Julien era un hombre alto y bien parecido y acostumbraba a ser meticuloso con la ropa que vestía. Le gustaban las veladas tranquilas, quizás porque en su trabajo como policía ya encontraba a diario la dosis exacta de adrenalina que precisaba. Pero en mi caso, de vez en cuando añoraba un poco de acción en nuestras citas. Por lo demás, estaba prácticamente convencida de que podía llegar a convertirse en el hombre de mi vida. Puede que no existiese el hombre perfecto, pero él, para mí, era lo más parecido.
Nos sentamos a la mesa para degustar el suculento menú que Julien había preparado para ambos. Tenía una pinta estupenda, aunque teniendo en cuenta que no había comido nada en todo el día, hasta el plato menos elaborado me hubiese parecido un manjar esta noche. Pero ese no era el caso. Sinceramente mi cocinero personal se había superado, y lo había hecho con creces.
Descorchó una botella de vino tinto, llenó las copas de ambos y se dispuso a brindar sin más dilación. Mientras alzaba la mía, no pude evitar fijarme en cómo le brillaban los ojos. Estaba especialmente radiante esta noche, y no sabía exactamente el por qué.
—Por una velada insuperable y cargada de sorpresas —manifestó Julien con voz cálida, a la par que nuestras copas de cristal se besaban.
—Sabes que detesto las sorpresas… —añadí mirándole desconfiada, mientras tomaba un trago de mi copa.
Inmediatamente después comencé a devorar literalmente mi cena. Al principio me dio incluso un poco de apuro por lo bien presentados que había dispuesto Julien los platos, pero como había mencionado con anterioridad, estaba mucho más que hambrienta, y no ayudaba demasiado que todo estuviese tan delicioso.
—Me pareció entender que esta tarde interviniste a un herido de bala —comenzó a hablar Julien de pronto, en tono preocupado.
—Eso es —respondí incapaz de dejar de engullir.
—¿Y sabes cómo se encuentra?
—Su pronóstico es reservado —resolví con la boca llena, tras su pregunta, recelosa por su repentino interés—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada… —dijo entonces restándole importancia—. Esta noche está prohibido hablar de trabajo.
Tras sus palabras, proseguimos cenando tranquilamente, intercambiando alguna que otra mirada. Julien lo hacía rebosante de cariño, de eso estoy segura, pero en mi caso lo hacía desconfiada, pues seguía preguntándome por qué había abordado el tema de Derek. Hasta la fecha jamás me había preguntado por ningún paciente, y tampoco recordaba haber mencionado el detalle de los disparos.
—¿Has terminado? —preguntó Julien, sacándome de mi debate interno.
—Sí… claro… —respondí baja de reflejos, volviendo a la realidad.
—Hoy pareces estar en otra parte —observó mientras recogía mi plato.
—Supongo que no ha sido mi mejor día.
Después le ayudé a recoger la mesa, pese a que prácticamente él ya lo había hecho todo. Acto seguido nos llevamos nuestras copas de vino y las depositamos sobre la mesa de centro, de madera de roble, y nos acomodamos en el sofá. El salón seguía a media luz. Algunas velas estaban prácticamente sofocadas y otras ya se habían consumido del todo. También permanecía encendida la chimenea, cediendo su lumbre y su calor a toda la estancia, protegiéndonos del frío del exterior.
Por su parte, Julien no había dejado de mirarme desde que ocupamos sendos lugares en el sofá. Había algo en sus ojos que no había logrado comprender durante la cena. Se trataba de ese brillo… ¿Qué le hacía estar tan radiante esta noche? No quería apartar mi vista de él. Profundicé en ellos buscando respuestas, albergando la esperanza de poder descifrar aquella mirada. Sin embargo, lo único que conseguí fue dejarme llevar por la misma cuando descendió de los míos a mis labios, sugiriéndome acortar las distancias que separaban nuestros rostros. Comencé a sentir cómo se estrechaba el recorrido entre su boca y la mía. El preámbulo era su respiración acariciando mi piel, nuestros alientos mezclándose, y el calor que desprendía todo él, a escasos milímetros de la inminente unión.
