Rowan du Louvre - Cadena de mentiras

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Rowan es una mujer marcada por la muerte de su madre; una pianista de éxito, que fue brutamente atropellada, y cuyo autor se dio a la fuga. Este hecho, además, ha complica-do las relaciones con su padre; juez del supremo, engreído y mujeriego.
Su mundo está conformado por sus amigos, su trabajo en el Hospital y su novio Julien, inspector de policía, quien además investiga el fallecimiento de la madre.
Su vida da un giro de ciento ochenta grados cuando conoce a un hombre del que queda prendada inmediatamente: Derek. Delante de una cafetería, él es tiroteado, y ella, gra-cias a sus conocimientos médicos, le salvará la vida. Este hecho hará que se establezca un estrecho vínculo entre ellos.
Mientras Derek está ingresado en el Hospital, Julien le comunica a Rowan que su ADN estaba en el lugar del accidente de su madre, y que por tanto, pasa a ser el principal sos-pechoso. Tras este dato, decide no separarse de Derek para descubrir por ella misma si es él realmente la persona que cometió el crimen.
Así Rowan irá introduciéndose en la vida de un personaje atractivo y seductor, pero que al mismo tiempo, oculta grandes misterios.

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Los policías hablaban por las emisoras y apartaban a los morbosos, que se habían acercado demasiado para tener imágenes de primera mano de la trágica escena. Mientras, los bomberos retiraban de en medio de la misma calzada el amasijo de hierros en que se habían transformado un semáforo y una farola cerca del cuerpo de mi madre.

Los sanitarios se movían a toda velocidad en el intento desesperado por reanimarla, mientras su corazón se debatía entre la vida y la muerte.

—¡No puede traspasar el cordón policial! —me avisó un policía.

Al parecer, sin darme cuenta había cruzado la zona acordonada, y a pesar de que escuché la voz de aquel agente, la ignoré y seguí mi camino.

—¡Señorita, no puede seguir avanzando! —me advirtió de nuevo.

Pero yo proseguí a lo mío, como si aquellas palabras no fuesen conmigo.

—¿Señorita? ¿Se encuentra bien? —dijo entonces sosteniéndome de un brazo.

—No… no estoy bien… —respondí compungida sin mirarle siquiera—. ¿Qué ha ocurrido?... ¿Por qué está mi madre herida en el suelo?... ¿Dónde está Andru?...

Tras asociar y comprobar que yo era la hija de la mujer que ahora estaban atendiendo los paramédicos de la ambulancia, el agente se identificó. Su nombre era le Viel. Julien le Viel. Me sometió a un bombardeo de preguntas antes de permitir que me acercara al lugar del accidente. También creyó conveniente ponerme en sobre aviso de lo que había sucedido:

—Parece algo premeditado —comenzó a explicarme—. Quienquiera que sea el culpable, primero la embistió brutalmente y después se dio a la fuga. La halló un transeúnte casual, agonizando entre el amasijo de hierros en que se había convertido el semáforo arrancado y la farola que también se llevó por delante…

Después de aquella terrible narración, rompí a llorar exhausta. No lograba dar crédito a aquellas palabras. Julien pasó su brazo sobre mis hombros tratando de consolarme, mientras me acompañaba al lugar de los hechos. La escena era evidentemente atroz, ya no me cabía la menor duda. Pese a que había intentado mentalizarme, cuando llegué frente a ella me di verdadera cuenta de que no estaba preparada para lo que finalmente vi.

—¡Oh!... ¡Dios Santo!... ¿Qué clase de animal…? —comencé a sollozar totalmente compungida—. ¡Mamá!… Mamá…

De pronto, abrió los ojos escasamente unos segundos para contemplarme.

—Rowan… —susurró con mucho esfuerzo, poco antes de cerrarlos nuevamente.

—¡Mamá! —Me asusté entonces—. ¡Mamá!

Tras mis gritos, Julien despertó sobresaltado. Casi al mismo tiempo yo me incorporaba bruscamente en la cama con el corazón acelerado y las lágrimas ahogadas que pugnaban por salir de mis ojos.

—Rowan, ¿qué te ocurre?

—Julien… —sollocé abatida—. He vuelto a soñar…

Él se incorporó a mi lado en la cama, y consciente de lo desamparada que me sentía, me pasó un brazo por la espalda para acunarme en su pecho. Tenía grabadas en su memoria las mismas imágenes que yo, pero jamás sabría el dolor que las mismas me causaban. Llevaba intentando ayudarme a superarlas desde que nos conocimos, el día de la tragedia, pero las pesadillas eran cada día más reales.

Por mi parte aproveché para apretarme fuertemente contra él. La sensación de vacío que sentía dentro me daba verdadero vértigo, sobre todo teniendo en cuenta que el asesinato de mi madre todavía no se había resuelto. A estas alturas, todas las investigaciones seguían siendo tan solo conjeturas.

