina y se respiraba calidez y movimiento por las calles. Viernes noche, el mejor momento de la semana.
–Buenas noches, Sara. ¿O debería decir, señorita proyecto de periodista?
–Oh, Alex, ¡no exageres! Es verdad que es un lujo de trabajo, que es el primer trabajo donde voy a poder demostrar mis aptitudes y que, vamos, es un sueño. Pero es solo un contrato de prácticas y ni siquiera sé las condiciones ni el tiempo por el que me contratan. Hasta dentro de una semana no estaré oficialmente contratada.
Cerveza tras cerveza, Sara fue contando todos los detalles del puesto: la oficina, la señora Martínez, bueno, Sofía, las tareas… hasta que a las nueve y media decidieron que tenían que pedir algo para comer o acabarían borrachos perdidos. Les gustaba ese bar. Era el único en todo Madrid donde preparaban vegi burgers, hamburguesas vegetarianas. Estaban hechas a base de lentejas y eran la perdición de Sara. A Alex le encantaban las alitas de pollo fritas que servían en aquella cesta de mimbre y los dos disfrutaban con su cerveza fría. Era su rincón secreto.
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