Gabriel Pérez Gómez - Álvaro d'Ors

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Al escribir la historia suelen surgir personajes que influyen de manera decisiva en su tiempo, por lo que dicen o por lo que hacen. Alvaro d'Ors es uno de ellos, al entender su brillante actividad profesional como un servicio. Tercer hijo de Eugenio d'Ors («Xenius») y heredero del carácter humanista de su padre, fue catedrático de Derecho Romano en Granada, Santiago y Pamplona, y experto en Epigrafía y Papirología, Filología Clásica, Historia Antigua, Derecho Canónico y Teología Política. Sinfonía de una vida es el título que él mismo puso a un esbozo autobiográfico que redactó al recibir un premio. Su infancia y juventud en Barcelona y Madrid, el período de la guerra civil, su larga vida académica y sus años tras la jubilación constituyen una obra sinfónica ejecutada por diversos instrumentos, dirigidos por el deseo de hacer en cada momento lo que debía, sin esperas ni omisiones.

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EL NIÑO DE LAS JUDÍAS

Las noticias más exactas —y muy escuetas— de estos primeros años de infancia se deben a la propia pluma de Álvaro d’Ors. En diciembre de 1964 esbozó en sus Cuadernos Personales una serie de recuerdos de su niñez que, de alguna manera, habían influido fuertemente en la formación de su personalidad y, por tanto, en su vida. Junto al relato sucinto del recuerdo, nuestro biografiado añade el símbolo > para apuntar las consecuencias que esos hechos iban a tener en su trayectoria. El primero de los episodios que refiere lleva por título el de Niño de las judías:

Un niño que iba por la calle de Petritxol con una cazuelita de alubias. Yo iba con mi madre. Las aceras estaban llenas y había que subir y bajar al arroyo con frecuencia. Era ya anochecido. En aquella calle y tiempo había pobres vergonzantes, que me impresionaban mucho. Vi cómo una persona mayor, en el trajín de la calle, tropezó con el niño: cazuela por el suelo y alubias perdidas. Lloraba. Le iban a pegar al volver a casa. Durante mucho tiempo, quizá años, yo lloraba antes de dormirme pensando en el niño de las judías, y mi madre venía a consolarme. > ¡Compasión para siempre![13].

La escena fue presenciada cuando, posiblemente, no pasaba de los cuatro o cinco años. Este hecho iba a proporcionarle una idea exacta de lo que es la compasión, que siempre entendería como sentimiento de conmiseración y lástima hacia quienes sufren penalidades o desgracias. Con el tiempo, quizá basándose en esta misma experiencia infantil, Álvaro entendería muy bien y tendría presente de manera muy precisa la diferencia que hay entre compasión y misericordia[14].

Contrariamente a lo que quizá cabría esperar del hijo de unos intelectuales, cuando llegó el momento de iniciar su educación normalizada en un centro escolar, el pequeño Álvaro no solo no mostró ningún interés por escolarizarse, sino que hacía alarde de aborrecer la idea.

Su padre debió de ser especialmente comprensivo con esas nulas ganas suyas de ir al colegio, ya que él mismo había tardado mucho tiempo en hacerlo[15]. Existe la posibilidad, no confirmada, de que esta tolerancia familiar se debiera también al hecho de haber pasado una grave enfermedad, como era en aquellos años la meningitis. Tenemos noticia de este asunto a través de una glosa de Eugenio d’Ors, si bien no se especifica cuál de sus hijos fue el que estuvo a las puertas de la muerte[16].

Como consecuencia de estas circunstancias, los padres de Álvaro no mostraron especial interés en procurarle una enseñanza normalizada: daba tan claras muestras de inteligencia como de detestar el colegio. No le gustaban las aglomeraciones de niños que se peleaban en los patios de recreo por razones que él no entendía o que se le antojaban absurdas, como tampoco parecía tolerar la disciplina necesaria, aunque no fuera especialmente rígida. A su situación personal había que añadir lo que solía decirle, en tono socarrón, su tío Fernando Pérez Peix, en el sentido de que, para triunfar como él en el mundo de los negocios, no era necesario estudiar: «No estudies, no estudies —le decía— que, con el tiempo, los burros serán buscados». Una excusa más para reafirmarse en su postura. Pero esta actitud comprensiva de sus progenitores no significaba que se desentendieran de su formación escolar ni de su educación. Como parecía necesario que se relacionara con otros niños, le insistieron en que debía acudir a algún tipo de centro educativo. Llegados a este punto, el pequeño Álvaro les dijo a sus padres y a los abuelos que aceptaría asistir al Instituto de Danza que acababa de crear Juan Llongueras:

Como no toleraba colegios, me llevaron a la Escuela de Música y Baile de Llongueras. Quizá por el baile rítmico que hice allí, tuve siempre gran sensibilidad para el ritmo, y el ritmo de vida en general. Pero nunca llegué a bailar bien[17].