—Rowan… —susurró antes de culminar en un beso—. Te quiero…
Y entonces me besó. Cerré los ojos para dejarme transportar por aquel delicioso gesto, mientras una de sus manos se enredaba en mi pelo y me apretaba contra sus labios. Con la que le quedaba libre empujó mi espalda hasta tenerme justo sobre él. Me dejé guiar sin intención ninguna de resistirme. Tenía ganas de sentirle contra mi piel a pesar de que en el primer contacto había comenzado a abrasarme. Una oleada de sensaciones me había envuelto, llenándome de un placer incontrolable, hasta que inesperadamente Julien decidió ponerle fin y apartarse de mí. Lo hizo mediante una mueca dulce y de lo más cariñosa; no obstante, tuvo que hacer algo de fuerza para lograr desasirse de mí, puesto que yo me negaba a separarme de la pasión de su abrazo.
—Te he echado tanto de menos… —masculló con la respiración sofocada, tras la efusividad de nuestro beso.
Y entonces, un gesto suyo terminó de descolocarme por completo, logrando hacerme entrar en una crisis de pánico. Dejó ir mi mano para introducir la suya en el bolsillo de su pantalón. Por alguna razón me convencí de que buscaba algo. Un objeto para el que yo todavía no estaba preparada.
—Quería hablar contigo esta noche —susurró reteniendo mi mirada—. Sobre nosotros…
Mi corazón parecía querer saltar de mi pecho. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Realmente había un nosotros? Sabía de un él y un yo, pero desconocía en qué momento aquello se había transformado en un nosotros. Si ni siquiera habíamos probado de vivir juntos. Y no es que Julien no me gustase, pues saltaba a la vista que sí, pero…
—Julien, yo… —intenté hablar, pero las palabras se negaban a subir por mi garganta.
Puede que durante la cena hubiese podido estar segura de que Julien era perfecto para mí, pero evidentemente cuando lo pensé no fue porque creyera que debía firmarlo en un documento tan pronto… También podría ser que me estuviese precipitando, y que no fuese una propuesta de matrimonio lo que él quería ofrecerme. También podía ser que intentase convencerme para vivir juntos, o que hubiese planeado un viaje, o que simplemente quisiera terminar con todo aquello, pero entonces, no habría insinuado que me había echado de menos, ¿no?
En estos momentos de tortuosa incertidumbre, deseaba más que nunca que comenzase a sonar el molesto busca, que anteriormente no había habido manera de silenciar. También sabía de antemano que, probablemente, él había desconectado su móvil. Y fue entonces cuando caí en la cuenta de algo más. Durante la búsqueda de las llaves en mi bolso no había visto ese aparato, por lo que sentencié que seguramente Julien se debió hacer con él cuando cogió las llaves de mi casa, para garantizarse de que esta noche no habría interrupciones.
«¡Que tramposo!», pensé contrariada.
Sin embargo, otro sonido afín me salvó de aquella encerrona. Se trataba del teléfono de casa. Aunque me extrañó que se le pasase por alto desconectar algo tan obvio, sabía que en adelante no debía subestimarle. En parte, casi me sabía mal sentirme tan aliviada por aquella inoportuna llamada, pero yo era así de desnaturalizada en algunas ocasiones.
—Debo contestar… —mentí apresurándome para levantarme.
—Déjalo sonar —imploró él.
Sus palabras de desaliento fueron como una puñalada a traición, y su mirada rebosante de compasión me desarmó sin remedio. No contento con ello, todavía me sujetó de la mano y la acercó con ternura a su rostro.
—Tengo que ir —intenté convencerle, incapaz de seguir contemplando su mirada de niño abandonado.
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