Esta vertiente de su personalidad era más que evidente en sus juegos infantiles: no le gustaba jugar con el Meccano que tanto había divertido a sus hermanos mayores, especialmente a Víctor. En cambio, le apasionaban los puzzles o, como se llamaban en la época, «rompecabezas», que resolvía con prontitud. Esta capacidad de componer lo disperso y unir lo aparentemente heterogéneo —que después sería un elemento fundamental en su trabajo científico— se hizo patente con una frase suya que luego le recordarían sus padres en más de una ocasión, como típica de su personalidad: «Un auto y un piano hacen un tren».
Pero una cosa era lo que podía hacer con la cabeza y otra lo que con las manos: daba la sensación de que «se bloqueaba» ante la necesidad de poner en práctica cualquier destreza manual. Quizá el momento estelar de su ignorancia mecánica tuvo lugar también en su infancia, poco antes del traslado de la familia a Madrid:
Yo jugaba con mi patinet, alrededor de la Casa de les Punxes. No corría mucho, pero me entretenía: tenía la sensación de que cumplía con el deber de jugar como los demás niños (a los que yo veía como más fuertes y hábiles). La campanilla de mi patinet casi no sonaba. Me encontró Juanito Jover (¡luego ingeniero!) y se empeñó en arreglarme el timbre. Se sentó en uno de los bancos del paseo central, bajo los plátanos. Descompuso todo y fue dejando las piezas sobre el banco. Yo le miraba angustiado, de pie, con mi patinet cogido entre las manos. Era la hora de comer: desde una ventana, la madre (o chacha) de Juanito gritó: «¡Juanito, a comer!». Salió corriendo. Dejaba un montón de piezas sueltas. Mi patinet se quedó sin timbre para siempre[34].
Siempre que contaba este sucedido, Álvaro ponía especial énfasis en la desolación que le produjo ver el timbre de su patinete completamente despiezado; parecía estar reviviendo los hechos y ponía cara de gran impotencia, extendiendo la mano en la que, después de sus cambios de voz para recrear la escena, sus interlocutores podían ver los componentes del timbre desmontado que acababa de recoger del banco. Tenía muchas cualidades de actor.
Cuando, llegados los años 80, el mundo de la informática se hizo moneda corriente en la Universidad española y, poco a poco, fueron desapareciendo las máquinas de escribir, Álvaro d’Ors se negó a aprender el nuevo sistema de tratamiento de la información, alegando su ineptitud para adquirir destreza con los ordenadores, ya que tenía la impresión de que los estropearía si tecleaba algo incorrecto[35].
1923. EL EXILIO MADRILEÑO
En agosto de 1917 moría Enric Prat de la Riba, el primer presidente de la Mancomunidad de Cataluña y protector de don Eugenio. A partir de ese momento comienza a gestarse lo que, en palabras de la familia d’Ors, viene a llamarse «el exilio madrileño». Los nuevos artífices de la política catalana no terminaban de conectar con el modo de pensar de Xènius, su idea del «imperialismo» y del papel de Cataluña dentro de este esquema.
Sería precisamente Josep Puig i Cadafalch[36], el arquitecto autor de la Casa de les Punxes en que vivía la familia d’Ors, el encargado de suceder a Prat de la Riba y quien se convertiría en principal adversario de d’Ors. Xènius —que nunca militó en la Lliga— había logrado influir en Prat de la Riba en el sentido de «ampliar los horizontes» del político con otras ideas más alejadas de la visión tradicional de los nacionalismos. Pero este entendimiento no se produjo con Puig i Cadafalch: tras unos años de nadar a contracorriente, se quedó sin la estabilidad que necesitaba para seguir trabajando como había hecho hasta entonces y terminó por presentar su dimisión. El detonante fueron los gastos —algunos imprevistos— originados por la puesta en funcionamiento de la biblioteca de Canet de Mar (que sus adversarios criticaron abiertamente), pero podía haber sido cualquier otra nimiedad. En opinión de su hijo Álvaro, Xènius, en la medida en que era un intelectual, no servía para hacer política:
Hay un dicho, [sobre mi padre] que me parece recordar que es auténtico, de cuando le preguntó alguien: «Don Eugenio, ¿no tiene Vd. ganas de entrar en la política?», y él respondió «Sí, pero me las aguanto». Su experiencia política personal fue la de Cataluña: la de un intelectual que funciona bien en tanto le protege un político poderoso (Prat de la Riba), y cae en desgracia cuando aquél se muere, pues no sabe luchar por sí mismo. Porque un rasgo de la familia es que no sabemos «luchar», y, por eso mismo, no somos deportistas, ni ricos[37].