El no tener a quien culpar me hacía mucho daño y me mortificaba enormemente. Ese energúmeno vivía en libertad después del crimen que había cometido, y el único consuelo que me quedaba era que debía aprender a vivir con ello y sobrellevarlo.

Apenas faltaba un mes para el primer aniversario de su repentino fallecimiento, y seguía echándola tanto de menos como el primer día. Me había sometido a varias terapias con psicólogos de reconocido prestigio, y lo único que había sacado en claro es que los seres queridos tan solo mueren cuando dejas de recordarlos, pero ¿quién demonios quería vivir de recuerdos? En mi caso necesitaba abrazarla, sentirla, escucharla…

Julien acariciaba mi cabello en un vano intento por sosegar mi llanto desconsolado, pero todo era inútil. No había nada que hacer. Mi madre había muerto y por más que me torturase aceptar la cruda realidad, jamás la volvería a ver. Julien se apartó a escasos centímetros de mí, mientras con su mano alzó mi rostro para poder hablarme mirándome a los ojos.

—Resolveré el caso, ¿de acuerdo? —me dijo a media voz—. Confía en mí.

Tan solo dejó de hablar el tiempo estrictamente necesario para secar mis lágrimas con las yemas de sus dedos, luego me besó con ternura, mientras me susurraba a modo de promesa:

—Nadie más volverá a hacerte daño jamás.

Volvió a besarme, pero ahora profundizó mucho más en mis labios, convirtiéndolo en algo mucho más intenso. Como agravante, podía sentir su cuerpo semidesnudo rozando el mío. Su olor me embriagaba y su calor me abrasaba, al mismo tiempo que sus besos descendían sedientos por el resto de mi piel.

Todas mis terminaciones nerviosas se activaron de repente, estimulando sin remedio mi cuerpo. Sus manos me incitaban a desearle, pero él no iba a conformarse solo con eso. Deslizó sus labios por la envergadura de mi cuello, logrando erizar mi piel con sus caricias. Yo había comenzado a clavar mis manos en su espalda entre pequeños jadeos apenas audibles, y en represalia él comenzó a apretarme contra su cuerpo de tal forma que parecía que pudiésemos fundirnos en uno en cualquier momento. Acto seguido mi respiración se convirtió en gemidos espontáneos y mi piel ardía con cada caricia suya, al igual que con cada beso.

Mis manos seguían clavándose con fuerza en su ancha espalda hasta que, con un movimiento ágil, Julien me tumbó en la cama para colocarse justo encima de mí. Para ser sincera, no sentí su peso, y deduje que era debido al nivel de excitación que había alcanzado.

Las cosas mejoraron mucho más cuando además logré sentir cómo su deseo había conseguido endurecerse bajo las sábanas.

Fue abriéndose paso por mi cuerpo con sus labios, y tan solo detuvo su camino cuando topó con mis pechos. Ahí se demoró algunos instantes para acariciarlos con sus dedos y para besarlos con la misma dulzura con la que había comenzado. Resultaba excesivamente placentero sentir su lengua ardiente y húmeda en ellos.

Sin perder el tiempo, deslizó sus manos gráciles como una serpiente por mi vientre, para pasar luego a mis caderas, y no se detuvo hasta terminar por fin entre mis piernas. Me acarició primero por encima de la ropa interior. Para entonces yo ya estaba en pleno apogeo; comenzaba a faltarme el aire y casi pierdo el sentido cuando tomó la decisión de apartar la poca ropa interior que vestía para proseguir con sus caricias. El roce de sus dedos se me planteaba como algo delicioso, mientras mi respiración comenzaba a sonar sofocada. Luego se lamió un dedo y lo introdujo dentro de mí con movimientos suaves, mientras yo no hacía más que sentir como su excitación terminaba de endurecerse contra mis muslos. Para entonces, su respiración era casi salvaje.

En un impulso incontrolado, apartó de golpe las sábanas para que no se entrometieran en su camino. Ya no eran sus manos las que entraban a jugar, las había cambiado inesperadamente por sus labios y me besaba con ardiente pasión los pechos, el vientre, los muslos y entre ellos. Pero aquello ya fue demasiado para los dos. Llegados a aquel extremo, Julien separó mis piernas, se colocó encima y seguidamente entró en mí. Primero lo hizo con movimientos acompasados y suaves, para segundos después alcanzar el clímax, acelerándose con movimientos algo más bruscos mientras se dejaba arrastrar por el deseo. Se aferró entonces con fuerza a mi cuerpo, mientras yo clavaba mis uñas en su espalda hasta que, finalmente, nuestros cuerpos se relajaron.

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