Acaso una de las primeras ocasiones que tuvo Álvaro de poner en práctica estas habilidades recién adquiridas fue en Argentona, en el verano de 1922, con siete años recién cumplidos, mientras pasaba unos días junto a la abuela Teresa, la “Bita”[18]. Durante las fiestas del pueblo se montaba para el baile un entoldado —el llamado envel·lat—, donde también tenían cabida los pequeños, a primeras horas de la tarde. En aquel baile, Álvaro acompañó a otra niña, también veraneante como él, y a la que no dudaba en calificar de «preciosa».

Tras mucho bailar, al llegar el momento de subastar un ramo de flores —la toya— para que un pequeño galán obsequiara a su pareja, yo, gracias a las monedas que mi buena abuela me había dado para golosinas, me hice con la toya; se la ofrecí emocionado a mi damita, que aceptándola complacida, siguió bailando conmigo. Al terminar el baile infantil, la acompañé a su casa, y, cuando volvía yo a la de mi abuela, llevaban mis manos, como recuerdo, su pañuelito perfumado…[19].

Mientras tanto, a falta de colegio o de cualquier otra actividad reglada con un horario que le ocupara su día, se pasaba buena parte del tiempo dibujando en una mesita, a pie de calle, o desde el privilegiado observatorio de la Casa de les Punxes, imitando lo que veía hacer con mucha frecuencia a su padre. Posiblemente —al igual que él haría después con sus hijos pequeños y con sus nietos[20]—, don Eugenio lo sentaría en sus rodillas para pintar.

En el bulevar inmediato a nuestra casa, cuando hacía buen tiempo, iba yo de niño a instalarme con una pequeña mesa y silla, para dibujar al aire libre; dibujaba figuras humanas, como hacía mi padre, preferentemente grupos[21].

Como si fuera un juego familiar, los tres hermanos se emplearon a fondo en el dibujo y adoptaron los mismos seudónimos que su padre utilizaba para firmar algunas de sus ilustraciones. Así, Víctor se hizo con el de “Xan”, Juan Pablo con el de “Lucas” y Álvaro con el de “Miler”. Como premio a los mejores resultados, algunos se publicarían en la prensa de la época como si fueran del propio Xènius. Pero si estos apodos fueron adoptados, otros les vinieron impuestos: Víctor era “Titín”, Juan Pablo fue “Totó” y Álvaro se convirtió en “Babo”; apelativo familiar que usaría algunas veces, de niño, al escribirle a los suyos.

Como quiera que el chico iba creciendo, se hacía cada vez más necesaria su escolarización y había que ponerle algún tipo de remedio, aunque fuera provisional. Según él mismo confiesa, a la edad de seis años aprendió a leer en una sola tarde, de la mano de su madre. A escribir aprendería por su cuenta:

En Barcelona, había empezado por resistirme a la escolarización, y ese vacío fue definitivamente subsanado por una aproximación a la música y a la danza rítmica; en casa, aprendí a dibujar viendo cómo lo hacía mi padre, y de manera casi ininterrumpida. Luego, un buen día, que recuerdo exactamente, cuando tenía seis años, mi madre me enseñó a leer. A escribir no me enseñó nadie, pues consistía, para mí, en dibujar como mi padre las letras de mi madre[22].

Como el método de aprendizaje no fue nada convencional, el trámite de hacer palotes que educa la mano para realizar correctamente los trazos, fue inexistente. Lo habitual en la época era ejercitarse en unas pizarritas individuales con sus correspondientes pizarrines, o en cuadernos rayados de caligrafía, para después comenzar a escribir sin pautas visibles. De esta carencia se lamentaría a veces con el tiempo, al constatar las dificultades de lectura que entrañaba su letra[23].

Otro intento de resolver —aunque de manera provisional— su carencia de escolarización, se hizo contratando los servicios de una institutriz inglesa, con la que aprendió las primeras palabras en esta lengua. Pero la experiencia no debió resultar para él todo lo satisfactoria que esperaba, ya que señalaba a sus padres que no le gustaba salir con la nurse a la calle: pasaba vergüenza porque decía que se le veían las enaguas, aunque también podía influir en estas pocas ganas suyas de salir a la calle la prevención casi obsesiva de los mayores por posibles contagios de enfermedades. Era bastante habitual que se prohibiera a los niños beber agua de las fuentes públicas, por miedo a que pudieran contraer el tifus. Otra niñera, de nombre Estrella, se convirtió en la protagonista de una anécdota entrañable que incluso sirvió para que don Eugenio la recogiera en sus glosas: Juan Pablo le comentó a Álvaro un día la buena fortuna que tenía la nueva institutriz, porque «cada noche era su santo»[24].

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