Gabriel Pérez Gómez - Álvaro d'Ors

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Al escribir la historia suelen surgir personajes que influyen de manera decisiva en su tiempo, por lo que dicen o por lo que hacen. Alvaro d'Ors es uno de ellos, al entender su brillante actividad profesional como un servicio. Tercer hijo de Eugenio d'Ors («Xenius») y heredero del carácter humanista de su padre, fue catedrático de Derecho Romano en Granada, Santiago y Pamplona, y experto en Epigrafía y Papirología, Filología Clásica, Historia Antigua, Derecho Canónico y Teología Política. Sinfonía de una vida es el título que él mismo puso a un esbozo autobiográfico que redactó al recibir un premio. Su infancia y juventud en Barcelona y Madrid, el período de la guerra civil, su larga vida académica y sus años tras la jubilación constituyen una obra sinfónica ejecutada por diversos instrumentos, dirigidos por el deseo de hacer en cada momento lo que debía, sin esperas ni omisiones.

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Un personaje que resultaba muy atractivo para los estudiantes de aquel momento, por su idiosincrasia y el celo que ponía en el trato con sus alumnos, era el catedrático de Filosofía Martín Navarro Flores; un hombre que salió de Cuevas de Almanzora (Almería) para trabajar como conserje de la Institución Libre de Enseñanza y al que Giner de los Ríos tomó bajo su amparo, lo animó a que cursara estudios superiores y consiguiera llegar a una cátedra de Filosofía de Segunda Enseñanza. Con su barba, prematuramente blanca, parecía que quería asemejarse a su maestro.

Citaba mucho, naturalmente, a Giner, incluso al mítico Krause de los institucionistas, pero también a Stuart Mill, a Maine de Biran, y no recuerdo ya a cuántos otros filósofos; pero su pedagogía más eficaz era la moral —una Moral vivida como Estética—, de necesidad del deporte, de corrección en el trato con las compañeras, de limpieza, de gusto al arte, de afición a las excursiones… Recuerdo que, para fomentarlas los domingos y disuadirnos de quedar en Madrid, solía predicarnos «el señor Navarro» con esta frase: «Chicos, chicos: al cine no hay que ir»[68].

Junto a Navarro Flores, otros profesores del Instituto-Escuela de los que Álvaro d’Ors guardaba especiales recuerdos fueron el ya citado Tomás de Atauri, de Ciencias Naturales, el historiador Luis Brull de Leoz, el latinista Miguel Herrero García[69], Barbara Finley para el inglés y Odette Boudes de Martínez para el francés[70]. No cabe duda de que el ambiente general, el «estilo institucionista» del centro, también le caló de alguna manera, aunque siempre tuviera criterio firme acerca de lo que era aceptable o no del modelo que se le ponía a su alcance.

En esa ética algo peculiar del Instituto, así como se tenía por algo superior la competencia y honradez profesionales, se despreciaban los honores, la prepotencia, y la misma riqueza sin más. Recuerdo cómo quedaban algo marginados por sus compañeros algunos alumnos de familias conocidamente opulentas; uno, al que un criado le llevaba un termo a la hora del almuerzo, en el recreo, quedó marcado como «Pepito biberón»[71].

Sin que sepamos las causas, hay un momento en estos años del Instituto-Escuela en el que Álvaro d’Ors es expulsado de clase por un día. La noticia la proporciona él mismo años más tarde, en plena guerra civil, cuando se acuerda de aquellas circunstancias porque el día en que fue castigado comenzó a redactar un diario:

Hay que confesar que el diario es siempre un síntoma de aburrimiento, porque con la lectura vienen incluso ideas, impresiones y disparates que piden ser redactados, pero que pocas veces llegan a serlo. El diario es síntoma de soledad. Yo me complazco en reconocer que hago mal los diarios. Hace años, después de haber leído el diario de Kostia Riatzef (me parece que era así), el colegial ruso, con ocasión de que me expulsaron del Instituto por un motivo injustificado (¡como que volví a entrar al día siguiente sin más que dos palabras con el Delegado!), mi ánimo se hinchó de resentida intimidad y me puse a escribir también yo un diario en un cuaderno sin empezar, y escribí mucho. Al día siguiente, avergonzado de mi ensayo, arranqué las primeras hojas y destiné el cuaderno a un oficio más objetivo: había recobrado el sentido de la compañía. Siempre he tenido un horror por la soledad y un vértigo ante la intimidad solitaria[72].