Según dijo públicamente Eugenio d’Ors en los primeros momentos de este periodo crítico, constataba que existían unas «diferencias fundamentales de criterio» con los nuevos artífices de la política catalana que, en enero de 1920, se tradujeron en una serie de actuaciones de la presidencia de la Mancomunidad que él consideraba como «vejatorias» hacia su persona, y que, en todo caso, suponían una descoordinación en los servicios, nada favorable al desarrollo normal de la política cultural de Cataluña: «Me creo en el deber de facilitar una solución que tenga la doble ventaja de suprimir el estorbo que mi presencia (...) signifique para la Presidencia y el devolverme a mí una libertad de juicio que puede ser que se me haga necesaria. En consecuencia, pongo a disposición del Consejo Permanente el cargo con el que fui honrado en junio de 1917 por el Consejo que aún presidía don Enric Prat de la Riba»[38].
La presidencia de la Mancomunidad le aceptó enseguida la dimisión y, además, salió al paso de lo dicho por Xènius a la opinión pública con otro comunicado en donde se daba a entender que había otras razones de fondo que aconsejaban aquella decisión. La Mancomunidad, en su nota, afirmaba que «no es exacto que la dimisión del señor d’Ors tenga como fundamento una divergencia de ideas. La ocasiona una cuestión de prácticas administrativas»[39]. En otras palabras: con esta fórmula se trataba de atajar cualquier tipo de debate ideológico al sugerir que las cuentas no estaban claras.
Después de este desplante y de la polvareda que el asunto levantó en los ámbitos culturales catalanes, a pesar de que quedaba perfectamente clara la honorabilidad de don Eugenio, este ya no se encontraba cómodo en su tierra. Poco a poco lo fueron desposeyendo de todos los cargos que desempeñaba, por lo que su estabilidad económica también se vio afectada. En estas circunstancias decidió que su mejor opción era la de irse de Cataluña, al menos por una temporada.
En consecuencia, en julio de 1921 don Eugenio hizo un viaje a Argentina, donde permaneció alrededor de medio año, quizá con la esperanza de que, después de una gira en la que creció su prestigio por aquellas latitudes, a su vuelta a España las aguas de la política catalana estuvieran más sosegadas. Pero no ocurrió así, porque la acogida que tuvo a su regreso no fue la que esperaba. Podría hablarse incluso de una cierta indiferencia: trató de rehacer su vida como periodista y, aunque lo nombraron presidente de la Associació de la Premsa Diària de Barcelona, no le convenció su nueva situación y terminó por desistir.
Finalmente se decidió a ir a Madrid para probar suerte en la capital; una decisión que se interpretaría como un agravio a Cataluña en determinados ambientes nacionalistas, que hubieran preferido que su exilio se hubiera producido en París o en cualquier otro lugar y no precisamente en la capital del Reino[40]. Nuevamente solo, Eugenio d’Ors se alojó en una pensión próxima al Museo del Prado (allí escribió uno de sus libros más conocidos: Tres horas en el Museo del Prado) al tiempo que buscaba trabajo y se introducía, sin ninguna dificultad, en los ambientes intelectuales de la capital de España. Unos meses más tarde, después de algunos pasos en otras publicaciones, una vez asegurada su estabilidad económica mediante un contrato con el diario ABC, viajó a Madrid su mujer; luego sus hijos mayores y finalmente Álvaro, que mientras tanto se había quedado con sus abuelos maternos. En este preciso momento de traslados y forzosas separaciones familiares, él se estaba preparando para hacer su Primera Comunión, que recibió el 3 de julio de 1923 en la Capilla de las Religiosas de María Reparadora, en Barcelona. Previamente había acudido a la catequesis, en buena medida bajo la tutela de la abuela Teresa.
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