Gabriel Pérez Gómez - Álvaro d'Ors

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Al escribir la historia suelen surgir personajes que influyen de manera decisiva en su tiempo, por lo que dicen o por lo que hacen. Alvaro d'Ors es uno de ellos, al entender su brillante actividad profesional como un servicio. Tercer hijo de Eugenio d'Ors («Xenius») y heredero del carácter humanista de su padre, fue catedrático de Derecho Romano en Granada, Santiago y Pamplona, y experto en Epigrafía y Papirología, Filología Clásica, Historia Antigua, Derecho Canónico y Teología Política. Sinfonía de una vida es el título que él mismo puso a un esbozo autobiográfico que redactó al recibir un premio. Su infancia y juventud en Barcelona y Madrid, el período de la guerra civil, su larga vida académica y sus años tras la jubilación constituyen una obra sinfónica ejecutada por diversos instrumentos, dirigidos por el deseo de hacer en cada momento lo que debía, sin esperas ni omisiones.

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El Insti, como lo llamaban familiarmente los estudiantes, tenía tres sedes: en la calle Rafael Calvo, para los niños de Preparatoria; en los Altos del Hipódromo, en un terreno próximo al de la «Residencia de Estudiantes», para los chavales del ciclo intermedio, y en Atocha, para los tres últimos cursos de Bachillerato:

Cuando yo empecé a estudiar, llevaba el Instituto unos pocos años de actividad. La Preparatoria se alojaba en un edificio prestado de la calle Rafael Calvo esquina a Miguel Ángel; a su frente, un solar (años después edificado) servía de campo de deportes; la dirección competía a María de Maeztu (hermana de Don Ramiro, que había de caer en manos de los rojos en 1936), una mujer de talento pedagógico, que dirigía también la vecina Residencia de Señoritas de la calle Fortuny (en ella residió algún tiempo Laurita Busca, viuda de nuestro inolvidable Dr. Ortiz de Landázuri). El Bachillerato se alojaba en unos edificios en los Altos del Hipódromo, donde después de la Guerra se vino a instalar, ampliado, el también “piloto” Instituto Ramiro de Maeztu; en la misma zona, que Juan Ramón Jiménez llamaba Colina de los Chopos, de la Residencia de Estudiantes, que había de convertirse en Residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; sobre ese ambiente ha escrito con gran nostalgia, explicable en él, pues fue Director de aquella Residencia, Jiménez Fraud, en su Historia de la Universidad (Alianza Editorial). Para los tres últimos cursos del Bachillerato, en régimen ya de coeducación, nos trasladamos al edificio que se hallaba detrás de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en Atocha, y allí había de instalarse, después de la Guerra, el Instituto Isabel la Católica. Así, aunque la Guerra puso fin a la vida del Instituto-Escuela, no ha dejado de haber cierta continuidad perceptible en el orden local de la enseñanza secundaria, y en la misma pedagogía, aunque haya cambiado la inspiración[56].

Para llegar hasta la primera de las sedes, Álvaro iba caminando habitualmente[57]. Después, para acudir a los Altos del Hipódromo, ya con los mayores, se vería obligado a tomar el tranvía número 11.

Contra lo que cabía esperar en un ambiente laicista, propio de los discípulos de Giner de los Ríos que regían el centro, en el Instituto-Escuela se respetaban las creencias religiosas de los alumnos. Como escribió Álvaro d’Ors a propósito de este asunto:

Quizá pueda atribuirse a ese estilo «institucionista» un afectado respeto por la intimidad religiosa. Yo no recuerdo nada en boca de los profesores, que fuera irritante para un católico. Se impartía enseñanza de Religión cuando los padres así lo deseaban; la daba el sacerdote Don Segundo Espeso, a decir verdad, sin que supiera captar nuestro interés, como lo captaba, en cambio, el sacerdote donostiarra Atauri, profesor de Ciencias Naturales, cuyos dibujos en el encerado con tizas de colores recuerdo yo con deleite[58]. A pesar de proceder muchos alumnos de estirpes intelectuales, y de izquierdas, la mayoría «dábamos» Religión, pues recuerdo que, en mi curso al menos, había dos grupos aproximadamente iguales, y uno de ellos lo componíamos los que estudiábamos, a la vez, Religión e Inglés, de modo que debía de haber alguno más de Religión y Alemán, el otro idioma alternativo (aparte del Francés que no era electivo). Por otro lado, aunque es verdad que nada se hacía por fomentar la vida de piedad, que se dejaba al cuidado de los padres, cuando se organizaban excursiones los domingos, se salía siempre a tiempo para que —se decía expresamente— los que quisieran pudieran haber asistido antes a Misa[59].