De acuerdo con los planes de estudio del momento, a partir del cuarto curso del bachillerato los alumnos debían elegir entre Ciencias y Letras; opción esta última por la que claramente se inclina Álvaro d’Ors, junto a Juan Barnés, Juan Torroba, Manuel Pausa y Joaquín Sánchez Covisa, las chicas, entre las que se encontraba Carmen García Parra, quizás una de las mejores amigas de Álvaro en aquella época. El curso que comenzaba iba a llevar a las aulas del Instituto-Escuela un nuevo compañero de clase que provenía de otro colegio: Julio Caro Baroja. La sección de los de letras tenía menos alumnos que la de los “científicos”, todo un privilegio que permitía un seguimiento muy personal por parte de los profesores, capaces de estimular el interés de sus discípulos de manera más personal. Sobre esta segunda etapa, el sobrino de Pío Baroja nos dice: «Álvaro d’Ors fue en su clase, antes de que estudiáramos juntos y en la mía, un modelo de alumno aplicado y tenía personalidad. Era alto, rubio, flaco, con una frente grande y una cara chupada. En la mirada recordaba algo a su padre y claro es que sentía una gran admiración por él. Aunque no podía haber grandes puntos de contacto entre Álvaro y yo, fuimos amigos y creo que no reñimos ni discutimos ninguna vez en la escuela o fuera de ella. La distancia inicial servía para que nos mantuviéramos en una especie de cordialidad apartada. Él era religioso, yo no. Él creía en una serie de cosas en que yo desconfiaba y tenía un brillo y una explicación de que he carecido hasta hoy. D’Ors era buen compañero de clase»[73]. Lo mismo que Caro Baroja dice de d’Ors venía a decir este de su amigo. Cuando Caro publicó su libro de memorias y nuestro protagonista se encontró con el párrafo que acabamos de transcribir, se mostró especialmente satisfecho de la última frase, en la que le consideraba «buen compañero».

Hay una fotografía de estos momentos, obtenida por Álvaro durante una de las muchas excursiones que hacían los alumnos del Instituto-Escuela. Entre otros compañeros de curso, aparecen retratados Valentín Gamazo, Juan Negrín, Rafael Bartolozzi, Maruchi Fresno y Julio Caro Baroja. En el comentario que hace Álvaro d’Ors de esa fotografía, al situar a su amigo dice: En el fondo, solitario como de costumbre, con su boina vasca, Julio Caro Baroja[74].

Sobre las posiciones ideológicas y vitales de cada uno, Caro Baroja es muy explícito, aunque su descripción no resulte muy considerada para con algunos compañeros del Instituto: «Barnés representaba el ala izquierda de la clase, d’Ors la derecha, yo la disconformidad. Los otros (…) condiscípulos rumiaban su insignificancia de modo pacífico»[75]. Como consecuencia de su trato con Caro Baroja, Álvaro d’Ors se interesó por asuntos de etnología vasca de los que aquel ya hablaba con pasión, así como por los ensalmos populares que utilizaban los curanderos. Todavía se conservan una porción de cuartillas amarillentas con apuntes suyos de aquella época en los que se recogen las más variadas recetas, procedentes del mundo romano[76]. En 1978, Álvaro d’Ors contribuirá en un libro-homenaje que se hizo a su amigo, precisamente con uno de estos temas sobre los que habían hablado en su juventud: «Sobre hechizo de cosechas en las Doce Tablas»[77]. Casi al final de sus días los dos amigos recibirían el premio de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza en distintas ediciones. En su discurso de aceptación y agradecimiento, d’Ors se refirió a este extremo y dijo que el premio de su amigo sí había sido merecido[78].

Por lo que se refiere a Juan Barnés, también era uno de los mejores amigos de Álvaro en estos momentos. Según Caro Baroja, «Barnés parecía un morito fino (...) era el que mejor se entendía con las chicas, el más atractivo para ellas. En segundo término sabía tratarnos a cada uno de nosotros como nos convenía. La amistad profunda que tenía por Álvaro d’Ors, a pesar de lo diferentes que eran sus ideas, no le impedía tener también una, acaso aún mayor, por mí»[79].

La amistad estaba por encima de las convicciones de ambos, a pesar de que, con los años, se fueran afianzando en ideas diametralmente opuestas. En cierto modo era comprensible que Barnés se declarara ateo y de izquierdas («de la cáscara amarga», como él mismo dice): su padre era un krausista, destacado miembro de Izquierda Republicana y profesor de Historia en el mismo Instituto-Escuela[80]. Con el tiempo sería ministro de Educación (Instrucción Pública y Bellas Artes, según la nomenclatura de la época) en dos ocasiones; en la primera de ellas (1933), entre otras actuaciones suyas, tras la expulsión de los jesuitas de España trató de convertir el seminario de Comillas en una colonia veraniega. Después, como ministro del gabinete de Casares Quiroga, fue Barnés uno de los promotores de la prohibición a los religiosos de ejercer la enseñanza y el encargado de hacerla cumplir. Como él mismo dijo en sesión parlamentaria, «la obra creadora de una gran enseñanza oficial es la que tendrá que aventar, echar fuera del palenque de la cultura esa enseñanza mezquina, pobre, que dan las congregaciones religiosas»[81]. Se entiende, pues, que su hijo Juan liderara el ala izquierda de la clase en la que estudiaba. Pese a este ambiente familiar y a sus propias doctrinas radicales, Juan Barnés correspondió a la amistad de Álvaro con total lealtad, sin rehuir, tanto en las conversaciones como en la correspondencia que mantiene con «su amigo de derechas», cualquier tipo de asuntos por íntimos que fueran, incluido el de la religión[82].

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