En palabras de Juan Torroba Gómez-Acebo (1915-2000), compañero de clase de Álvaro d’Ors y su amigo de infancia más longevo, eran características del Instituto-Escuela «la enseñanza cíclica, la coeducación, los idiomas, la música, los trabajos manuales, los deportes, las visitas a los museos, las excursiones, y, sobre todo, la preferencia de los apuntes de clase sobre los libros»[60]. Según comentaría Álvaro d’Ors a su discípulo Rafael Domingo, «el torno de alfarero, las colecciones de insectos, el dibujo de mapas y las traducciones» contribuyeron definitivamente en su primera formación[61]. Para la directora de la sección elemental preparatoria no pasó inadvertido el niño que habían puesto bajo su responsabilidad:

Fui mal estudiante hasta los 10/11 años. Empecé en Madrid en el Instituto-Escuela (Miguel Ángel), y empecé a destacar al segundo año (de Preparatoria), cuando iba a ingresar en el Bachiller, pero, según me dijo después mi madre, María de Maeztu, que dirigía la Preparatoria, ya había pronosticado desde el primer año que sería buen estudiante. Lo fui, en efecto, pero muy irregular. Nunca entendí bien las Matemáticas, Física, Química; sí, en cambio, las Ciencias Naturales, y, naturalmente, las Letras[62].

Prefería pasar largos ratos en casa, en la biblioteca o dibujando, antes que en la calle con otros niños de su edad[63]. Cuando, finalmente, hacía caso de su madre y salía a jugar, volvía a casa muchas veces con las rodillas desolladas por las caídas, lo que le llevaba a reafirmarse en que hacía bien en no querer salir a la calle. Pero su madre no se daba por vencida y le compró unas rodilleras para que no tuviera excusas.

Rasgo típico de su personalidad —que se acusaría con los años—, ya desde pequeño pretendía saber con exactitud cuáles eran las intenciones concretas de las personas de las que dependía, incluso en esos momentos en los que los mayores no tienen planes o estos son muy vagos. Así se desprende de la anécdota que él mismo cuenta, a propósito de un paseo con su tío José Enrique Ors —en una de las rarísimas visitas que hizo a España—.

Estando con él de vacaciones en Barcelona, nos llevó a los tres sobrinos al Turó Park, y al sentarnos en torno a una mesita para tomar algo, yo, inseguro del alcance de la invitación, pregunté: «Tío, ¿venimos a refrescar o a merendar?» Como él me confortara en lo mejor, no dudé en pedir un bocadillo de solomillo[64].

En estos momentos de su vida, mediados los años 20, por casa de los d’Ors desfilan las principales figuras intelectuales que viven en Madrid o están de paso por la capital. Don Eugenio, amante de las tertulias y de las veladas, es un buen anfitrión y sus invitados sienten el placer de que alguien les entienda, les anime o les oriente. En estas circunstancias, siendo aún muy niño, Álvaro d’Ors conoce a Federico García Lorca, cuando una tarde siente curiosidad por la voz fascinante que oye en el salón, separado del resto de la casa por una puerta corredera de cristales traslúcidos. Era el autor del Romancero gitano, que en esos instantes estaba recitando —casi cantando— uno de sus poemas. Álvaro d’Ors recordaba cómo fue arrimándose hasta la puerta para escuchar mejor y permanecer allí, anclado, mientras duraba el recital. Su silueta infantil se hacía evidente para el poeta, que, desde el otro lado del salón, fue acercándose hasta el vidrio poco a poco para, en coincidencia con el último golpe de voz, descorrer la puerta violentamente y encontrarse con el niño sorprendido.

Quizá por su falta de escolarización previa y su educación atípica, la figura de Álvaro d’Ors se percibe como muy diferente a la del resto de sus compañeros de aquellos primeros años. Su amigo Juan Torroba decía que conservaba «la imagen de Álvaro d’Ors como un muchacho distinto de los demás, pues, aunque era muy joven, ya había viajado por Europa y tenía, por ejemplo, conocimientos de idiomas que estábamos muy lejos de tener los demás. También, ya empezaba a leer mucho más que sus compañeros»[65].

Según reconocería Álvaro d’Ors más tarde, el haber viajado al extranjero y «chapurrear» algunos idiomas en aquellos años le hacía sentir cierta superioridad sobre sus compañeros, lo que él mismo interpretaba como signo de su «incapacidad de sobresalir en lo ordinario»[66]. Torroba destaca la talla intelectual de su amigo, a pesar de que en la misma clase estudiaban otros niños muy sobresalientes: «[En el instituto] no nos clasificaban a los alumnos, como en otros colegios, por orden de méritos, es decir, no había un ‘primero de la clase’. Sin embargo, la realidad es que, de hecho, Álvaro d’Ors lo fue a lo largo de todo el bachillerato (…) Lo mismo le ocurriría en la Universidad y en el ejercicio de su profesión, y siempre sin ningún alarde por su parte, pues cualquier tipo de exhibicionismo era totalmente ajeno a su personalidad»[67].

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